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Portada de la novela Conociendo el paraíso

Conociendo el paraíso

Rosario es una docente de los suburbios que lidia con la precariedad y la ambición de quienes la rodean. Su monótona existencia se transforma tras reencontrarse con Abel, un antiguo amigo que enciende en ella una pasión inédita. En medio de circunstancias críticas, él se vuelve su pilar fundamental y la motiva a replantearse su realidad. Ambos se sumergen en un viaje de introspección y deseo que forzará a Rosario a elegir el rumbo definitivo de su vida.
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Capítulo 3

Pasó una semana de que llovía por las noches y que las mañanas se encontraran con las calles llenas de charcos. Cuando intentaba esquivarlos noto que la mulata se acerca para caminar a mi lado.

—Rosario, tan bonita y tan fresca como esta mañana.

—Sí, y es mejor que te pongas pantalones largos porque sino vas a atrapar un resfriado.

—Que no Rosi, si yo siempre ando muy caliente, ya sabés como soy —me hizo ojitos y yo no pude evitar lanzar una pequeña carcajada—. Ay mi Rosario, pegaste una suerte esta vez.

Me detuve para ponerle atención, no comprendía lo que me estaba diciendo.

—Te acordás de esos autos que te asustaron la otra vuelta y te dije que eran de Ledesma —asentí—. El mismísimo Horacio se encontraba ahí, te vio y quedó fascinado, desde ahí que no para de venir para poder apreciarte.

—Ay Paola, no —quise irme.

—¿Rosario, no entendés? —agarró mi brazo pero no con brusquedad—. Al menos una vez en tu vida deberías probar los placeres que te da esto, que te da un millonario —saca una caja azul.

—¿Y eso qué es?

Lo abrió y se notó como brillaba un collar con pequeñas piedras.

—Te lo da como un presente, es para vos —lo acerca a mí pero yo doy un paso atrás—. Por favor, acepta. Tendrías que conocer realmente “el paraíso”.

—Yo no hago esa clase de cosas.

—Sabía que ibas a decir eso, pero solamente te pido que aceptes este regalo.

—Bueno yo te lo doy a vos.

Suspiró y dio un resoplido.

—Si no lo tomás, me vas a meter en problemas, Rosario, fui mandada obligadamente a darte este regalo, así que sí o sí tenés que aceptarlo.

Lo tomo y lo guardo en mi bolso rápidamente.

—Por estas cosas peligrosas que decís es que nunca me interesó hacerlo, yo quiero vivir bien, no vivir en peligro.

—Rosario, siempre soñamos con salir de acá, y ser muy felices, Mariano te da muy poca felicidad, es un tipo que no le gusta nada de lo que hagas, prácticamente vive en su burbuja de que ser humilde es igual a pobreza, y ser pobre es ser honrado con lo que uno tiene, ese sujeto apenas tiene para el pan y sobrevive por la comida de tu mamá. Rosario, por Dios, al menos deje a ese bueno para nada.

—Mariano me quiere.

—Sí, te quiere… te quiere mal —puso sus manos en su cintura y puso énfasis en sus palabras.

—A ver, vos opinás de mí, yo también lo voy a hacer con vos. Hace años que estás acá, y me hablás de salir de este barrio y ser feliz, seguís viviendo con los de abajo, Paola.

—Sigo pagando las deudas que dejó mi papá al morir, sabés que tuve que hipotecar la casa para que mi mamá, mis hermanos y yo no vayamos a parar en la calle. Además aporto un poco para un departamento lejos de acá, también otros para mis hermanos, hemos sufrido bastante y pienso en nuestro futuro… y es mejor que vos también lo hagás.

Puso el chupetín que tenía en la mano en su boca y se fue, mientras yo me quedé pensando unos segundos en todo lo que me dijo. También miré mi bolso, qué hago yo con este collar.

Hoy en la escuela no había clases, pero había una reunión con todos los profesores y el director. Hablamos de variadas cosas importantes, sobre los chicos y algunos reclamos de como era el comportamiento de otros colegas con los alumnos, al final tuvimos un refrigerio entre nosotros, la reunión solo duró 1 hora, ya que tendríamos una reunión con los padres. Cada profesor tenía una mesa afuera del aula para poder charlar con el padre que se presente y se preocupe por su hijo, en mi caso vinieron 10 padres, la última fue Susana Ledesma, madre de Julieta… y bueno, hija del señor Horacio Ledesma.

—Oh no señora, no podría aceptarlo —negué de manera educada para que no se ofendiera.

—Juli es una de las principales organizadoras, sé que es muy admiradora suya, en serio, es bueno que tenga a quien admirar a los 14 años. Le pido que acepte, le vendría muy bien a mi hija, como le dije hace un año que transitamos un momento difícil, cuando me divorcié de su papá y que luego él se fuera fue un gran golpe. Ahora volvió con un hijo de su amante, imagine lo que está pasando, usted puede notarlo un poco a través de sus notas.

—Señora no sé qué decirle…

—Por favor —suplicó y me miró fijamente.

—Está bien, iré —lancé un suspiro y luego asentí —. Encantada de disfrutar una cena con ustedes.

—La espero el sábado en nuestro hogar, profesora, que tenga un buen día.

***

La verdad no quería cruzarme con ese señor, sabía que Julieta era parte de una de las familias más adineradas, lo que me dejó en shock fue lo que me dijo Paola sobre el Señor Horacio. Pero me vi obligada a asistir tan elegante a esta cena. Me puse una falda tubo de color gris, una blusa negra con volados en las mangas, y unos tacones del mismo tono. Mi cabello lo dejé como estaba, lacio y suelto, me puse un poco más de maquillaje de lo normal, coloqué un labial en tono vino en mis labios, mis párpados un poco oscuros y un rubor que remarcaba mis mejillas… por supuesto que el iluminador no iba a faltar, es el elemento de maquillaje que más me encanta.

Estaba justo en frente de la gran entrada, primero arreglé un poco mi vestuario, traté de que se vea perfecto, es cenar con personas con mucho dinero. Esta casona era realmente enorme, se encontraba arriba de una colina en un barrio privado, su mansión era conocida como “El paraíso”… un nombre que le queda bastante bien.

Justo un guardia me vio y preguntó mi nombre.

—Rosario Pani, profesora de Julieta.

El habló por un comunicador portátil avisando mi nombre, le dieron el “ok” e ingresé al terreno. Caminé unos metros para llegar a la entrada, justo cuando subía unos escalones, la gran puerta blanca se abre, era Julieta esperándome.

—Buenas noche, profesora. Me alegra que haya venido.

—Gracias por invitarme, y te ves muy linda con ese vestido verde —ella sonrió de oreja a oreja.

Observé un poco el lugar, las paredes eran de un color crema, muy altas por cierto, y una escalera con relucientes escalones marrones.

Justo en ese momento aparece un señor con un traje negro, primero mira a su hija sonriendo que también se encontraba con nosotros, y luego posa sus ojos en mi, tenía una barba inmensa que me hacía poner nerviosa al igual que su mirada inquietante.

—Él es mi abuelo, Horacio Ledesma —extiendo la mano para poder darle un apretón de manos, no quería saludarlo con un beso en la mejilla.

—Un gusto —toma mi mano con dos de la suyas, y se acerca para darme un beso en casa mejilla… no era para nada agradable este momento, por más que quisiera hacerle pasar un buen rato a Julieta.

—Y él es mi tío, Abel Ledesma.

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