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Con El Novio Equivocado

Tras una fatídica noche de copas, Camila comete una equivocación que transforma su destino. En la oscuridad, confunde a su pareja con Julián, el mejor amigo de este, desatando una química inesperada. Atrapada entre la lealtad hacia Nico y una pasión prohibida que no logra apagar, debe ocultar un secreto abrumador. La convivencia diaria con ambos hombres intensifica el conflicto, convirtiendo cada encuentro furtivo en un peligroso juego de deseos.
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Capítulo 3

El aire de la madrugada tenía ese filo punzante que te corta el pecho cuando respiras demasiado rápido. Julián caminaba por la vereda con el uniforme aún puesto, las botas haciendo un sonido sordo contra el cemento mojado por la humedad del rocío. Las calles estaban vacías, apenas iluminadas por faroles amarillentos que lanzaban sombras deformes. En su estómago, algo pesado se revolvía. No sabía si era culpa, deseo... o las dos cosas al mismo tiempo.

No entendía cómo había llegado a ese punto. Bueno, sí lo sabía. Paso a paso. Una risa compartida. Una noche con más complicidad de la debida. Una mirada demasiado larga. Y ahora, esa maldita escena. Ese beso.

Camila.

Apretó los dientes, como si el recuerdo tuviera cuerpo y pudiera morderlo para hacerlo desaparecer.

Le dolía la cabeza. El vino en su aliento mezclado con la adrenalina no era buena combinación. Sentía la camisa todavía arrugada, impregnada con su perfume. Y eso lo hacía peor. Porque no podía dejar de olerla. De recordarla.

-La puta madre... -murmuró, pateando una piedra con rabia.

No era solo que hubiera besado a la novia de su mejor amigo. Era quién era Camila. Llevaba años viéndola, saludándola con dos besos cuando la visitaban, compartiendo asados, navidades, risas. Siempre le había parecido linda. Claro que sí. ¿Cómo no? Pero jamás había cruzado el límite. Jamás. Hasta esa noche.

Hasta que entró a la casa con Nico, riéndose de una anécdota absurda sobre un pasajero que había intentado pasar una cafetera llena de billetes. Él se quedó unos segundos más afuera para terminar de fumarse el cigarro. Cuando entró, creyó ver la sombra de Camila cruzando el pasillo. Luego la escuchó, su voz ronca de sueño, diciendo "te extrañé". Y antes de que pudiera procesar nada... ahí estaba.

Sus brazos. Sus labios. Su calor.

No se había defendido. No había retrocedido. Y eso era lo que más le jodía. Porque, si era sincero, no quería hacerlo. Su cuerpo reaccionó antes que su moral. Fue como si una parte de él hubiera estado esperando algo así desde hace tiempo, enterrado bajo capas de autocontrol y lealtad mal entendida.

Se detuvo en seco frente a su edificio. Sacó las llaves y las miró sin verlas, con el ceño fruncido. En la otra mano aún tenía el celular, pero no había recibido ningún mensaje. Ningún "¿estás bien?", ningún "perdón", ni siquiera un "¿estás despierto?". Solo silencio.

Entró al departamento. El olor a encierro lo recibió como siempre. Dejó el uniforme tirado sobre el sofá y se fue directo al baño. Abrió la ducha, se metió sin esperar a que el agua se templara.

El agua fría le golpeó la piel como si intentara castigar cada centímetro de su cuerpo.

"Esto no pasó."

La voz de Camila todavía le sonaba en la cabeza. Pero había pasado. Y no era solo el beso. Era todo lo que venía detrás. Porque Julián se conocía. Sabía cuándo algo era superficial y cuándo no.

Y lo que había sentido con ella... no fue liviano.

Apoyó las palmas contra los azulejos, dejando que el agua le cayera sobre la nuca. Cerró los ojos. Volvió a verla. El modo en que se había aferrado a él. La forma en que lo besó, sin dudas, como si lo hubiera estado esperando toda la noche. Ese instante en que sus cuerpos se entendieron, como si fueran piezas que ya sabían cómo encajar.

Y después, el miedo. El horror reflejado en sus ojos cuando escuchó la voz de Nico.

Julián sintió una punzada en el pecho. No solo por el error, sino porque sabía -con una claridad incómoda- que no iba a poder olvidarla. Que esa noche no iba a ser un accidente aislado en su cabeza. Iba a volver. Como un eco. Como una obsesión.

Y lo peor de todo: quería que volviera.

Apagó la ducha de golpe. Se secó sin mirarse al espejo. No podía soportar la mirada que sabía que iba a encontrar ahí.

Volvió al living, se tiró en el sillón con una toalla en la cintura y prendió el televisor sin volumen. Las luces de la pantalla parpadeaban sobre su rostro, pero él no estaba viendo nada. Solo escuchaba sus propios pensamientos.

¿Y ahora qué carajo hago?

¿Le contaba a Nico? Imposible. ¿Se lo guardaba? ¿Lo enterraba? Podía intentarlo. Podía fingir que nada pasó. Podía... sí. Pero sabía que todo iba a cambiar. Porque él ya no era el mismo después de ese beso.

Y, si no se lo imaginaba todo, Camila tampoco.

Suspiró, con las manos en la nuca. Había una línea que había cruzado. El problema era que no sabía si quería volver atrás.

Y en algún lugar muy dentro de él, una idea empezó a crecer. Lenta, traicionera, como una semilla plantada sin querer:

¿Y si Camila también sentía algo? ¿Y si no fue solo un error? ¿Y si... había algo más entre ellos?

Por primera vez en su vida, deseó que Nico no lo hubiera invitado a vivir a su casa esa noche.

Y al mismo tiempo, sabía que no cambiaría nada.

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