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Portada de la novela Con el corazón roto

Con el corazón roto

Jacqueline queda destrozada tras la infidelidad de Juan. En un intento por consolarla, Elena la lleva a cenar al hogar de Andrés. Sin embargo, la calma se rompe cuando ella halla un secreto inquietante en el baño que transforma su realidad. Dividida entre escapar o actuar con normalidad, decide emprender una terapia inusual para sanar. Respaldada por Elena y Mónica, inicia un cambio drástico. ¿Qué descubrimiento fue el que alteró su destino así?
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Capítulo 1

Los mechones negros se rizaban bajo el torrente de sus lágrimas. La cabeza caída hacia delante, reposaba entre sus manos, que se turnaban para sujetar el pelo de sus sienes y tapar sus ojos negro azabache.

Los hombros hundidos se movían por el temblor que le ocasionaba su llanto. Su piel aceitunada brillaba exóticamente bajo la luz de la luna que se filtraba por la ventana del dormitorio.

—Oh mi niña, vamos ...

Levantó la mirada para poder ver a su amiga.

—Pero .. es que ... no lo ha visto ... y ...

–Tranquila cielo, con tanto llanto casi no te entiendo.

Pasaron unos minutos en silencio hasta que se calmó lo suficiente para poder hablar.

—Ay Elena, —soltó un suspiro desesperado— me ha dejado ...

—¿Cómo que te ha dejado? 

—Si Elena, ha sido esta mañana. Juan me ha llamado para que llegase al hospital media hora antes de la reunión del departamento de Ginecología y Obstetricia diciendo que tenía una urgencia y que necesitaba la ayuda de otro ginecólogo —hizo una pausa para calmarse, pues las lágrimas amenazaban con volver a inundar sus ojos—. En cuanto he llegado he bajado a quirófano pero estaba vacío. Entonces he subido a urgencias y tampoco había nadie, en consultas tampoco y ... no ... —el llanto ahogó sus palabras de nuevo.

Elena se sentó junto a ella. Sabía que si la decía que no se lo contara si no estaba preparada su amiga se sentiría mucho peor. Jacqueline necesitaba desahogarse contándolo todo a una buena amiga, por lo que le puso una mano en su hombro y esperó sin decir nada.

—Verás —prosiguió Jacqueline— al no encontrar a Juan me dirigí a su despacho y allí estaba. Lógicamente le pregunté por la urgencia y me dijo que no existía ninguna urgencia, que me había llamado para hablar conmigo. Puedes imaginar mi cara de asombro, pero me quité la bata y me senté frente a su escritorio con una sonrisa creyendo que quería darme una sorpresa.

»Y vaya si me la ha dado —soltó un suspiro—. Me ha soltado que ya no tenía sentido nuestra relación, que llevaba un tiempo pensando en ello y que por fin había llegado a la conclusión de que en realidad no funcionabamos bien como pareja.

Los ojos de Jacqueline se desplazaron hacia la distancia a través de la ventana.

—Lo siento mucho cielo —dijo Elena.

—¿Sabes qué es lo peor? Apenas faltaban unas semanas para la preboda, y en tan solo cuatro meses ya habríamos pasado por el altar.

Jacqueline comenzó a examinarse los pies descalzos, que se estaban empapando de nuevo con las lágrimas.

—Mi niña, es un canalla —dijo Elena.

¼Bueno, al menos ha tenido el valor de decírmelo en persona —Jacqueline se encogió de hombros y mostró una sonrisa sarcástica.

—Levántate.

—Elena no me apetece.

—Vamos nena, ven, ponte frente al espejo.

—Debo estar ridícula con los ojos rojos y ...

—¡Jacqueline, arriba! —dijo Elena mientras encendía la luz.

Rápidamente, Jacqueline se levantó y se acercó al espejo arrastrando los pies. La mujer del espejo tenía los ojos rojos e hinchados, el pelo negro enmarañado a la altura de las sienes, donde ella llevaba toda la tarde ahogando su frustración a base de tirones para tratar de mitigar el dolor, con algunos mechones pegados a ambos lados de la cara que se rizaban por estar mojados.

—Estoy horrible, doy pena, —un nudo le atascó la garganta y tuvo que luchar para hacerlo bajar de nuevo— no me extraña que Juan me haya dejado con lo fea que soy.

Elena se acercó a ella y le aparto los mechones de la cara

—Mira tu cuerpo, tus piernas son largas y delgadas. Tus ojos negro azabache son preciosos. Tienes un vientre plano, una cintura bonita. Tienes una cara preciosa, una melena suave y brillante y… ¡mira qué busto!

—Si, me operé porque quería gustarle más a Juan, nada exagerado. Sólo tener el pecho firme y en su sitio, un pequeño implante de silicona debajo del músculo y ¡Voilá!, Un pecho bonito y de aspecto totalmente natural, incluso al tacto. Pero ...

—¿Pero?

—Juan ni siquiera lo ha notado. Y eso que siempre miraba embobado los escotes de todas las demás…

—Nena, tienes unos pechos bien turgentes —dijo Elena—. Al hombre que consiga hacerse con eso o le da un infarto o lo vuelves loco.

Jacqueline se contempló pensativa en el espejo. La verdad es que estaba muy contenta con el resultado de su operación y Juan no se merecía que a ella dejara de gustarle. Se ajustó la camiseta del pijama y, al no llevar puesto puesto sujetador, constató una vez más que había quedado perfecto.

Elena la giró suavemente para que se pusiera de perfil y le dio una palmada en el trasero.

—¿Esto no ha sido operado verdad?

—No —a Jacqueline se le escapó una risita.

—Y aún así, míralo. Terso, firme, incluso duro.

—Supongo.

—Amiga, eres preciosa y si el tonto de Juan no lo ve ese es su problema. ¿Por qué no disfrutas con lo que te apetezca? Él ni siquiera merece tus lágrimas.

Jacqueline se miró en el espejo de perfil, de frente e incluso de espaldas.

—Tienes razón, si Juan no sabe valorarme será porque no me merece.

—Vamos a hacer una cosa: date una ducha, vístete y arréglate. Esta noche vas a acompañarme a casa de Andrés y no, no acepto un no por respuesta.

Andrés, Andy cómo le llaman todos, es el compañero de trabajo de Elena y su mejor amigo.

—Andy lo está pasando realmente mal —explica Elena -. Hace una semana encontró a su novia con otro hombre, le estaba poniendo los cuernos. El pobre está destrozado, he conseguido que me invite a cenar esta noche para tratar de animarlo.

—¿Te ha invitado? Pero a mí no me espera —dijo Jacqueline.

—Digamos que me he autoinvitado con su consentimiento y tú también necesitas ánimo, así que te vienes conmigo.

—Pero ...

—No hay peros que valgan, conozco bien a Andy y sé que no le importará. Esta noche cenamos los tres en su casa.

>> Ale venga, a la ducha —dijo Elena empujando suavemente a Jacqueline hacia el baño, dando de esta manera por zanjada la discusión.

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