
Compañera de Piso es Enemigo
Capítulo 3
El viaje en el AVE hacia casa fue una extraña mezcla de paz y tensión. Por un lado, cada kilómetro que me alejaba de Madrid y de Valeria era un respiro. Por otro, sabía que ella no se rendiría tan fácilmente.
Al bajar del tren en la estación, sentí la cálida brisa de mi ciudad. Mis padres me esperaban en el andén, con sonrisas que me llenaron el corazón. Los abracé con una fuerza que los sorprendió.
"Hija, qué alegría. Pareces cansada", dijo mi madre, acariciándome la mejilla.
"Es el trabajo, mamá. Mucho jaleo."
Justo cuando nos girábamos para irnos, una voz llorosa nos detuvo.
"¡Sofía!"
Me quedé helada.
Valeria corría hacia nosotros, arrastrando una pequeña maleta. Tenía los ojos rojos y parecía a punto de derrumbarse.
"Sofía, perdóname. No podía soportar quedarme sola en Madrid. Vi tu reserva y... compré un billete en el mismo tren. Solo quería estar cerca de ti. Por favor, no te enfades."
Mis padres la miraron con compasión inmediata.
"Pobre chica", susurró mi madre. "Claro que no nos enfadamos. Vente a casa con nosotros, no te vas a quedar en un hotel."
Valeria les dedicó una mirada de gratitud infinita. A mí me dedicó una mirada de triunfo.
El juego había comenzado, y ella acababa de hacer su primer movimiento.
La comida del Domingo de Pascua fue exactamente como la recordaba. La casa olía a cordero asado y a pimientos. Mi hermano Javier y Lucía habían llegado, y la felicidad de verlos juntos, con Lucía luciendo su pequeña barriga, casi me hizo llorar.
Entonces vi a Marcos.
Marcos era un colega de trabajo de Javier. Un hombre divorciado, de unos cuarenta y tantos, conocido por ser un gorrón de primera. Siempre aparecía en las comidas familiares, comía y bebía el doble que los demás y nunca traía nada. Mi familia lo toleraba por cortesía.
En mi vida pasada, apenas reparé en él. Era solo ruido de fondo.
Pero hoy, al verlo, una idea fría y precisa tomó forma en mi mente.
Valeria ya estaba en acción. Se sentó junto a Javier y no paraba de reírle las gracias, sirviéndole vino sin parar.
"Javier, tienes que probar este Ribera. Es una maravilla."
Mi hermano, amable como siempre, aceptaba.
Yo me levanté con una botella de vino en la mano y me acerqué a Marcos.
"Marcos, qué alegría verte. Estás muy callado hoy. ¿No te está gustando el vino?"
Marcos, que ya llevaba varias copas, se animó.
"¡Claro que sí, Sofía! Este vino es excelente."
"Pues no te cortes", le dije, rellenando su copa hasta el borde. "Que para eso están las fiestas, para disfrutar."
Durante el resto de la comida, me convertí en la animadora personal de Marcos. Cada vez que su copa bajaba, yo se la rellenaba. Cada vez que Valeria le servía a Javier, yo le servía el doble a Marcos.
Él, encantado de ser el centro de atención, no paraba de beber y de contar chistes malos.
Al final de la noche, tanto Javier como Marcos estaban completamente borrachos.
"Ay, Dios mío, estos hombres", dijo mi madre, negando con la cabeza. "Sofía, ayúdame a llevarlos a las habitaciones."
Era el momento.
"Claro, mamá. Yo me encargo de Javier. Llévalo a mi antigua habitación, que está más cerca. Así no sube las escaleras."
Ayudé a mi hermano a llegar a mi cuarto, el que yo usaba cuando vivía aquí. Lo dejé caer en la cama y salí.
Mi madre, mientras tanto, llevaba a Marcos a la habitación de invitados, al otro lado del pasillo.
Cuando mi madre bajó a la cocina, me acerqué a la puerta de mi cuarto. Saqué la vieja llave del marco de la puerta, donde siempre la habíamos guardado.
Con un movimiento silencioso, cerré la puerta de mi hermano con llave desde fuera.
Metí la llave en mi bolsillo. Su frío metal contra mi piel era una promesa.
Esta vez, la trampa no era para mi familia.
Era para Valeria.
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