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Portada de la novela ¿Cómo podría no desearte?

¿Cómo podría no desearte?

Vivir con mi mejor amiga parecía el plan ideal, pero la presencia de su hermano Octavio lo cambió todo. Él es doce años mayor, una antigua figura del fútbol y, para mi desgracia, mi nuevo entrenador universitario. En el hogar se muestra arrogante y autoritario, tratándome como a una niña, mientras que en el campus me somete a su estricto control. Aunque es un vínculo prohibido y peligroso que debería evitar, la intensa atracción entre ambos es inevitable.
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Capítulo 2

Desperté con el sonido metálico del reloj de la cocina. Cada tic-tac parecía martillar mi cerebro, recordándome que estaba en casa ajena y, por ende, obligada a adaptarme a sus costumbres. El primer día completo en la casa de mi mejor amiga había comenzado, y con él, mi inmersión en un mundo de normas que yo no había pedido.

-Virginia -la voz de Octavio resonó desde la sala, grave y firme-. Es hora de desayunar.

No había rastro de la calidez que uno esperaría de un hermano mayor. Su tono era directo, implacable, una mezcla de autoridad y advertencia. Suspiré, intentando ignorar el cosquilleo de incomodidad que recorría mi espalda.

-Voy -respondí, intentando sonar despreocupada, aunque sabía que él no se dejaba engañar fácilmente.

Al entrar en la cocina, lo vi de pie, con los brazos cruzados, inspeccionando la mesa como si estuviera evaluando mi respeto hacia las reglas de la casa. Cada movimiento de él parecía medido, calculado. Y yo, a la vez, sentí la presión de ser observada, evaluada, juzgada.

-Toma asiento -ordenó-. Desayuno a las 7:00 en punto. No más tarde. No antes. Nadie interrumpe este horario. ¿De acuerdo?

Suspiré nuevamente. Reglas. Normas. Orden absoluto. Mi primer impulso fue voltear los ojos y pensar en lo absurdo que era todo. Pero sabía que cualquier gesto de desdén sería registrado y criticado. Una parte de mí quería rebelarme, desafiarlo solo para ver si era tan inflexible como aparentaba.

Durante el desayuno, la conversación fue mínima. Octavio hablaba solo cuando era necesario y cada palabra llevaba un peso inesperado, como si cada sílaba fuera una prueba de mi obediencia. Intenté concentrarme en mi taza de café, en el pan tostado, en cualquier cosa que no fuera él. Pero no pude. Cada movimiento suyo me resultaba imposible de ignorar: la forma en que se movía con seguridad, cómo sus ojos se posaban sobre mí con precisión, la autoridad que parecía emanar de cada músculo de su cuerpo.

-¿Vas a la universidad hoy? -preguntó, sin levantar la vista.

-Sí, a las ocho -contesté, tratando de mantener el control sobre mi tono.

-Recuerda que tus responsabilidades aquí no terminan con las clases. Esta casa requiere disciplina. Orden. Respeto -su mirada se clavó en mí como un rayo, y por un momento sentí un escalofrío que recorrió mi columna-. Y espero que cumplas con ambas cosas.

No pude evitar que mi sangre hirviera. ¿Desde cuándo alguien tenía derecho a controlar cada aspecto de mi vida? Intenté tragar la rabia, pero era imposible. Cada palabra de él era una invitación a desafiarlo, y mi rebeldía no tardó en aflorar.

-¿De verdad necesitas recordarme todo eso cada cinco minutos? -solté, incapaz de contenerme-. No soy una niña que se pierde en su propia casa. Me sé comportar.

Él arqueó una ceja, imperturbable. No hubo reacción inmediata, salvo un silencio que pesaba más que cualquier reproche verbal. Cada segundo que pasaba bajo su mirada era un desafío silencioso. Sentí una mezcla de frustración y un extraño cosquilleo de adrenalina. Era irritante, y, al mismo tiempo, imposible de ignorar.

-Tú y yo veremos cómo manejar la disciplina -dijo finalmente, su voz más baja, casi un murmullo, pero con un peso que me hizo estremecer.

Salí de la cocina con el corazón latiendo con fuerza. Ni pude comer. Intenté concentrarme en los preparativos para la universidad, en mis libros, en mi ropa, pero era inútil. Cada pensamiento me llevaba de vuelta a él, a su mirada, a la tensión que existía entre nosotros. Me encontraba atrapada entre la necesidad de marcar mi independencia y el reconocimiento silencioso de que Octavio era alguien que no podía simplemente ignorar.

Cuando llegué a la universidad, el segundo golpe de realidad me esperaba. Nada más entrar al gimnasio, lo vi de pie frente a un grupo de estudiantes, con un silbato colgando del cuello, postura perfecta, aire imponente. Su presencia era inconfundible: no solo era el hombre que compartía techo conmigo, sino también el entrenador que supervisaría cada uno de mis movimientos, cada ejercicio, cada error.

Un escalofrío recorrió mi espalda. La mezcla de miedo y desafío se mezcló con algo más: atracción, irritación, curiosidad. Cada fibra de mi cuerpo parecía consciente de que estábamos a punto de entrar en un juego que ninguno de los dos podía controlar.

-Virginia, aquí estás -dijo, con esa autoridad que hacía que todo alrededor de él pareciera rígido y ordenado-. Espero que estés lista para cumplir las reglas, tanto aquí como en casa.

La tensión me quemaba, y mi instinto de rebelión se disparó. No podía, ni quería, dejarme doblegar. Me mordí el labio, respiré hondo y respondí:

-No voy a dejar que me controles, todo tiene un límite -mi voz sonaba más firme de lo que me sentía, pero estaba decidida.

Él me miró, con la ceja arqueada de nuevo, evaluando cada matiz de mi desafío. Una sonrisa mínima se dibujó en sus labios, apenas perceptible, y por un instante sentí un escalofrío que mezclaba miedo y deseo.

-Veremos -murmuró, antes de girar hacia los demás-. Ahora, todos al gimnasio. Empezamos la práctica.

Cada paso hacia la cancha era un recordatorio de que no podía escapar de su influencia. Su control estaba en todas partes: en casa, en la universidad, en cada mirada, en cada orden silenciosa. Y, aun así, una parte de mí se negaba a someterse.

Mientras me colocaba en la línea de inicio, sentí su presencia detrás de mí, una sombra dominante que me observaba, evaluaba, desafiaba. No había palabras entre nosotros, pero la tensión era palpable. El fuego que había sentido en casa ahora ardía con intensidad renovada: desafío contra autoridad, deseo reprimido, curiosidad peligrosa.

Prometí no dejarme doblegar. Prometí luchar contra cada orden, cada mirada, cada roce de poder que Octavio ejerciera sobre mí. Porque aunque me aterrara, aunque me hiciera sentir vulnerable, había algo en él que me atraía de manera irracional. Y estaba dispuesta a enfrentar esa tormenta... aunque eso significara que cada día sería un campo de batalla.

El día terminó con mi corazón latiendo a mil por hora, con la adrenalina todavía corriendo por mis venas. En todo el día no había podido descansar de su angustiante presión y no quería desencadenar un conflicto mayor. 

Mientras caminaba hacia casa, respirando el aire fresco de la tarde, me repetí: no me dejaré dominar. Ni por él, ni por nadie. Y al mismo tiempo, trataré de que estemos cómodos, evitaré cruzar miradas con él. 

No me doblegaría... pero estaba en sus manos, el desafío con Octavio apenas comenzaba.

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