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Portada de la novela Clariké

Clariké

La monótona vida de Estefanía en su edificio se quiebra al oír los desgarradores gritos de Lucrecia Santos. Tras el deceso de su vecina, una serie de muertes y apariciones siniestras la sumergen en una pesadilla constante. Guiada por el alma de Lucrecia, lucha por detener la oscuridad. Pese a encontrar la felicidad en el matrimonio, su luna de miel en Italia se torna trágica, enfrentándola a un destino devastador que aniquila toda su esperanza.
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Capítulo 2

Luego de esconder a mi vecina Lucrecia en el lugar más seguro que encuentro, como lo es el depósito de las mercaderías donde solo entra de vez en cuando Francesco, el cocinero, ingreso al salón nuevamente y encuentro la mirada odiosa de aquel extraño sujeto clavada en mí. Me siento intimidada percibiendo que él sabe lo que acabo de hacer, pero a la vez molesta por causa de haber tenido que esconder a una persona de él. No entiendo por qué la pobre mujer se aterró de ese modo al verle. De pronto observo que el hombre me hace ademán para que me acerque hasta su mesa, cosa que dudo por un momento, pero luego valientemente y alzando mi mirada, voy decidida, pensando que nada podría hacer contra mí frente a la vista de todas las personas que se encuentran aquí.

Sí señor, ¿se le ofrece algo más? Digo aparentando valor.

Me mira con una fea sonrisa en la que puedo intuir la satisfacción que le causa mi temor y esto me produce demasiada ira. –Sí- me responde-deseo un café y una porción de pastel.

Lo miro sorprendida al comprobar que no había probado la sopa que le había llevado momentos antes. Él, notando la extrañeza en mi mirada, agrega que no desea la sopa y que la puedo retirar. Entonces vuelvo a preguntar si encontró algún problema con ella a lo que me responde que ninguno, pero que ya no la quiere.

- ¿qué sabor de pastel prefiere señor? – le digo mientras recojo el plato con la sopa. Pero cuando comienzo a describir los que se hallan disponibles me interrumpe abruptamente y con una voz irreconocible y desagradable.

- ¡El mismo que le diste a la señorita Lucrecia! – agregando una sonrisa sarcástica y horrenda. Las personas detuvieron su conversación para mirar hacia todas las direcciones, como si no supieran que ese estruendo provino de la boca de este maleducado señor.

Me quedo viéndolo sorprendida, pensando que todo aquello no era más que una falsa comedia montada solo para molestarme e intento descubrir su verdadera intención indagando en su extraña mirada, pero se hace el distraído y me esquiva. Solo se limita a observar el servilletero que alza con su mano para examinarlo cuidadosamente sin prestarme nada de atención, entonces, conteniendo la ira giro sobre mis talones para traer el pedido y llevar de nuevo lo que ni siquiera probó. Comencé a pensar que este señor tiene algún tipo de desorden mental y que tal vez es peligroso así que trato de calmarme y cumplo con su pedido como si no hubiera oído nada.

No pasan ni diez minutos cuando vuelvo con el mismo postre que solicitó Lucrecia sobre la bandeja, pero, para mi sorpresa, el hombre ya no estaba. Sobre la mesa encuentro un billete que duplica el valor de lo que pidió, aunque toda la comida está intacta, es decir que no la comió y él no está por ninguna parte. Me quedo perpleja, con la bandeja en la mano y luego tomo el dinero para pagar la cuenta. Le explico al encargado lo sucedido, pero está tan ocupado con los pedidos de comida rápida, que no me presta demasiada atención, solo cobra y me entrega el cambio. Entonces, como no hay nadie a quien dárselo, lo guardo en el bolsillo de mi uniforme.

A continuación, entran tantas personas al restaurante que no hay más espacio para acomodarlas, el encargado y el cocinero traen mesas extras para el resto que espera de pie, ser atendida. Esta horda me mantiene sumamente ocupada durante las próximas tres horas de esta noche en que no paro de ir y venir de la cocina al salón hasta que poco a poco vuelve a quedar prácticamente vacío. Con todo esto, no tuve tiempo de ir a decir a Lucrecia que aquel sujeto ya se había marchado unas horas antes, la verdad, lo olvidé. Eric, sorprendido de la cantidad de personas que ingresaron al mismo tiempo, se hizo hacia atrás en la banqueta que ocupa detrás del mostrador y suspira.

- ¿Qué fue todo esto? - agrega alzando las cejas. Los tres nos damos cuenta que se trata de un suceso bastante extraño por estar fuera de la temporada de turismo, pero nos pone muy feliz.

-No lo sé –respondo agitada, - pero estoy exhausta. -

Aunque cansada, también estoy feliz porque mi bolsillo rebalsa de propinas.

De repente recuerdo a Lucrecia y el corazón me da un vuelco, ¡la había olvidado en el depósito! ¡Qué horror, pobre mujer! Tal vez hasta se haya quedado dormida, pero lo que más me preocupa es que Eric se entere de esto, porque podría perder mi puesto de trabajo. Entonces, con gran disimulo y en un descuido del encargado corro a buscarla.

Cuando abro la puerta del depósito dispuesta a pedirle disculpas por mi tardanza, me llevo la sorpresa enorme de ver la silla donde la dejé sentada vacía, tumbada en el suelo y no había rastros de ella.

¡Lucrecia no está! – me digo en voz baja y con los ojos enormes -, pero ¿en qué momento se había marchado?¡ Si además la puerta estaba cerrada con doble traba desde afuera, pues no tiene cerradura! Resulta completamente imposible que pudiera haberla abierto desde adentro. Lo único que me queda por pensar es que ¡ha desaparecido! Siento una terrible culpa por haber dejado a mi pobre vecina allí, pero es el único lugar seguro donde nadie entra salvo el cocinero. Me quedo boquiabierta y sin saber qué pensar ni decir, entonces, voy rápido a la cocina e interrogo a Francesco en voz muy baja, pero este niega con la cabeza haberla visto mientras limpia enérgicamente los utensilios llenos de grasa con agua hirviendo. En su complicado lenguaje de señas, me asegura que, luego que volví al salón para atender a la multitud, él fue por unas latas de conservas al depósito y la señora ya no se encontraba allí.

Sin más qué hacer vuelvo al salón desconcertada y me dispongo a dejar todo limpio y ordenado. Me quedo pensativa y mirando a la nada cuando el encargado me saca de mi letargo haciendo que me sobresalte cuando dijo mi nombre. -¡Eh, Estefanía!, ¿qué sucede? ¿No Me oyes? – yo lo miro desconcertada y él lanza una risotada que retumba en todo el salón. –Disculpa, estoy distraída y un poco cansada – digo, pero él vuelve a reír y me indica que puedo irme, que mañana ordene el salón pues fue demasiado trabajo por hoy. Pero yo hago caso omiso a sus palabras y doy unas vueltas más por el lugar fingiendo que busco algo. Entro al baño de damas por si Lucrecia está ahí y luego al de caballeros para asegurarme, pero no la encuentro por ningún lado.

Eric, el encargado de La Bohemia no se da cuenta de mi preocupación, tal vez cree que estoy cansada de tanto trabajo esta noche. Pero la verdad me encuentro desesperada pensando en cómo pudo esfumarse Lucrecia del depósito de las mercaderías y no se lo puedo contar a él, pues podría despedirme por ello, así que me limito a esquivar su mirada y desaparecer mientras él queda entretenido cerrando la caja. Sin más lugares donde buscarla, finalmente tomo mi abrigo y el bolso dispuesta a marcharme.

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