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Portada de la novela CLARIDAD EN EL PUERTO

CLARIDAD EN EL PUERTO

Claridad Domeq ha dejado atrás un pasado difícil para convertirse en una mujer de mundo. Al estallar la Revolución Mexicana, regresa decidida a rescatar a su hermano de un destino fatal. Su plan consiste en manipular a un poderoso millonario mediante la seducción, pero el amor real complica su estrategia. Entre el peligro de la guerra y un romance inesperado, ella deberá proteger su honor para no perderse en un juego de traiciones y lealtad.
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Capítulo 3

Capítulo 3

Once años después, a principios de 1910, había estallado una revuelta que había terminado con la detención de algunos insurrectos que apoyaban la causa del general Villa. A ese grupo de bandoleros, criminales y saqueadores que el gobierno del general Díaz creía peligrosos, se habían sumado miles más a la causa de la revolución; pues como toda la clase baja y humilde, estaban hartos de los abusos, excesos y opresión del gobierno contra quien alentaba y promovía un cambio para el país.

Un grupo de estos rebeldes en Veracruz, era comandado por Federico Ramos y sus amigos; aquellos mismos que de niños conformaron la Pelusa. Todos ahora transformados en hombres, peleaban del lado de los revolucionarios. Hasta que una tarde a la entrada del pueblo, Federico fue emboscado y tomado preso por gendarmes liderados por un antiguo enemigo, el general Carmelo Avitia.

De don Mercedes se sabía que había muerto casi cuatro años atrás. Y su hijo había heredado todas sus propiedades y negocios. Atilano se alegró al conocer la noticia de la aprensión de Federico; había ya olvidado por completo a su amor de infancia y se había casado con Rita, la hija del presidente municipal Eustaquio Quiroz.

Para el general Villa lo principal era liberar a Federico, pero nadie conocía su paradero y donde lo podían tener recluido. Esta información se manejó como secreto de estado por el gobierno; ya que Federico era muy apreciado por el general Villa, y éste de llegar a conocer donde se encontraba detenido, era capaz de arrasar con el lugar. Por lo mismo el ejército no podía matarlo ya que era un excelente estratega del general, y conocía muy bien los planes y movimientos que la causa rebelde realizaría. Así que los militares intentaron de mil formas sacarle información, pero todo fue en vano.

Mientras tanto al pueblo recién había llegado Romero Benítez y Benítez, un joven y acaudalado hombre, que había amasado su fortuna al hacer negocios con el gobierno de la república. Era más que un amigo cercano del mismísimo presidente Diaz. Este joven era alto, de cuerpo atlético, cabello y ojos negros, una barba y bigote que apenas y asomaba. Se había educado en distinguidos colegios en varias partes de los Estados Unidos. Y fue allá donde conoció a la señorita Gertrudis Amparan, hija del gobernador del estado. El joven millonario había sido presionado por su propio padre antes de morir, para que contrajera matrimonio con la señorita Amparan por lo económicamente conveniente del enlace.

Romero no amaba a Gertrudis, tan sólo le tenía un aprecio por el hecho de mostrar fortaleza de carácter, por tener una pierna de madera. Aunque también era incuestionable la belleza de la muchacha. El hombre pensaba que ella bien podía ser una excelente esposa y compañera para él, y ya el amor llegaría después. Así que accedió a cortejarla.

En vida, el padre de Romero veía ventajoso el matrimonio de su hijo, ya que así él podría obtener fácilmente permiso para vender en todo el estado su whisky barato. Y era esa la causa real de la relación de su hijo con Gertrudis.

Romero por su parte siempre se comportó a la altura. Era educado y todo un caballero. E inicio con los acercamientos hacia Gertrudis quien, siguiendo los consejos de su madre, se daba a desear. Ya que siempre lo hacía esperar hasta una hora en la sala de su casa, mientras ella se embellecía para él.

Y una tarde la joven hablaba con su madre.

— No lo sé madre... ¿Y si sólo adelantamos todo y hacemos que pida mi mano y ya? — comentaba la joven mientras terminaba de polvearse la nariz.

— Claro que no. Tú eres una Amparan. Toda una dama y él debe darte tu lugar... No eres una cualquiera.

— Es sólo que tengo ganas de sentirme mujer madre. Y que mejor que él sea el primero. Es tan fuerte y varonil. A veces fantaseo con que me toca la...

— ¡Cállate Gertrudis por dios! ¡Suenas tan vulgar!

—...la cara con sus manos.

La joven reprimía sus sentimientos ante su madre, pero ella debido a su problema en la pierna izquierda —misma que perdió debido a un accidente en carreta—, siempre pensó que ningún hombre la aceptaría en esas condiciones.

— A veces imagino que Romero entra a mi cuarto por el balcón, y me roba como a las pueblerinas. Luego me lleva a una cabaña lejana y me...

— ¡Silencio Gertrudis! ¡Que lenguaje tan corriente y sucio utilizas! Creo que tantos años en el extranjero de nada te sirvieron. Saliste igual de vulgar que las hermanas de tu padre.

La joven guardó silencio, y mientras su madre le peinaba el cabello, ella continuaba añorando que Romero la hiciera su mujer.

Reunidos en la trastienda de una vieja taberna Refugio, Gilberto, Cecilio y Anastasio planeaban como ayudar a Federico y sobre todo encontrarlo.

—Debemos tener mucho cuidado —dijo Refugio —, la cosa está muy caliente. Sé que en el pueblo no lo tienen. He estado investigando, y al menos aquí parece que nadie sabe nada.

— Yo he revisado los caminos que traen al pueblo —dijo Gilberto —. Revisé en granjas y ranchos cercanos y nada.

— ¿Y si lo trasladaron a la capital? — sugirió Anastasio.

— Eso no puede ser —dijo Cecilio —. En los caminos está gente de mi general Villa. Ellos han estado al pendiente de quien entra y quien sale, y no han visto nada.

— ¿Y si lo sacaron en barco? — sugirió Gilberto.

—No creo. Yo he estado al pendiente del puerto — dijo Refugio —. Casi creo que a Federico lo deben tener en un lugar alejado del pueblo.

— Si pero ¿donde puede ser? — preguntó Cecilio.

—No lo sé, pero tenemos que tener los ojos bien abiertos muchachos — dijo Refugio.

— Todos saben que Fede es muy querido y apreciado por mi general — dijo Anastasio —. Y si se logra enterar en donde lo tienen, él lo va a sacar de ahí a como de lugar y sin importarle las vidas que se lleve entre las patas.

—Al menos sabemos que muerto no está — dijo Refugio —. Federico es muy importante. Tratarán de sacarle información del movimiento, pero él no va a rajar por nada del mundo.

— Eso es lo que me preocupa — dijo Cecilio—. Tal vez sólo torturándolo le van a sacar algo.

—Yo creo que ni con eso — dijo Refugio —. Con lo único que podrían hacerlo hablar sería con matar a su hermana Clara, pero de ella nadie sabe nada.

— Y si averiguamos donde puede estar ella— dijo Anastasio —. Tal vez ella pueda ayudarnos a encontrar a Fede.

—No tenemos ni idea de donde pueda estar — dijo Refugio —, además si la encontráramos, dudo que ella pueda ayudarnos a averiguar algo de su hermano.

— Ella era muy inteligente — dijo Anastasio —. Deberíamos de al menos avisarle lo que sucede con Federico.

— Eso si — dijo Cecilio —. Ella tiene derecho a saber.

—Ta bueno — dijo Refugio —, pero ¿cómo la encontraremos?

— No sé, pero me late que el único que puede saber es el padre Melitón — dijo Cecilio.

Los muchachos acordaron hacerle una visita de madrugada al párroco.

El sacerdote que ya era un hombre de 87 años, los recibió; y lamentó conocer la mala fortuna de Federico, por quien sentía un gran aprecio.

— Yo no he vuelto a saber nada de Clarita desde que se fue... — dijo el cura.

— Pero usted sabe ¿cómo encontrarla o dónde? — preguntó Anastasio.

—Si, pero ella se encuentra muy lejos... Allá la envió su propio hermano y...

— ¿Dónde está? — preguntó Refugio.

— Hijos míos, ese es un secreto de ellos y yo no...

—Está bien padre — dijo Refugio —, al menos avísele la situación tan caraja por la que está pasando Federico.

Los muchachos se marcharon de la iglesia un poco desconcertados, pero prometiendo entre ellos hacer lo necesario para encontrar a su amigo; y liberarlo de las manos de los enemigos. Por su parte el cura, esa misma noche escribió una carta a Clara notificándole lo que acontecía.

Era justo que la joven ahora de 20 años, conociera el infierno que su hermano estaba viviendo; y es que el ejército conservador no tenía una muy buena fama de tratar a ninguno de los revolucionarios que apresaban.

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