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Portada de la novela Cien Noches de Fuego

Cien Noches de Fuego

Esta recopilación de cien historias explora el deseo humano sin límites. A través de encuentros casuales, amores prohibidos y pasiones profesionales, cada relato se sumerge en las fantasías más profundas y los instintos que solemos ocultar. La obra invita a un recorrido sensorial donde el contacto físico es protagonista y la rendición absoluta es ley. Es una danza de seducción que desafía la lógica mientras analiza la psicología del placer.
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Capítulo 1

La tormenta sobre la ciudad no era nada comparada con el estruendo silencioso que recorría los pasillos de la casa. Cloe se detuvo frente al gran ventanal del salón, observando cómo las gotas de lluvia golpeaban el cristal con una violencia rítmica. Tenía veintidós años, pero en momentos como ese, se sentía como una niña pequeña tratando de descifrar un mundo que la sobrepasaba. O quizás, simplemente estaba tratando de descifrar a Dominic.

Dominic, su padrastro, era un hombre de pocas palabras y una presencia que parecía absorber todo el oxígeno de la habitación. Tras la muerte de su madre hacía tres años, la relación entre ellos se había estancado en una cordialidad tensa, un baile de evitarse en la cocina y saludarse con monosílabos. Pero últimamente, el aire se sentía distinto. Pesado. Eléctrico.

-Es una noche peligrosa para estar tan cerca del cristal, Cloe.

La voz de Dominic, profunda y con ese rastro de aspereza que siempre le erizaba la nuca, rompió el silencio. Ella no se giró de inmediato. Podía ver su reflejo en el vidrio: él estaba de pie junto a la barra del bar, con la camisa blanca ligeramente desabrochada y un vaso de whisky en la mano. La luz de los relámpagos iluminaba sus facciones duras y esos ojos oscuros que parecían leer pensamientos que ella misma temía admitir.

-Me gusta la lluvia -respondió ella, finalmente dándose la vuelta. Su voz sonó más temblorosa de lo que hubiera deseado-. Hace que todo lo demás se calle.

Dominic dio un paso hacia adelante. No era un hombre que caminara, él reclamaba el espacio. Sus zapatos de cuero resonaron suavemente sobre la madera.

-A veces el silencio es más revelador que el ruido -dijo él, deteniéndose a poco menos de un metro.

Cloe sintió el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste absoluto con el frío que entraba por las rendijas de la ventana. Llevaba un vestido de seda corto, color perla, que se adhería a sus curvas de una manera que ella sabía que era imprudente. Dominic bajó la mirada, recorriendo lentamente el perfil de su cuello hasta detenerse en el inicio de su pecho, donde el pulso de Cloe martilleaba con fuerza visible.

-Estás nerviosa -afirmó él, no como una pregunta, sino como una observación de cazador.

-Es solo la tormenta, Dominic.

-Mientes.

Él dejó el vaso sobre una mesa lateral sin apartar los ojos de ella. El ambiente cambió en un parpadeo. Ya no eran el tutor y la protegida; eran dos fuerzas gravitacionales colisionando en la oscuridad de la sala, iluminada solo por las brasas de la chimenea y los flashes del cielo. Dominic extendió una mano, pero no la tocó. Sus dedos se detuvieron a milímetros de su mejilla, permitiendo que ella sintiera el magnetismo de su piel.

-Llevas meses mirándome cuando crees que no me doy cuenta -susurró él, dando un paso más, acortando la distancia hasta que el pecho de él rozó los hombros de ella-. Llevas meses dejando la puerta de tu habitación entreabierta cuando sales de la ducha. ¿Qué es lo que buscas, Cloe? ¿Atención... o fuego?

Cloe sintió que las piernas le flaqueaban. El aroma de Dominic -una mezcla de sándalo, tabaco caro y el toque metálico del whisky- la mareaba de una forma embriagadora. No podía apartar la vista de sus labios, firmes y sugerentes.

-No sé de qué hablas -alcanzó a decir, aunque sus manos, por instinto propio, se posaron sobre los antebrazos de él. Los músculos de Dominic estaban tensos como cuerdas de piano.

-Sabes perfectamente de qué hablo. Estás jugando con algo que no puedes controlar. Y yo he sido muy paciente, pero esta noche... la paciencia se me ha agotado.

Dominic finalmente cerró la distancia. Su mano grande y cálida se cerró con firmeza pero sin brusquedad sobre la nuca de Cloe, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás. La vulnerabilidad de su cuello expuesto ante él la hizo soltar un suspiro entrecortado que fue devorado por el siguiente trueno.

Él se inclinó, su aliento rozando la oreja de ella antes de descender hacia su mandíbula.

-Si no te vas a tu habitación en este preciso momento -gruñó Dominic, su voz vibrando contra la piel de ella-, no habrá vuelta atrás. Olvidaré quién se supone que debo ser para ti y solo recordaré lo que este cuerpo me está pidiendo a gritos desde hace tanto tiempo.

Cloe no se movió. Al contrario, se presionó más contra él, sintiendo la evidencia de su deseo bajo la tela fina de su ropa. Sus dedos se enterraron en las mangas de la camisa de él, arrugándola.

-No quiero irme -susurró ella, desafiante y entregada al mismo tiempo.

Dominic soltó una risa baja, casi salvaje, antes de capturar sus labios en un beso que no tuvo nada de dulce. Fue una invasión, un reclamo de posesión que sabía a hambre acumulada y a años de represión. Cloe respondió con la misma urgencia, sus manos subiendo hasta el cabello de él, desesperada por más.

La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro, el incendio apenas comenzaba. Dominic la levantó con una facilidad asombrosa, haciendo que ella enredara sus piernas alrededor de su cintura mientras la llevaba hacia el sofá de cuero, donde las sombras y el fuego serían los únicos testigos de lo que estaba por suceder.

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