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Portada de la novela Cicatrices Que Hablan: Amor Renacido

Cicatrices Que Hablan: Amor Renacido

Una talentosa bailarina salva a su prometido, Mateo, en un accidente que le deja graves secuelas físicas. Sin embargo, en su fiesta de compromiso descubre que él la engaña con su prima Elena, quien está embarazada. Al enterarse de que planean drogarla para robar la herencia de Don Fernando Romero, ella decide actuar. Para ejecutar su revancha, busca a Ricardo Vargas, el influyente hermano de Mateo, y le propone una inesperada alianza matrimonial.
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Capítulo 3

Me quedé allí, oculta en las sombras, escuchando.

El sonido de sus risas se convirtió en susurros y luego en los inequívocos sonidos de dos cuerpos moviéndose juntos.

Cada gemido de Elena era una tortura, cada murmullo de Mateo una confirmación de la pesadilla.

Cerré los ojos, obligándome a absorber cada detalle doloroso. Necesitaba este veneno para alimentar mi resolución. Necesitaba que el odio quemara cualquier resto de amor que pudiera quedar.

El amor había muerto.

En su lugar, crecía algo más oscuro y fuerte.

Cuando los sonidos cesaron y escuché que se vestían, me alejé de la ventana. Me moví con un sigilo que no sabía que poseía, volviendo a mi coche como un fantasma.

Me senté al volante y no arranqué. Simplemente me quedé mirando la nada, mientras mi mente, antes una tormenta de dolor, se aquietaba en una calma peligrosa.

Toda mi vida se había fracturado en cuestión de minutos. La mujer que entró en esta calle ya no existía. La que se iba era otra.

Una pieza del rompecabezas encajó en mi mente. La insistencia de Mateo en que usara un médico específico recomendado por un "amigo". Un médico que siempre parecía pesimista sobre mi recuperación. "Quizás nunca vuelvas a caminar sin un bastón, Sofía", me decía con falsa compasión.

Y los analgésicos. Siempre asegurándose de que los tomara.

Pero yo había dejado de tomarlos hacía dos semanas.

En secreto, había buscado una segunda opinión. El nuevo médico, un especialista de renombre, se sorprendió. "Tu pierna está sanando increíblemente bien. Con la terapia adecuada, podrías recuperar casi toda tu movilidad. ¿Quién te dijo lo contrario?".

La terapia intensiva, las dolorosas sesiones a escondidas... todo había valido la pena. Mi cojera era casi imperceptible si me concentraba. Había estado guardando mi recuperación como un secreto, planeando sorprender a Mateo.

La ironía me quemó la garganta.

La sorpresa me la había llevado yo.

Conduje a casa, a la casa de mis padres donde había estado viviendo desde el accidente. Entré en mi antiguo cuarto, el santuario de mi adolescencia, lleno de trofeos de danza y fotos de una vida que ahora parecía lejana.

Me miré en el espejo de cuerpo entero.

Levanté el borde de mi vestido y observé la cicatriz que recorría mi muslo y pantorrilla. Era larga, dentada, de un color rojizo que destacaba contra mi piel.

"Horrible", había dicho Elena.

"Patético", había dicho Mateo.

Por primera vez, no vi fealdad. Vi una insignia de supervivencia. Vi la prueba de que podía soportar el dolor.

Toqué la piel marcada, no con lástima, sino con una nueva aceptación. Esta cicatriz no era mi debilidad. Era mi armadura.

Mi teléfono vibró. Era Mateo.

"Mi amor, ¿dónde estás? Ya casi es hora de irnos a la fiesta. Te extraño".

La bilis subió por mi garganta. Su hipocresía era sofocante.

Respiré hondo. El juego había comenzado.

"Hola, cariño. Me sentía un poco cansada. Estaré lista en un momento", respondí, mi voz deliberadamente suave y un poco débil.

"¿Tomaste tu medicina? No quiero que te duela la pierna esta noche. Quiero que disfrutes", dijo, su voz cargada de una falsa preocupación que ahora me resultaba obscena.

"Sí, acabo de tomarla. Gracias por cuidarme tanto, Mateo".

"Haría cualquier cosa por ti, princesa. Nos vemos en un rato. Te amo".

"Yo también", mentí, y colgué.

El "te amo" se sintió como ceniza en mi boca.

Me quedé quieta por un momento, dejando que la calma gélida se asentara. Luego, me moví con propósito.

Abrí mi armario y saqué el vestido que había elegido para la fiesta. Era un vestido hermoso, largo y fluido, de color esmeralda. Pero lo miré con otros ojos. Cubría mi pierna. Ocultaba mi cicatriz.

Lo volví a meter en el armario.

Busqué en el fondo, hasta que encontré lo que buscaba.

Un vestido rojo.

Rojo como la sangre, rojo como la pasión, rojo como la venganza.

Era un vestido atrevido, con una abertura lateral alta, muy alta. Una abertura que no ocultaría nada.

Era el vestido de una mujer que no tenía nada que esconder.

Y nada que perder.

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