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Portada de la novela CEO gelido, amor ardiente

CEO gelido, amor ardiente

Después de un año de casados sin pasión ni cercanía, Scarlett decide pedir el divorcio a su frío esposo, un poderoso CEO. Ante su sorpresa, el magnate se niega a dejarla marchar y empieza a mostrar una faceta desconocida para retenerla a su lado. Entre el entorno corporativo y una atracción latente que resurge, la pareja se enfrenta a un dilema crucial: luchar por reconstruir su vínculo o aceptar el final definitivo de su matrimonio.
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Capítulo 3

Los días comenzaron a pasar con una rapidez monótona. Scarlett despertaba, desayunaba sola, se distraía con tareas menores o salía a dar caminatas por la ciudad. Algunas veces leía, otras pintaba un poco en su pequeño estudio improvisado. Pero todo parecía superficial, como si la vida misma se deslizara sin tocarla realmente.

Nathaniel salía temprano todas las mañanas, casi sin despedirse. Su rutina era inquebrantable: reuniones, llamadas, informes, almuerzos con ejecutivos, cenas con inversionistas. En sus palabras, todo era por el futuro de la empresa. Pero nunca hablaba del futuro de ellos.

-No llegaré esta noche, Scarlett -decía a menudo a través de un breve mensaje.

-Tengo cena con unos socios. No me esperes.

-Reunión en la madrugada con Europa. Dormiré en la oficina.

Las excusas eran constantes, y aunque todas parecían justificadas, Scarlett comenzaba a sentir que en realidad no eran obligaciones... sino evasiones. Él no quería estar con ella. No se trataba de que no pudiera, sino de que no quería.

La casa era demasiado grande para una sola persona. Los ruidos del día desaparecían al caer la noche, y el silencio se convertía en un espectro que la acompañaba desde el comedor hasta el dormitorio. Cada rincón parecía susurrarle lo que Nathaniel no decía: Estás sola. Completamente sola.

Una noche, decidió esperarlo despierta.

Colocó dos copas de vino en la mesa del jardín, encendió luces suaves alrededor, e incluso se cambió de ropa. Llevaba un vestido rojo sencillo, pero elegante. Se maquilló con cuidado, queriendo recuperar algo de su esencia, de la mujer que alguna vez se había sentido deseada, vista.

Las horas pasaron.

El reloj marcó las nueve... luego las diez... después las once. El vino se enfrió sin ser tocado. El teléfono nunca sonó. Finalmente, Scarlett se levantó y apagó todo. En el fondo, ya sabía que no vendría.

Entró al dormitorio y se quitó el vestido con movimientos lentos, como si despojándose de él se deshiciera también de las esperanzas. Se metió en la cama, miró el techo, y entonces, el sonido de la puerta principal la hizo incorporarse de golpe.

Eran casi la una de la mañana.

Bajó las escaleras con cuidado, el corazón latiéndole rápido. Lo encontró en la cocina, abriendo la nevera, aún con el traje puesto y la corbata floja.

-¿Llegaste...? -preguntó ella, con voz suave.

Nathaniel la miró, un poco sorprendido de verla despierta.

-No sabía que estabas levantada -dijo simplemente.

-Te esperé para cenar.

-No debiste. Ya sabes cómo es esto.

Scarlett se acercó, con una expresión que mezclaba ternura y frustración.

-¿No podrías dejar el trabajo por una noche, solo una? No hemos compartido nada desde la boda.

Nathaniel bajó la mirada, como si la conversación lo incomodara más que cualquier junta con accionistas.

-Estoy construyendo algo grande, Scarlett. Lo sabes. Es temporal. Cuando la expansión termine, las cosas serán distintas.

Ella asintió lentamente, aunque sabía que esas promesas eran tan frías como la casa que compartían.

-¿Y hasta entonces? ¿Cuánto tiempo más viviré con un fantasma?

Nathaniel frunció el ceño.

-No exageres. Estoy aquí, ¿no?

Scarlett lo miró fijamente.

-No, Nathaniel. Estás en esta casa, pero no estás conmigo.

El silencio se volvió denso entre ellos. Luego, él cerró la puerta del refrigerador y tomó una botella de agua.

-Estoy cansado -dijo, como si fuera una justificación suficiente.

Subió sin esperar respuesta.

Scarlett se quedó allí unos segundos más. Luego suspiró y regresó al dormitorio. Cuando entró, él ya estaba en el baño. Escuchó el agua de la ducha. Se recostó en su lado de la cama, abrazando una almohada, deseando que esa noche fuera distinta. Pero sabía que no lo sería.

Minutos después, él salió del baño, se puso una camiseta sencilla y se recostó en el borde opuesto del colchón, dándole la espalda.

Scarlett lo observó en silencio. Su figura era fuerte, imponente. Había amado ese cuerpo, había soñado con acariciarlo, con compartirlo. Pero ahora, parecía más un muro que un hombre.

-Nathaniel -susurró-. ¿Alguna vez pensaste que esto funcionaría?

Él no respondió. Fingía dormir o, simplemente, no quería contestar.

Scarlett cerró los ojos con fuerza. Ya no sabía si estaba siendo paciente o si solo se estaba aferrando a una ilusión. Y lo peor era que no tenía con quién hablar de ello. Su familia estaba lejos, sus amigas ocupadas con sus propias vidas. ¿A quién le importaba si la esposa de un magnate lloraba cada noche en una cama vacía?

La madrugada avanzó. La luna se filtraba por la ventana. Nathaniel respiraba tranquilo, como si nada pasara.

Scarlett, en cambio, no durmió en toda la noche. Y en su mente, comenzó a repetirse una pregunta inquietante:

¿Esto es todo lo que me espera?

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