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Portada de la novela Cenote de Traición y Dolor

Cenote de Traición y Dolor

Ricardo Ramírez viaja a su hacienda en Yucatán buscando bienestar para su hermana Sofía, pero se topa con una traición devastadora. Su esposa Isabella y su amante Mateo lo reciben con desprecio, culminando el conflicto cuando Mateo lanza a Sofía a un cenote. Ante la crueldad de quienes apoyó, Ricardo abandona su apariencia vulnerable. Su verdadera identidad, El Halcón, emerge de la oscuridad para desatar una cacería implacable contra los culpables.
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Capítulo 3

"¿Qué dijiste?", la voz de Ricardo era apenas un susurro, pero cortó el ruido de la música y las risas.

Mateo, envalentonado por la aparente pasividad de Ricardo, se inclinó aún más.

"Dije que eres un mantenido," repitió, escupiendo la palabra, "un cero a la izquierda que vive de mi jefa, y ahora lárgate, estamos ocupados."

"El Rojo", el pandillero corpulento, se acercó a la puerta del copiloto y la abrió de un tirón.

Sofía gritó, encogiéndose contra su asiento.

"¡Oye, qué te pasa!", exclamó Ricardo, su cuerpo tensándose.

"El Rojo" ignoró a Ricardo por completo, su atención fija en la aterrorizada Sofía.

"¿Qué pasa, muñeca?", dijo con una voz pastosa y vulgar, "tu hermanito el mandilón no te va a defender, ¿por qué no te bajas y te diviertes un rato con nosotros?"

Agarró a Sofía del brazo, intentando sacarla de la camioneta.

"¡Suéltala!", rugió Ricardo, el control finalmente rompiéndose, pero antes de que pudiera hacer algo, Mateo lo detuvo, bloqueando su puerta.

"Tranquilo, campeón," dijo Mateo con una sonrisa torcida, "solo estamos siendo amigables."

Ricardo miró la mano de "El Rojo" en el brazo de Sofía, las marcas rojas que empezaban a formarse en su piel pálida, vio el pánico en los ojos de su hermana.

"Te lo voy a decir una última vez, Mateo," dijo Ricardo, su voz peligrosamente baja, "quita a tu perro de mi hermana y mueve tu camioneta."

Mateo se rió de nuevo, una risa que a Ricardo le empezó a sonar como el rechinido de un metal oxidado.

"¿O qué? ¿Me vas a pegar?", se burló, "¿Tú? Mírate, ya estás viejo, aguado, tus días de gloria en el ring, si es que alguna vez los tuviste, se acabaron hace mucho."

La mención de su pasado como luchador, un secreto que muy pocos conocían, sorprendió a Ricardo.

La traición era más profunda de lo que había imaginado.

"Y sobre la camioneta," continuó Mateo, dando unas palmaditas condescendientes al capó del vehículo de Ricardo, "esta sí que es una nave, ¿eh? Isabella me comentó que también me la va a regalar, dice que el color negro te hace ver más... insignificante."

Era una mentira descarada, una provocación diseñada para herirlo, para humillarlo frente a todos.

"Esta camioneta está a mi nombre," replicó Ricardo, intentando razonar en medio del caos, "es de mi propiedad."

El grupo de pandilleros estalló en carcajadas.

"¡Claro, campeón!", gritó uno de ellos, "y yo soy el dueño de la hacienda."

"El Rojo" apretó más el brazo de Sofía, haciéndola gemir de dolor.

"Ya cállate, viejo ridículo," gruñó "El Rojo", "a nadie le importa de quién son los papeles, la patrona Isabella manda, y ella dice que todo esto es de Mateo."

La humillación era total, no solo le estaban robando sus bienes, sino que estaban reescribiendo su propia historia, borrándolo de la ecuación, todo con la bendición de su esposa.

"Mira," dijo Mateo, cambiando su tono a uno falsamente conciliador, "no queremos problemas, solo queremos que tu hermanita se disculpe por interrumpir nuestra fiesta."

Ricardo lo miró, incrédulo. "¿Disculparse? ¿Ella?"

"Sí," asintió Mateo, "y luego ustedes dos se largan a pie, dejen la camioneta aquí, yo la cuidaré bien por ti."

La insolencia era asombrosa, le estaban robando, agrediendo a su hermana y encima le pedían que se fuera caminando, abandonando su vehículo.

Ricardo miró a Sofía, su rostro bañado en lágrimas, temblando de miedo y dolor.

Sabía que no podía ganar esta pelea, no ahora, no así, estaba en desventaja numérica y, lo más importante, tenía que sacar a Sofía de allí a como diera lugar.

La venganza podía esperar, la seguridad de su hermana no.

"Está bien," dijo Ricardo, la palabra le supo a ceniza en la boca, "nos iremos."

Soltó el volante y miró a "El Rojo".

"Suéltala," ordenó, y por un instante, hubo tal autoridad en su voz que el pandillero vaciló.

Mateo sonrió, creyendo haber ganado.

"Así me gusta, que cooperes," dijo, "ahora, antes de irse..."

La sonrisa de Mateo se ensanchó, volviéndose depredadora.

"Hay una pequeña condición."

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