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Portada de la novela Celos y Secretos: Un Amor Roto

Celos y Secretos: Un Amor Roto

Tras volver mágicamente a la noche de su graduación, el protagonista revive la traición de su círculo cercano. Mientras Laura y Carlos desprecian sus avisos, Sofía oculta sus oscuras intenciones tras una máscara de apoyo. Atrapado y humillado, descubre un complot para culparlo de un crimen atroz. Sin embargo, con la ventaja de conocer el futuro, decide abandonar su papel de víctima para ejecutar una venganza fría contra quienes intentaron destruir su vida.
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Capítulo 3

Me sentaron a la fuerza en un tronco alejado de la fogata principal, los dos gorilas del equipo de fútbol me vigilaban como si fuera un prisionero de guerra.

Carlos se acercó, con Laura pegada a su costado, me miró desde arriba con esa sonrisa suya que tanto odiaba.

"¿Ves, Miguel Ángel? Así es mucho mejor, todos juntos, como un equipo."

En mi vida anterior, sus palabras me habrían provocado, habría saltado a discutir, a señalar su hipocresía.

Ahora, solo lo miré con aburrimiento.

Levanté la vista lentamente, sin expresión en mi rostro.

"Claro, Carlos, como un equipo."

Mi falta de reacción lo desconcertó, esperaba una pelea, un desafío, no esta calma vacía.

Frunció el ceño.

"¿Qué te pasa? ¿Te comió la lengua el gato o qué?"

Laura intervino, su voz era un veneno dulce.

"Déjalo, Carlos, ya se dio por vencido, sabe que no puede competir contigo."

Me reí por dentro, si supieran.

No dije nada, solo me recargué en el tronco y observé la escena, como si estuviera viendo una película repetida.

La música era estridente, una mezcla terrible de reguetón y cumbia que retumbaba en mi pecho, la gente bailaba de forma torpe, chocando entre sí, el aire olía a sudor, alcohol barato y la marihuana que alguien acababa de encender.

Un caos perfectamente orquestado para el desastre.

"¡Oye, tú! ¡No te duermas!" uno de los gorilas me sacudió el hombro.

Me enderecé de mala gana, mi cuerpo entero gritaba por escapar.

Intenté levantarme de nuevo, con calma.

"Necesito ir al baño."

"El océano es grande," respondió el otro, bloqueándome el paso.

"No voy a escapar," dije, mi voz era monótona, "solo quiero alejarme de este ruido."

"Carlos dijo que te quedas," insistió el primero, cruzando sus enormes brazos sobre el pecho.

Mi paciencia, ya inexistente, se agotó.

Me puse de pie de un salto y los encaré.

"¡Les digo que me dejen en paz!"

Mi grito atrajo algunas miradas, incluida la de Sofía, que estaba sirviéndole otra bebida a Carlos.

Mi arrebato solo sirvió para que los dos gorilas me sometieran con más fuerza, me agarraron por los brazos y me empujaron de nuevo al tronco, esta vez con más violencia.

Caí pesadamente sobre la arena.

Desde mi posición en el suelo, vi a Sofía acercándose, su rostro mostraba una mezcla de lástima y fastidio.

"Miguel Ángel, por favor, deja de hacer escenas," me dijo en voz baja, para que los demás no oyeran, "solo estás empeorando las cosas."

La miré, el rostro de la mujer que me había matado, ahora fingiendo preocuparse por mí.

"Sofía," le dije, mi voz era un susurro ronco, forzado por la presión en mi pecho, "tienes que irte de aquí, ahora, llévate a los que puedas."

Ella suspiró, como si estuviera tratando con un niño terco.

"Ya te dije que no va a pasar nada."

"Va a pasar, Sofía," insistí, tratando de transmitir la urgencia, la certeza en mis ojos, "esta fiesta es una trampa, Carlos no es tu amigo, él solo los está usando a todos."

Ella miró hacia donde estaba Carlos, que ahora estaba coqueteando abiertamente con otra chica, mientras Laura miraba con los puños apretados.

Por un segundo, vi una sombra de duda en los ojos de Sofía.

Pero su obsesión era más fuerte que su razón.

"Él es el capitán, es popular, es normal que las chicas lo busquen," se justificó a sí misma, "pero él confía en mí, me necesita a su lado."

Era inútil, estaba completamente ciega.

"Esa confianza te va a costar la cárcel, Sofía," le dije, mis palabras fueron duras, directas, mi última advertencia.

Ella se ofendió, su rostro se contrajo en una mueca de ira.

"¡Ya basta! ¡Solo dices eso porque estás celoso! ¡Celoso de él, celoso de que Laura lo prefiera a él, y celoso de que yo también lo admire!"

Me gritó, atrayendo la atención de todos.

Carlos se dio la vuelta, sonriendo.

"¿Problemas en el paraíso, mejor amiga?"

Sofía se sonrojó y negó con la cabeza.

"No, ninguno, Miguel Ángel solo está un poco borracho y dice tonterías."

Me señaló como si fuera un caso perdido.

Los dos gorilas me levantaron y me sujetaron con más fuerza, sus dedos se clavaban en mis bíceps.

Ya no podía hablar, ya no podía advertir a nadie.

Estaba completamente inmovilizado, un espectador forzado de la tragedia que estaba a punto de desatarse.

La fiesta subió de nivel, alguien trajo una botella de tequila de la peor calidad y empezaron a repartir shots en vasos de plástico sucios.

Vi a chicos y chicas, que apenas tenían dieciocho años, beber hasta casi perder el conocimiento.

Vi a Carlos pasar de una chica a otra, sus manos viajando por lugares inapropiados, susurrando promesas vacías al oído.

Vi a Laura, tratando de mantener su sonrisa de novia perfecta, pero sus ojos delataban su furia cada vez que Carlos se acercaba a otra.

Y vi a Sofía, siempre cerca de él, como una sombra leal, llenando su vaso, riendo de sus chistes, ignorando a todas las demás, convencida de que al final de la noche, él la elegiría a ella.

El ambiente se volvió denso, pegajoso.

La mezcla de alcohol, hormonas y estupidez adolescente creó un cóctel peligroso.

En un arrebato de desesperación final, usé toda mi fuerza, me retorcí y logré soltar un brazo.

Mi objetivo era el enorme parlante que vomitaba esa música infernal.

Si podía destruirlo, si podía romper el hechizo de la fiesta, tal vez tendría una oportunidad.

Corrí hacia él, pero antes de llegar, sentí un golpe en la espalda que me tiró a la arena.

"¡¿Qué diablos te pasa?!" gritó Carlos, parado sobre mí.

La gente me rodeó, sus rostros distorsionados por el alcohol y la ira.

"¡Quiere arruinar la fiesta!"

"¡Sáquenlo de aquí!"

"¡Échenlo al mar!"

Fue Laura quien dio la orden final.

"Hay un cuarto de almacenamiento en la parte de atrás de la casa de la playa, enciérrenlo ahí, así no molestará a nadie más."

Me levantaron como a un saco de papas y me arrastraron hacia la pequeña caseta de madera.

Me arrojaron dentro, el lugar olía a humedad y a madera podrida.

Antes de que cerraran la puerta, mi mirada se cruzó por última vez con la de Sofía.

No había lástima en sus ojos.

Solo una fría determinación.

La puerta se cerró de golpe, y el sonido del cerrojo deslizándose fue el punto final de mi intento de cambiar el destino.

Me quedé solo, en la oscuridad, escuchando los gritos y la música de la fiesta que continuaba, cada vez más fuerte, cada vez más salvaje.

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