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Portada de la novela Cautivo

Cautivo

Karim ha pasado años atrapado en la frialdad de un matrimonio que percibe como una prisión perpetua. Su apatía emocional se ve interrumpida por la aparición de una mujer joven y tierna, cuya influencia lo obliga a confrontar el vacío de su realidad actual. Este encuentro inesperado actúa como un catalizador para que él se despoje de su ceguera, impulsándolo a cuestionar su destino y a buscar la libertad personal que tanto anhela su corazón.
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Capítulo 3

Después de revisar varios documentos, fui a la cama con Agatha. Ella ya se encontraba descansando, por lo que me metí a la cama con sigilo y me acerqué lo más que pude para sentir en mis fosas nasales la dulce fragancia de su perfume, pero tuve que alejarme o perdería todo el control de mí y lo que menos quiero es discutir con ella.

Quería abrazarla y esconder mi nariz entre su cabello, pero a ella nunca le ha gustado dormir abrazada a mí y tampoco permite que yo me le pegue. Quisiera que las cosas fuesen diferente, pero así me siento bien y cómodo, porque al menos la tengo a mi lado cada noche.

-Te amo -le susurré en un hilo de voz y cerré los ojos, esperando una respuesta que nunca ha llegado y nunca llegará.

***

-¿Cómo te has sentido trabajando aquí, Noa?

Miré a Agatha, sorprendido de su repentino interés por saber el sentir de nuestra nueva empleada.

La chica la miró con una sonrisa en los labios.

-Muy bien, Sra. Leroy. El trabajo resultó más sencillo de lo que pensé. Gracias por la oportunidad que me ha dado y por permitirme quedarme.

-No agradezcas, lindura -sonrió de costado, algo poco usual en ella-. Debo irme al trabajo. Tengan un buen día.

-¿Vas a ir a la tienda hoy sábado? -quise saber, antes de que se marchara.

-Sí, tengo que terminar unos pendientes. Estaré de regreso en la tarde -golpeó mi hombro y se marchó.

Verla partir de la casa me quitó el buen humor que tenía y las ganas incluso de seguir disfrutando de mi desayuno. Son pocas las veces que trabaja los fines de semana, y cuando lo hace, no regresa hasta el domingo en la noche.

Una parte de mí desconfía de ella, pero nunca he encontrado nada inusual. Le abruma tanto estar a mi lado, que se marcha a la casa de campo para estar allí sola y tener un espacio para sí. No la culpo, después de todo, yo también necesito de esos espacios en los que pienso en todo lo bueno y lo malo.

-¿Y cómo quedó el café hoy? -Noa me sacó de mis pensamientos-. ¿Mejoró o sigue quedando mal?

-Hoy quedó perfecto.

-Me alegra que le haya gustado, Sr. Leroy.

-Dime Karim. No tienes que ser tan formal conmigo.

-Es mi jefe y le debo respeto.

-Me haces sentir viejo -bromeé y negó con una sonrisa.

-Usted es muy joven y atractivo. De viejo no tiene nada... -hizo silencio de golpe y bajó la cabeza con el rostro tan rojo como un tomate-. D-disculpe mi imprudencia, Sr. Leroy.

Su timidez más su sinceridad me sacó una sonrisa.

-No te preocupes por ese tipo de cosas, Noa. Gracias por tu halago -le resté importancia, divertido por lo avergonzada que se encontraba-. Estaré en mi despacho.

-Sí, señor.

Me sumergí en el trabajo por largas horas, olvidándome de todo a mi alrededor. Además no tenía nada mejor que hacer. Si me quedo de brazos cruzados, esperando que Agatha llegue, mi cabeza no dejará de trabajar ni un solo segundo, por lo que prefiero mantenerme ocupado para dejar de pensar.

Con mi esposa no funcionan las cenas, ni las sorpresas, ni un abrazo o un beso, porque eso a ella no parece significarle nada. Y no quiero seguir pensando en todo lo que hago para ganarme su amor y ella no sabe apreciarlo. Diez años después, por más esperanzas que tenga guardadas en mi corazón, empiezo a agotarme de su falta de amor.

¿No merezco que me ame, que me brinde una tierna caricia o, aunque sea, que me brinde un sincero abrazo? Claro que lo merezco, pero ella me lo cohíbe y no entiendo la razón.

Detuve el trabajo cuando Noa me trajo el almuerzo al despacho. Todavía se veía avergonzada y sus palabras salían a la fuerza de su boca. ¿Es cosa mía o se sonroja con facilidad? Quien debería sentir vergüenza sería yo y no ella, pero su comentario, por alguna razón, me cayó muy bien. Hace mucho tiempo no me dicen que soy atractivo, la única que me lo recuerda cada que tiene oportunidad, es mi madre.

-Buen provecho.

-Gracias, Noa.

-No hay de qué, Sr. Leroy. Permiso -tomó la bandeja en su mano y salió como alma que lleva el diablo.

«Tendré que acostumbrarme que me llame así por más que le diga que no lo haga», pensé, soltando una risita.

Luego de comerme el almuerzo, salí a caminar por el jardín, sintiendo la soledad a mi alrededor. La tarde estaba fresca, por lo que era agradable pasear por los rosales.

Estaba tan distraído, que no me fijé cuando choqué con otro cuerpo. Vi a Noa caer de lleno al suelo y me apresuré en ayudarla a levantar, al igual que todo lo que traía en sus manos y se le cayó debido al golpe.

-Perdóname, no te vi -me disculpé.

-No se preocupe, Sr. Leroy, también venía distraída y no lo vi -me sonrió.

Su sonrisa me recordó a la de Agatha. La miré fijamente por unos segundos, dándome cuenta del gran parecido físico que posee con mi esposa. Su cabello, aunque es un poco más oscuro, es igual de lacio. Sus ojos, por más que sean diferentes, tienen una tonalidad muy parecida. Su piel blanca, sus labios rosas.

-¿S-se encuentra bien? -preguntó y cruzamos mirada, solo que ella la desvió primero.

-Sí, sí -carraspeé-. ¿No te hiciste daño?

-No.

-Que bueno -di un paso atrás, dándole su espacio-. Cuando Agatha regrese, por favor dile que la estaré esperando en el despacho.

-Le haré saber a la señora.

-Gracias -me alejé de ella por donde mismo había venido, sintiéndome extrañamente muy incómodo.

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