
Cásate con mi ligue de una noche
Capítulo 2
El aire en la oficina del abogado se sentía pesado, casi tanto como los tres años de mi vida que se estaban evaporando con una simple firma.
Frente a mí, sobre la mesa de caoba pulida, yacía el documento de divorcio.
Alejandro Morales, la estrella de rock en ascenso, mi ahora exesposo, ni siquiera se había dignado a aparecer. En su lugar, envió a su abogado, un hombre con una sonrisa tan falsa como las promesas que Alejandro me había hecho.
"Señorita Romero, si tan solo firma aquí, todo habrá terminado."
Tomé la pluma. La sentí fría y pesada. Mis dedos temblaron un poco, no de tristeza, sino de una extraña mezcla de alivio y furia contenida.
Miré al abogado de Alejandro.
"Dígale que le deseo toda la felicidad del mundo con Paulina."
La sonrisa del abogado titubeó por un segundo. Sabía perfectamente que Paulina, la princesa de la alta sociedad, era la razón por la que yo estaba aquí.
Firmé. Sofía Romero. Un nombre que sentía que estaba reclamando.
En el momento en que mi firma secó sobre el papel, una carga que ni siquiera sabía que llevaba se desvaneció de mis hombros. Era libre.
Tres años. Tres años de mi vida dedicados a él. Dejé mi propia carrera de diseño de moda en pausa para ser su musa, su mánager no oficial, su apoyo incondicional. organicé sus giras, manejé sus redes sociales, elegí sus atuendos, aguanté sus cambios de humor y sus inseguridades de artista.
Todo para que, en cuanto alcanzó la fama, decidiera que yo no era suficiente. Que necesitaba a alguien como Paulina a su lado, alguien cuyo apellido abriera más puertas que mi lealtad.
"Te has vuelto aburrida, Sofía," me dijo la última vez que discutimos, sus palabras cortando más que cualquier traición. "Yo estoy destinado a la grandeza y tú… tú te quedaste atrás."
Salí de ese edificio y el sol de la Ciudad de México me golpeó la cara. Por primera vez en meses, no sentí que me quemaba, sino que me calentaba.
Saqué mi teléfono y llamé a mi mejor amiga, Carla.
"¡Ya está! ¡Soy oficialmente una mujer divorciada!"
"¡Neta, amiga! ¿Cómo te sientes?"
"Como si pudiera respirar de nuevo," dije, y era la verdad más pura que había dicho en años. "Necesito celebrar. A lo grande."
"Sé exactamente a dónde vamos a ir," respondió Carla, su voz llena de la emoción que a mí me faltaba.
Esa noche, me puse un vestido que había diseñado yo misma, uno que Alejandro siempre odió porque decía que era "demasiado llamativo" . Era corto, rojo y gritaba libertad.
Carla me llevó a un club exclusivo en Polanco, el tipo de lugar al que Alejandro siempre quiso entrar pero que nunca pudo. Las luces de neón parpadeaban al ritmo de la música electrónica, un pulso que sentí en todo el cuerpo.
En lugar de esconderme en un rincón, caminé directamente a la barra.
"La botella más cara de champaña que tengas," le dije al barman, sacando mi tarjeta de crédito. Una tarjeta que ahora solo tenía mi nombre.
El barman levantó una ceja, pero cumplió la orden.
Carla me miró, impresionada.
"Así se hace, güey. A la mierda con la modestia."
Levanté mi copa.
"Por los nuevos comienzos," dije, mi voz apenas audible sobre la música, "y por no volver a permitir que nadie me diga que no soy suficiente."
Bebí de un trago, el champán frío y burbujeante, un bautismo para mi nueva vida.
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