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Portada de la novela Casarme con un magnate fantasma

Casarme con un magnate fantasma

Tras años de entrega ignorada, Amelia rompe su compromiso con Jaxton al ser humillada públicamente por él. Dispuesta a cambiar su destino, impacta a todos al contraer matrimonio con un enigmático y poderoso magnate, un giro que sacude las redes sociales. Pese a que su ex intenta tildar la boda de despecho, su nuevo esposo emerge como un protector implacable, decidido a resguardarla y desafiar a quienes intenten menospreciar su unión.
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Capítulo 2

Del otro lado de la línea, se escuchó una voz masculina. Era la de ese hombre de elegancia innata que siempre vestía de negro, con facciones afiladas y cautivadoras.

Un destello de sorpresa iluminó sus ojos.

El silencio se prolongó hasta que Amelia no pudo soportarlo más. "Lo siento, fui impulsiva", dijo. "Solo olvida lo que dije...".

"Acepto". La voz grave del hombre la interrumpió. Su respuesta la dejó atónita.

La verdad era que ella se arrepintió de sus palabras casi al instante.

Una cosa era romper su compromiso con Jaxton; otra muy distinta era aceptar casarse con Wyatt Stewart. Eso era como adentrarse en un juego peligroso.

En la penumbra de su habitación, Amelia recordó lo que había sucedido un año atrás.

Era tarde, igual que ahora. Al salir del hospital, como de costumbre, encontró a Wyatt casi inconsciente en un callejón del lado oeste de Kretol.

En ese entonces, no sabía quién era. Cuando él le ofreció pagarle por haberlo salvado, Amelia bromeó y le preguntó si eso significaba que haría cualquier cosa por ella.

El hombre asintió. Entonces, se le ocurrió, en broma, proponerle matrimonio.

Eso no había sido más que un arrebato momentáneo. Jamás imaginó que Wyatt aceptaría.

Pero ella ya estaba comprometida con Jaxton, un acuerdo pactado antes de la muerte de su madre, así que se apresuró a explicarle que solo bromeaba.

Al enterarse de su compromiso, Wyatt no insistió. En lugar de eso, le dijo con calma que, si alguna vez decidía romper con Jaxton, él se casaría con ella. Le prometió que su oferta sería válida durante dos años.

Y esa aún no había expirado.

Amelia no recordaba cómo había terminado la llamada.

En su mente solo resonaban las palabras de Wyatt: debía prepararse para una boda en treinta días.

Realmente iba a casarse, pero no con Jaxton.

Amelia yacía en la cama, a oscuras, exhausta pero incapaz de conciliar el sueño.

Justo cuando sus pensamientos comenzaban a divagar, una ráfaga de notificaciones hizo vibrar su celular.

Como su abuela estaba en el hospital, nunca lo apagaba ni lo ponía en silencio.

Al revisar el celular, vio una foto de unos trozos de tela hechos jirones.

Un instante después, reconoció los harapos del traje que Jaxton había llevado puesto ese mismo día: el que ella había confeccionado a mano.

La foto venía acompañada de un mensaje de Dayna. "Lo siento, Amelia. No tenía idea de que le habías hecho este traje a Jaxton. Pensé que era uno cualquiera, así que, cuando vi que estaba sucio, lo hice pedazos para tirarlo. Espero que no te enojes conmigo".

La arrogancia en sus palabras era inconfundible.

Como Amelia no respondió de inmediato, recibió otro mensaje de Dayna. "Jaxton dice que no importa. Es solo una prenda, no vale mucho".

Amelia sabía que si ignoraba a su hermana, no podría dormir. Si no le ponía fin a la conversación, los mensajes seguirían llegando.

Con rápidos toques en la pantalla, respondió: "Jaxton tiene razón. Es solo una prenda. No estoy enojada".

Luego, bloqueó el número de Dayna y dejó el celular a un lado.

Nada en su respuesta era mentira: en verdad no sentía enojo.

Después de todo, situaciones como esa habían ocurrido tantas veces en los últimos dos años que ya había perdido la cuenta.

Si se hubiera alterado con cada una, se habría vuelto loca hacía mucho tiempo.

Al recostarse de nuevo, Amelia comprobó que seguía sin poder dormir.

Un pensamiento cruzó su mente: ¿sentiría su madre remordimiento al ver en lo que se había convertido la vida de su hija?

Dayna, la hija ilegítima del padre de Amelia, era unos meses menor que ella.

Cuando su madre, Katrina Davis, descubrió la existencia, la envió al extranjero.

Pero la incesante carga de trabajo no tardó en cobrarle factura a la mujer mayor, y su salud comenzó a deteriorarse.

Ese mismo año en que Katrina enfermó de gravedad, Ricky Flynn, el padre de Amelia, trajo de vuelta al país a Janessa Patel y a Dayna, y las instaló en su casa.

Nada de esto le pasó desapercibido a Katrina. Comprendía perfectamente que la vida con una madrastra no sería fácil para su hija, sobre todo porque Ricky nunca había sido un hombre de buen corazón.

Para protegerla, arregló el matrimonio de Amelia con Jaxton.

La decisión fue sencilla, pues Katrina y Laura Morrison, la madre del aludido, habían sido amigas íntimas durante décadas.

Amelia y Jaxton habían crecido juntos y, gracias a esa conexión con Laura, Katrina confiaba en que su hija tendría una buena vida al casarse con él.

Sin embargo, no podía haber previsto cuánto pueden cambiar las personas.

Justo antes de morir, llamó a Jaxton y le exigió que le prometiera cuidar bien de Amelia. Con Katrina y Laura presentes, la respuesta de él sonó convincente.

Habló con tal seguridad que incluso la propia Amelia le creyó. Pero ahora...

Al amanecer, Amelia fue arrancada del sueño por una fuerza.

Al abrir los ojos, se encontró con el rostro de Jaxton, contraído por la ira.

Le apretaba la muñeca con tal fuerza que el dolor la forzó a apartarse. "¿Qué te pasa? ¿A qué viene esto tan temprano?", preguntó ella.

"¿Te crees muy lista, Amelia? Aparte de ir a quejarte con mi madre, ¿qué más sabes hacer?", espetó Jaxton.

La acusación hizo que Amelia frunciera el ceño.

El video se había vuelto viral, así que era imposible que Laura no lo hubiera visto.

Pero tan pronto a Jaxton le llegaron las noticias de su madre, sacó la conclusión precipitada de que Amelia había sido la acusadora.

Ella ya no tenía energía ni para darle explicaciones.

El incidente no hizo más que reforzar su decisión de romper el compromiso.

Para Jaxton, el silencio de Amelia fue una confesión. Continuó con sus duros comentarios durante todo el camino a la casa de su familia.

Sin embargo, en cuanto entraron en la residencia de los Morrison, la actitud de Jaxton cambió por completo.

Ante esa transformación tan drástica, Amelia rodó los ojos. Había estado tan ciega, incapaz de ver que él no era más que un hipócrita.

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