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Portada de la novela Casada con el CEO por Error

Casada con el CEO por Error

Tras una noche impulsiva en Las Vegas, Emily Carter descubre que se ha casado por error con Alexander Westwood, un enigmático magnate de la tecnología. Para proteger la reputación del CEO, ambos acuerdan fingir un matrimonio sólido bajo condiciones muy estrictas. Sin embargo, la convivencia entre lujos y secretos comienza a transformar su pacto en un sentimiento genuino. Ahora, deberán definir si su vínculo es solo un montaje o el destino actuando.
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Capítulo 1

El primer indicio de que algo estaba mal fue el dolor de cabeza. Emily Carter sintió como si un taladro estuviera perforando su cráneo mientras trataba de abrir los ojos. La luz que entraba por la ventana era demasiado intensa, y su boca tenía el sabor seco y áspero de una resaca infernal.

Intentó moverse, pero un peso cálido a su lado la hizo detenerse. Sus pestañas revolotearon cuando giró la cabeza y se encontró con un pecho masculino desnudo, subiendo y bajando con una respiración pausada. Su cerebro tardó unos segundos en procesar la información. Estaba en una cama desconocida, en una habitación que no recordaba, y con un hombre... desnudo.

Su primer instinto fue taparse la boca para evitar un grito. ¿Qué demonios había hecho anoche?

-Mierda... -susurró, sentándose de golpe. El movimiento hizo que la sábana resbalara, dejando ver su propio cuerpo cubierto únicamente por su ropa interior. Se apresuró a jalar la tela de la sábana hacia su pecho, su corazón golpeando como un tambor enloquecido.

El hombre a su lado gruñó y se removió entre las sábanas. Emily aprovechó para examinarlo. Oh, Dios santo. Su rostro era increíblemente atractivo: mandíbula definida, labios bien esculpidos y cabello oscuro alborotado en un desorden encantador. Sus pestañas eran ridículamente largas para ser de un hombre. Su torso estaba marcado con músculos bien definidos, como si el tipo viviera en el gimnasio.

Pero nada de eso explicaba qué hacía ella ahí.

Trató de recordar la noche anterior. Había venido a Las Vegas con su mejor amiga, Olivia, para celebrar su nuevo trabajo. Recordaba algunos tragos, risas y luces brillantes, pero después... nada.

El sonido de un ronquido suave la sacó de sus pensamientos. El hombre giró sobre su costado, su rostro quedando al descubierto, y fue entonces cuando Emily vio su mano.

Un anillo.

Un anillo de matrimonio.

Se le heló la sangre. Casi en cámara lenta, miró su propia mano izquierda y encontró un aro dorado en su dedo anular.

-Oh, no. No, no, no. -Negó con la cabeza, su respiración acelerándose. Esto no estaba pasando. No podía estar pasando.

De pronto, el hombre pareció percibir su pánico y entreabrió los ojos. Sus pupilas azules la enfocaron con somnolencia antes de fruncir el ceño.

-¿Qué...? -Su voz era grave y rasposa por el sueño.

Emily saltó de la cama, llevándose la sábana con ella.

-¡Dime que esto no es real!

Él parpadeó varias veces, claramente confundido. Luego bajó la mirada a su propia mano y su expresión cambió.

-Joder.

Se incorporó rápidamente, con los músculos tensos y el cabello alborotado en todas direcciones. Si ella estaba asustada, él parecía furioso.

-¿Quién eres? -le preguntó con la voz ronca.

-¡Eso debería preguntarlo yo!

Se quedaron mirando el uno al otro, respirando agitadamente. De repente, un ruido en la mesita de noche rompió la tensión. Ambos voltearon al mismo tiempo y vieron un pedazo de papel sobre la mesa de mármol. Emily estiró la mano temblorosa y lo tomó. Sus ojos recorrieron las letras con creciente horror.

Certificado de Matrimonio

Alexander Westwood & Emily Carter

Su estómago se encogió como si le hubieran dado un puñetazo.

-No... no puede ser... -murmuró.

El hombre-Alexander-se pasó una mano por el cabello en un gesto exasperado antes de arrebatarle el papel.

-Dime que esto es una broma... -murmuró, leyendo rápidamente. Pero no, no era ninguna broma. Allí estaba su nombre, su firma... todo legal.

Emily sintió que las piernas le temblaban y se dejó caer en la silla más cercana.

-Me casé con un desconocido... -susurró, cubriéndose la cara con las manos.

-Créeme, esto no estaba en mis planes tampoco. -La voz de Alexander tenía un tono afilado, lleno de incredulidad y molestia.

Emily miró alrededor de la habitación en busca de respuestas. Había ropa tirada en el suelo, botellas vacías y globos dorados con la frase "¡Felicidades!" flotando en una esquina.

¿Cómo había pasado esto?

-Tenemos que anular esto, ¿verdad? -preguntó ella, su voz un poco temblorosa.

Alexander exhaló profundamente y se frotó la frente.

-Sí... sí, tenemos que hacerlo.

Pero en ese momento, su teléfono sonó en la mesita de noche. Alexander lo tomó y su expresión se endureció al ver el nombre en la pantalla. Respondió la llamada y su tono cambió a uno más profesional.

-Sí... Lo sé... No, no quiero hablar de eso ahora.

Emily trató de no escuchar, pero fue imposible no notar el tono tenso en su voz. Algo no estaba bien.

Finalmente, Alexander colgó y se quedó mirando su teléfono por un momento antes de soltar un suspiro.

-¿Qué pasa? -preguntó ella, sintiendo una sensación extraña en el estómago.

Él levantó la mirada y la observó con intensidad.

-Mi equipo de relaciones públicas acaba de enterarse. Y creen que... -se frotó la mandíbula, como si no pudiera creer lo que estaba a punto de decir- creen que deberíamos quedarnos casados... por ahora.

Emily sintió que la habitación daba vueltas.

-¿Qué?

Alexander la miró con seriedad, como si ya estuviera considerando la posibilidad.

-Me dijeron que esto podría mejorar mi imagen pública.

-¡Pero si ni siquiera nos conocemos!

-Créeme, no es mi idea favorita tampoco, pero... podríamos hacerlo temporalmente. Un par de meses, hasta que el escándalo pase.

Emily lo miró como si le hubiera crecido otra cabeza.

-¿Quieres que mantengamos esta locura?

Alexander entrecerró los ojos.

-Podría hacerte una oferta. Podrías recibir una compensación económica.

Emily sintió su mandíbula apretarse. ¿Estaba tratando de comprarla?

-No necesito tu dinero.

Él la observó por un largo segundo antes de decir:

-Entonces, ¿qué quieres?

Emily no tenía idea. Pero una cosa era segura: su vida nunca volvería a ser la misma.

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