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Portada de la novela Casada Con El CEO Cruel (La venganza)

Casada Con El CEO Cruel (La venganza)

Impulsado por una promesa del pasado, un hombre inicia su venganza a los veintitrés años contra el culpable de la muerte de su hermana. Su plan consiste en usar a la hija de su enemigo, obligándola a procrear para luego quitarle a su bebé tras el nacimiento. Sin embargo, el destino interviene en su cruel misión de represalia. Lo que comenzó como un frío acto de odio se transforma cuando el amor surge, haciendo que su oscuro objetivo fracase.
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Capítulo 3

Caminó temblorosa tras de él. Una vez dentro, sintió una ráfaga de viento soplar su cuerpo; la ventana de la habitación estaba abierta. Tras el frío que sentía por el agua helada que cayó sobre su cuerpo, se acurrucó con sus propios brazos.

Antón empezó a soltar su corbata. La joven seguía parada en la puerta; con gran desprecio, la miró. El odio que habitaba en su corazón le hacía despreciarla. Con gran fiereza, le habló para que entrara al baño y se cambiara; no quería que se muriera antes de cumplir con el trato.

-¿Piensas quedarte ahí? Entra al baño, dúchate con agua caliente si no quieres morir de frío.

Mientras hablaba, sacaba su camisa y su pantalón; los colgó en el enganchador. Ante la desnudez de Antón, ella bajó la mirada y procedió a ir al baño. Él contempló a la tímida joven que caminaba mirando hacia un costado donde no se encontraba él; le presionó del brazo y la obligó a mirarlo.

-¿Qué pasa? ¿No puedes mirar a tu esposo desnudo?

Ante el temor que él le producía, unas lágrimas se desprendieron de sus delicadas pupilas. Los ojitos esmeraldas se llenaron de un agua cristalina; el miedo y la angustia de ser abusada por su reciente esposo se apoderaron de su cuerpo. Las piernas empezaron a tambalear y el cuerpo comenzó a estremecerse del escalofriante y temor que sentía.

Antón sonrió al verla temerosa; le soltó y se encaminó al baño. Antes de entrar, se detuvo y, de espaldas a su esposa, expulsó unas palabras.

-No seré yo quien te tome por la fuerza; serás tú la que ruegue porque te haga mía.

Al hablar, lo hacía con tanta seguridad; su ego lo tenía muy alto. Era un hombre que no necesitaba abusar de una mujer para saciar sus necesidades. Fue por eso por lo que acudió donde Ana, la mujer con la que mantenía relaciones sexuales desde los 18 años. Había muchas más que pasaron por él, las usaba cuando quería sin tener que obligarlas.

Se duchó y salió. Al abrir la puerta, encontró a la joven en el mismo lugar que la dejó. Hizo una mueca de desprecio y se metió a la cama. Alexa se metió a la ducha; dentro, lloró ahogando su grito en la garganta. Deseaba volver a ser niña, donde su padre la cuidaba y la protegía.

La cálida agua que manaba de la ducha hizo perder el frío que tenía. Después de una hora, salió de la ducha y encontró a su esposo dormido, o al menos eso parecía. Con gran temor, se quedó en una esquina de la habitación; al menos la alfombra estaba cálida. Arrimó su cabeza en la pared y lentamente fue cerrando los ojos.

Antón seguía despierto; al no sentir el cuerpo acostarse sobre la cama, se sentó. Sintió la sangre hervir; esa maldita mocosa le estaba sacando de quicio. Lleno de odio, se levantó de la cama y se acercó a ella. Al llegar a sus pies, contempló el rostro perfecto de Alexa. La joven dormía con gran cansancio; toda la tarde pasó ordenando la mansión, mientras las empleadas le recargaron todo el trabajo.

Él cerró sus ojos para controlar la ira que lo estaba invadiendo. Inhaló y exhaló. Una vez que se calmó, habló.

-¿Quieres que explote de ira?

La voz cercana le hizo abrir los ojos y pararse de inmediato; el temor de ser pateada por ese hombre se apoderó de ella. Antón la tomó con fuerza del brazo y la llevó a esta arrastras. Una vez que llegó a la cama, la lanzó con fuerza; luego, asentó sus manos sobre la cama y, con gran odio, le miró directo a los ojos.

-¡Por favor, no me lastimes, se lo suplico! -pidió llorando Alexa. Él sonrió con malicia.

-¿Crees que debería tener compasión contigo o con tu familia? Eres la hija del maldito asesino de mi hermana, el causante de todas nuestras desgracias. Aun así, pides que no te lastime.

Ella tembló ante la mirada malvada del hombre. A pesar de ser un muchacho apuesto, su mirada le provocaba miedo y terror. Cerró sus ojos y giró el rostro; luchar contra ese hombre le iba a ser difícil. No le quedó más que resignarse a tener su primera vez de esa forma.

Esperaba que el hombre la empezara a desnudar salvajemente. Al no sentir nada de movimiento, abrió los ojos y ya no estaba frente a ella.

-¿Crees que me atrevería a desear la hija de un asesino? -replicó Antón.

Dicho eso, se metió en la cama. Ella sintió alivio una vez que vio al hombre acostarse; al menos por esa noche no se atrevería a tocarla. Agarró la otra cobija y cubrió su cuerpo con gran temor. La enorme cama de cuatro plazas mantenía dos cuerpos alejados, cada uno en su esquina.

Por la madrugada, cuando Alexa dormía, sintió al hombre treparse sobre ella. Quiso defenderse, pero no pudo; él tapó su boca mientras apretaba con la otra mano su cuello. Cuando intentaba estrangularla, despertó con un fuerte grito.

-¡No...!

Tras el grito rezumbador, Antón despertó y encendió la luz. Vio a la mujer sudada tras la pesadilla que había tenido. La mirada de odio no se hizo esperar; agarró la sábana y salió de la habitación.

Una vez que el hombre salió, Alexa corrió a la puerta, puso seguro y, luego de eso, durmió hasta la mañana siguiente. Eran las 7 a.m. cuando Antón aún dormía en la sala. Su madre llegó temprano y lo encontró tirado boca abajo sobre el mueble.

-¿Qué haces aquí? ¿Por qué no dormiste en la habitación?

Él abrió los ojos y luego empezó a estirarse; contempló el rostro de su madre, ya arreglada.

-¿Antón, la hiciste tuya?

-Mis intimidades no las cuento a nadie, mucho menos las contaré a ti.

Él se levantó para encaminarse a la habitación. Su madre le detuvo y, con lágrimas en sus ojos, le respondió:

-¿Lo prometiste? ¿Acaso no lo recuerdas?

-Mamá, tenía solo 10 años; era solo un niño.

-Las promesas se cumplen.

La mujer no paró de llorar hasta que su hijo la abrazó y consoló.

-¿Por qué tiene que ser ella? ¿Por qué no puede ser con alguien más?

-Ella tiene los ojos verdes igual a tu hermana; además, es la hija del hombre que nos arrebató. Por eso, ella debe devolvernos a Katy, pariendo una hija.

Antón abrazó a su madre con gran ternura, mientras recordaba la promesa que le hizo a sus padres en el pasado. Prometió que cuando creciera, le daría una nieta con el mismo color de ojos de Katy; a la vez, juró vengarse personalmente de quien asesinó a su hermana. Durante todos esos años, Amparo, su madre, le recordaba su promesa.

Cuando la mujer conoció a la hija de Axel, decidió que esa sería la mujer que le diera la nieta que tanto quería. Y más aún, así cobrarían su venganza; una vez que diera a luz, le arrebatarían la niña.

Cuando su madre se calmó, subió hasta la habitación y encontró la puerta cerrada. El odio y la ira volvieron a apoderarse de él; lanzó una patada a la puerta, lo que hizo despertar a Alexa. Asustada, corrió hasta la puerta y la abrió con rapidez; su corazón estaba acelerado por los fuertes golpes que el hombre lanzaba.

Una vez abierta la puerta, Antón la tomó del brazo, apretó su delgado rostro y gruñó rabioso:

-¿Con qué derecho aseguras la puerta?

Al no obtener respuesta, Antón lanzó a la joven al suelo y le miró con gran desprecio. Caminó hasta el baño y cerró la puerta de un portazo. Con gran tristeza, ella se levantó y se encaminó hasta la cama. Subió las rodillas hasta el pecho y agachó la cabeza. Después de un rato, su esposo salió con la toalla envuelta en la cintura, se encaminó hasta el clóset y procedió a vestirse. Luego de un rato, lanzó la puerta al salir.

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