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Portada de la novela Cambio El Novio En La Boda

Cambio El Novio En La Boda

Minutos antes de su enlace matrimonial, Sofía presencia la infidelidad de su prometido Mateo con Esmeralda. El vídeo del beso apasionado se viraliza y el novio, priorizando su reputación, escapa con su amante para evadir el conflicto. Humillada pero decidida, Sofía sufre una gélida transformación y opta por no suspender la gala. Con determinación, contacta a Ricardo para proponerle un trato audaz: sustituir al fugitivo y convertirse en su esposo ante todos.
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Capítulo 3

Colgué el teléfono con Ricardo y sentí como si un peso enorme, uno que ni siquiera sabía que cargaba, se hubiera levantado de mis hombros. Inmediatamente después, llamé a mi padre. Su voz, usualmente tranquila y mesurada, estaba teñida de una furia contenida.

"Hija, estoy a punto de llamar a seguridad para que saquen a ese bueno para nada de todas nuestras propiedades. ¿Cómo se atrevió?".

"Papá, cálmate. Tengo un plan", le dije, y le expliqué mi conversación con Ricardo.

Hubo una pausa. Luego, escuché a mi padre soltar un suspiro de alivio, casi de satisfacción.

"Ricardo es un buen hombre. Un hombre de verdad. Siempre me pareció que ese Mateo era puro cascarón, todo apariencia y nada de sustancia. Haces bien, hija. Tu madre y yo te apoyamos en todo. La boda sigue, solo que ahora será una verdadera celebración".

Saber que tenía el respaldo incondicional de mi familia me dio la fuerza que necesitaba. Sin embargo, cuando colgué, una punzada de tristeza me atravesó. Pensar en Mateo, en sus palabras, en su plan de huir con Esmeralda para "proteger su imagen", me causaba una acidez en el estómago. Diez años de mi vida, de mi amor, de mi apoyo incondicional, reducidos a un simple problema de relaciones públicas para él. ¿Cómo pude haber sido tan ciega?

Estaba sumida en mis pensamientos cuando el sonido de un auto frenando me sacó de mi trance. Era Mateo. Había vuelto. ¿Qué demonios hacía aquí?

Salió del auto y corrió hacia mí, su rostro una máscara de pánico y desesperación.

"Sofía, lo pensé mejor. No puedo irme. No puedo dejarte sola en un momento así", dijo, tratando de tomar mis manos.

Lo miré con recelo. Su cambio de actitud era demasiado repentino, demasiado conveniente.

"¿Qué quieres, Mateo?".

"Quiero arreglar esto. Escúchame, tengo un plan mejor", comenzó a decir, su voz volviendo a ese tono manipulador que ahora reconocía tan bien. "Mañana, en la boda, presentaremos a Esmeralda. Diremos que es mi nueva asistente personal, y que las fotos fueron un malentendido, paparazzis buscando crear drama donde no lo hay. La gente lo creerá, mi imagen quedará limpia y podremos seguir adelante como si nada".

Me quedé mirándolo, incrédula. La audacia de su propuesta era tan monstruosa, tan egoísta, que por un momento me quedé sin palabras. Quería que yo, la mujer a la que acababa de humillar frente al mundo entero, participara en su farsa. Quería que yo le sonriera a su amante y la aceptara en nuestras vidas para salvar su pellejo.

La rabia que sentí fue tan intensa que me mareó. Pero en lugar de explotar, una calma helada se apoderó de mí.

"¿Quieres que finja?", pregunté, mi voz peligrosamente tranquila.

"¡Sí! Eres buena actuando, Sofía. Solo por un tiempo, hasta que la gente se olvide. Luego, me desharé de ella, te lo juro. Pero ahora la necesito para controlar el daño. Piensa en todo lo que hemos construido, en nuestra reputación".

"Nuestra reputación", repetí, saboreando la amargura de la palabra. "O querrás decir tu reputación".

Él no notó mi sarcasmo. Estaba demasiado inmerso en su propio egoísmo.

"Sí, bueno, es lo mismo. Somos un equipo, ¿recuerdas?".

Sentí un dolor agudo en el pecho, un dolor sordo por la mujer ingenua que había creído en ese "equipo" durante una década. Pero esa mujer había muerto hacía unas horas, en el umbral de su estudio.

"Está bien, Mateo", dije, para mi propia sorpresa. Las palabras salieron solas, una estrategia de supervivencia. "Haré lo que pides".

El alivio inundó su rostro. Una sonrisa triunfante se dibujó en sus labios.

"¡Sabía que podía contar contigo, mi amor! Eres la mujer más comprensiva del mundo".

Se acercó e intentó besarme. El olor de su colonia, el mismo que antes me volvía loca, ahora me provocaba arcadas. Giré la cabeza justo a tiempo, y sus labios aterrizaron en mi mejilla. El contacto fue repulsivo, como si una serpiente me hubiera rozado la piel. Mi cuerpo se tensó, luchando contra el impulso de limpiarme con la mano.

"Estoy cansada, Mateo. Necesito ir a casa a descansar para mañana", dije, mi voz sonaba distante, extraña.

"Claro, claro. Descansa, mi vida. Mañana será un gran día. Ya verás, todo saldrá perfecto".

Se fue, feliz, convencido de su victoria. Yo me quedé ahí, en la oscuridad de mi auto, sintiendo el peso de mi propia mentira. Había aceptado su plan, pero mi corazón estaba lleno de un asco y un dolor tan profundos que apenas podía respirar. Mañana sería un gran día, sí. Pero no para él.

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