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Portada de la novela Cadenas de Dolor, Lazos de Amor

Cadenas de Dolor, Lazos de Amor

Tras ser víctima de un siniestro plan para extraer sus órganos y favorecer al hijo de una amante, la protagonista revive milagrosamente el día de su fallecimiento. Al descubrir que Ricardo, su propio padre, y la fría Carla orquestaron el atentado, renuncia a buscar afecto para centrarse en proteger a su madre, Elena. En esta segunda oportunidad, la venganza contra quienes la traicionaron por codicia será su único motor. El destino se reinicia y ellos pagarán.
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Capítulo 2

El chirrido de los neumáticos fue el último sonido que escuché, un grito metálico que destrozó el aire justo antes de que el mundo se convirtiera en una violenta explosión de vidrio y metal retorcido. Mi cuerpo se sacudió sin control, y lo último que vi fue el rostro aterrorizado de mi madre, Elena, a mi lado, justo antes de que la oscuridad me tragara por completo.

Un dolor agudo me atravesó. No era el dolor del impacto, sino algo más profundo, un eco en mi alma. En esa neblina entre la vida y la muerte, escuché voces. Eran frías, claras y llenas de una crueldad que helaba la sangre.

"¿Están muertas?"

Era la voz de Carla Vargas, la amante de mi padre, una voz que siempre había destilado una dulzura falsa pero que ahora sonaba cortante y ansiosa.

"La chica sí. La vieja todavía respira, pero no por mucho. El hospital confirmará la muerte cerebral. Todo está listo."

Esa segunda voz… era la de mi padre. Ricardo Romero. El hombre que debía protegerme. El empresario tequilero que mi madre amaba con una devoción ciega. Su tono era práctico, desprovisto de cualquier emoción, como si estuviera cerrando un negocio.

"Perfecto. Los órganos de Sofía son compatibles con Mateo, y los de Elena también servirán. Con el seguro de vida millonario que les saqué, nuestro futuro está asegurado. Nuestro hijo vivirá, Carla. Tendrá la vida que se merece, y nosotros también."

La verdad me golpeó con la fuerza de un camión, más brutal que el propio accidente. Mi padre, mi propio padre, había planeado matarnos a mi madre y a mí. El accidente no fue un accidente. Fue una ejecución. Y el motivo era tan monstruoso que mi mente apenas podía procesarlo: nuestros órganos. Quería nuestras vidas para salvar a su hijo ilegítimo, el niño que tuvo con su amante, que sufría de insuficiencia renal.

Nosotras éramos el sacrificio. Un par de piezas de repuesto para su verdadero heredero.

De repente, un jadeo violento me devolvió el aliento. Abrí los ojos de golpe. No estaba en la carretera, ni en un hospital frío. Estaba en mi cama, en mi habitación, con la suave luz del sol de la mañana filtrándose por la ventana. El aire olía a café recién hecho, el aroma familiar de cada mañana en nuestra casa.

Mi corazón latía con una furia descontrolada. Toqué mi cara, mis brazos. Estaba intacta. Viva. Miré el calendario en mi mesita de noche. La fecha marcada en rojo era hoy. El día del "accidente" .

Había regresado.

Una segunda oportunidad.

Me levanté y corrí al espejo. La chica que me devolvía la mirada era la misma Sofía de siempre, pero sus ojos habían cambiado. La ingenuidad había desaparecido, reemplazada por una llama fría y dura. Ya no era la hija que buscaba la aprobación de un padre que la despreciaba. Era la testigo de su propia muerte, la portadora de una verdad horrenda.

Ricardo Romero. Mi padre. El hombre que me despreció desde que nací por no ser un niño. El que obligó a mi madre a sufrir múltiples abortos en su obsesiva búsqueda de un heredero varón, destrozando su cuerpo y su espíritu poco a poco. Y mi madre, Elena, tan enamorada, tan ciega, que perdonaba cada humillación, cada desprecio, creyendo que su amor incondicional algún día lo cambiaría.

Y Carla Vargas, la otra. La mujer calculadora que usaba a su propio hijo enfermo como una llave para abrir la fortuna de mi familia.

Ellos eran los monstruos.

Me miré fijamente en el espejo, y una promesa silenciosa se formó en mis labios.

"No esta vez," susurré, mi voz temblando de rabia.

"Esta vez, no habrá ningún accidente. Esta vez, la verdad saldrá a la luz. Y ustedes dos… ustedes dos pagarán por cada lágrima de mi madre, por cada gramo de mi vida que intentaron robar."

La batalla por mi vida y la de mi madre acababa de comenzar. Y esta vez, yo no era la víctima. Era la cazadora.

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