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Portada de la novela Bajo su techo, su corazon

Bajo su techo, su corazon

Lucía, madre soltera, comienza a trabajar como niñera para los hijos de Raúl Castillo, un poderoso empresario sumido en la frialdad tras la muerte de su esposa. La llegada de Lucía devuelve la calidez al hogar y despierta el corazón dormido de Raúl. No obstante, las diferencias de clase y las inseguridades de ella amenazan su conexión. Ambos deberán enfrentar prejuicios sociales y sus propios temores internos para lograr que su amor florezca.
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Capítulo 3

Lucía caminaba por los pasillos del elegante apartamento de Raúl Castillo con los niños, observando cada rincón de ese hogar que había sido diseñado con una precisión impecable, pero que, a pesar de su belleza indiscutible, emanaba una sensación de vacío. La luz que entraba a través de las grandes ventanas de vidrio, que ofrecían una vista panorámica de la ciudad, no era suficiente para llenar el vacío que se sentía en el aire. Había algo en ese lugar que no encajaba, algo que iba más allá de la opulencia. Lucía no era experta en interpretar ambientes, pero no podía evitar la sensación de que ese hogar, tan grande y perfectamente decorado, estaba lejos de ser un hogar verdadero.

Los niños jugaban en la sala, felices, ajenos a la frialdad que parecía dominar el espacio. Tomás se había encaramado a un sofá, saltando de un lado a otro como un torbellino de energía, mientras Isabela, con su rostro concentrado, armaba una torre con bloques de madera en una mesita baja. Lucía se apoyó en el marco de la puerta, observándolos con una sonrisa melancólica. Parecía que, aunque su trabajo apenas comenzaba, ya había comenzado a conectar con ellos. La relación no sería fácil, lo sabía, pero había algo en la calidez de esos niños que la hacía sentir que valía la pena.

De repente, el sonido de unos pasos firmes interrumpió su pequeño momento de reflexión. Raúl apareció en la puerta del salón. Su presencia, tan imponente como siempre, dominó el espacio con un solo gesto. Él parecía diferente de la primera vez que lo había visto, pero también igual: serio, concentrado y, sobre todo, distante.

Lucía lo observó por un instante, sus ojos recorriendo los detalles del hombre que la había contratado. Él estaba impecablemente vestido, como siempre, con un traje oscuro que, por alguna razón, parecía más pesado que los que había visto en la entrevista. Quizá era la forma en que lo llevaba, como si la ropa no fuera algo que eligiera por gusto, sino por necesidad. Algo en su postura indicaba que su vida era una lucha constante por mantener la fachada de control.

-Lucía -dijo él, su voz grave cortando el aire con precisión-. ¿Todo bien con los niños?

Lucía sonrió, tratando de relajarse, aunque el tono distante de Raúl la hacía sentirse un poco más cohibida de lo que le gustaría admitir.

-Sí, todo está perfecto. Están jugando tranquilamente -respondió, mirando a los niños mientras ellos seguían con su juego sin darse cuenta de que su padre estaba en la sala.

Raúl asintió, pero no pareció relajarse. Observó a sus hijos por un momento, y luego su mirada se desvió hacia el ventanal que ofrecía una vista impresionante de la ciudad. Era un paisaje impresionante, pero Lucía notó que no parecía disfrutarlo, como si la magnificencia del lugar no tuviera significado para él. De alguna manera, esa escena le recordó lo que había sentido al entrar por primera vez en el apartamento: un hogar que no lo era realmente, un lugar lleno de cosas que no compensaban la ausencia de algo más importante.

-Necesito salir a una reunión en media hora -dijo Raúl sin girarse hacia ella-. Quiero que te quedes con los niños hasta que regrese. ¿Está bien?

Lucía asintió sin pensarlo demasiado. De alguna manera, ya había asumido que sería responsable de los niños la mayor parte del tiempo, al menos durante el día. Pero algo en la forma en que Raúl hablaba la hizo dudar por un momento. Era como si estuviera pidiendo permiso, pero sin realmente importarle si ella aceptaba o no.

-Claro, señor Castillo -respondió, sin querer agregar más comentarios.

Raúl permaneció en silencio un momento, mirando a los niños, como si esperara que algo sucediera. Finalmente, sus ojos se posaron en Lucía de nuevo, con una mirada que tenía algo de pesar, aunque lo escondía con rapidez.

-Los niños... -su voz vaciló un segundo-. Están bien contigo, ¿verdad? Sabes cómo manejarlos.

Lucía lo miró sorprendida, sin saber bien qué responder. Sabía que Raúl estaba preocupado, pero sus palabras, tan cargadas de incertidumbre, la desconcertaron un poco. ¿Cómo podía alguien tan exitoso e imponente como él no sentirse seguro de sus propios hijos? A lo largo de la mañana, Lucía había visto cómo los niños respondían a su presencia, cómo Isabela le había mostrado sus dibujos y cómo Tomás le había buscado para jugar. Parecía que, aunque él no lo dijera en voz alta, Raúl tenía miedo de que algo pudiera salir mal, y eso la hacía sentir aún más fuera de lugar.

-Sí, los niños están bien. No se preocupe, estoy acostumbrada a... -Lucía titubeó un momento, buscando la mejor forma de decirlo-. Estoy acostumbrada a cuidar a niños. Haré todo lo posible.

Raúl la miró, y Lucía pensó que podría haber visto una chispa de gratitud en su mirada, aunque la ocultó rápidamente.

-Perfecto. Gracias, Lucía -dijo, su tono un poco más cálido ahora, aunque aún distante. Sin más, giró sobre sus talones y salió del salón sin decir nada más. Los niños, ajenos a la interacción, continuaron jugando con sus bloques y su balón, sin notar el cambio sutil que se había producido en la atmósfera.

Lucía se quedó allí, observando cómo Raúl desaparecía por la puerta principal del apartamento. Un peso extraño se asentó sobre su pecho, como si las paredes del lugar se fueran a desplomar en cualquier momento. Ese hogar, tan perfecto en su superficie, parecía estar sostenido por hilos invisibles que, de un momento a otro, podrían romperse.

De repente, el sonido de una carcajada infantil la sacó de sus pensamientos. Tomás había caído al suelo mientras corría y se había reído de sí mismo. Lucía no pudo evitar sonreír al ver su reacción. A pesar de todo el ambiente tenso que la rodeaba, los niños seguían siendo el centro de todo, su luz en medio de la oscuridad que parecía envolver ese lugar.

Decidió que era mejor centrarse en ellos, al menos por ahora. Caminó hacia el pequeño, que se encontraba revolcado en el suelo, y lo levantó con suavidad.

-¡Cuidado, Tomás! -dijo entre risas-. No te vayas a lastimar.

Tomás la miró con una sonrisa amplia, y sin pensarlo, le dio un abrazo inesperado.

-Me caí, pero estoy bien -dijo, levantando las manos como si nada hubiera pasado.

Lucía lo observó por un momento, sonriendo, y luego miró a Isabela, que seguía construyendo su torre de bloques.

-Isabela, ¿quieres mostrarme más de tu dibujo? -preguntó con ternura.

La niña levantó la vista de sus bloques y, sin decir una palabra, se levantó y caminó hacia Lucía, llevándola hasta la mesa donde había dejado su dibujo. Lucía se agachó para mirar el trabajo de Isabela más de cerca. La torre que estaba construyendo era grande, compleja y, aunque no era perfecta, había algo en la forma en que los bloques estaban organizados que demostraba un esfuerzo increíble.

-Me gusta mucho cómo lo haces -comentó Lucía, asintiendo con aprobación.

Isabela la miró y sonrió tímidamente, una expresión que Lucía ya había comenzado a reconocer como parte de su naturaleza.

-Es mi castillo -respondió la niña, con una pequeña chispa de orgullo en sus ojos.

Lucía la observó por un momento antes de continuar.

-Es un castillo muy bonito, seguro que te quedará aún mejor cuando termines.

Isabela asintió, pero Lucía pudo ver que la niña no se sentía completamente segura de su trabajo. Era una niña muy inteligente, y su inseguridad era algo que la conectaba con ella misma, con la incertidumbre de un futuro que no siempre parecía claro.

La tarde transcurrió de manera tranquila, con Lucía encargándose de los niños mientras esperaba el regreso de Raúl. A pesar de la perfección aparente del hogar, Lucía no pudo dejar de pensar en lo que había percibido en la actitud de Raúl. Algo no estaba bien. Había algo roto en él, algo que él mismo no quería reconocer. ¿Acaso su vida realmente era tan solitaria como parecía?

En la quietud de esa tarde, Lucía entendió que, aunque su trabajo estaba recién comenzando, había algo mucho más profundo en ese hogar que simplemente la rutina de cuidar a los niños. Había una historia que aún no se había contado, una historia que podía destruirlo todo si no se tomaba con el cuidado que merecía.

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