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Portada de la novela Bajo su techo, su corazon

Bajo su techo, su corazon

Lucía, madre soltera, comienza a trabajar como niñera para los hijos de Raúl Castillo, un poderoso empresario sumido en la frialdad tras la muerte de su esposa. La llegada de Lucía devuelve la calidez al hogar y despierta el corazón dormido de Raúl. No obstante, las diferencias de clase y las inseguridades de ella amenazan su conexión. Ambos deberán enfrentar prejuicios sociales y sus propios temores internos para lograr que su amor florezca.
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Capítulo 1

Lucía se detuvo frente al edificio de oficinas de Raúl Castillo, el CEO de Castillo Corp., con la mirada fija en las puertas de vidrio que se abrían automáticamente al paso de los empleados. El lugar era impresionante, moderno, elegante, un reflejo del poder y la opulencia que había llegado a asociar con el mundo corporativo. A pesar de los nervios que comenzaban a apoderarse de ella, Lucía no podía evitar sentirse emocionada. Este trabajo representaba mucho más que un simple empleo; era una oportunidad para demostrarle a sí misma que podía más, mucho más de lo que su vida hasta ahora le había permitido. Era su oportunidad de empezar de nuevo.

Después de una serie de trabajos temporales que nunca la llenaron, y de un par de años intentando, y fallando, con la universidad, Lucía había decidido tomar una decisión drástica. La vida no la esperaba, y ella tenía que dejar de esperar. Necesitaba un cambio, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para conseguirlo.

Respiró hondo, ajustó su bolso sobre su hombro y entró al edificio. El lobby era amplio, con una fuente en el centro y una recepción que parecía sacada de una película. No era su primer trabajo en una oficina, pero la magnitud de este lugar la hacía sentirse como una pez fuera del agua. Sin embargo, no tenía tiempo para dudas ni inseguridades. Este era su momento.

La secretaria en la recepción, una mujer de rostro impecable y gesto frío, la miró desde el otro lado del escritorio sin decir una palabra. Lucía no sabía si la mujer la estaba evaluando o si simplemente estaba demasiado acostumbrada a ver personas como ella todos los días. Con una sonrisa nerviosa, Lucía le entregó la carta de presentación que había recibido para la entrevista.

-Aquí está, disculpe -dijo con un tono firme que intentó sonar más seguro de lo que realmente se sentía.

La secretaria asintió sin palabras y se dio la vuelta para hacer una llamada rápida. Mientras Lucía esperaba, su mente no paraba de correr. ¿Y si no le gustaba? ¿Y si no tenía suficiente experiencia? ¿Y si todo el mundo en ese lugar era demasiado perfecto para ella?

De repente, la secretaria volvió a su lugar y la miró con algo que podría haber sido una sonrisa. Aunque Lucía no estaba segura de si la expresión era genuina o simplemente educada, sintió un leve alivio.

-Pase, la están esperando -dijo, señalando una puerta de vidrio en el fondo de la oficina.

Lucía asintió con agradecimiento y caminó hacia la puerta, que se abrió con suavidad al acercarse. Al entrar, el sonido de la ciudad desapareció por completo, como si hubiera cruzado una barrera entre dos mundos. La oficina de Raúl Castillo era impresionante, tal como se esperaba de alguien de su rango. Los muebles eran de madera oscura, las paredes adornadas con arte moderno que reflejaba su éxito y, en el centro, el escritorio. Un escritorio grande, de un solo color, con varias pantallas de ordenador, una lámpara de diseño minimalista y, sobre todo, un aire de autoridad que llenaba el espacio.

Sentado detrás de ese escritorio estaba él. Raúl Castillo. Aunque Lucía lo había visto en varias entrevistas y reportajes, nunca había imaginado que fuera tan... imponente. Era aún más alto de lo que parecía en las fotos, con un porte serio, casi intimidante. Su rostro era perfecto, cincelado, y sus ojos, oscuros como la noche, se fijaron en ella al instante. No había sonrisas, no había calidez en su mirada. Era el tipo de hombre que imponía respeto con solo estar presente.

-Lucía Martínez, ¿cierto? -preguntó, su voz grave y controlada.

Lucía asintió, incapaz de articular palabra por un momento. Había practicado mil veces lo que diría, pero ahora que estaba frente a él, todo parecía desvanecerse.

-Sí, señor. Lucía Martínez.

Raúl se levantó lentamente de su silla, y por un momento, Lucía sintió que la sala se llenaba de su presencia. Él caminó hacia una de las ventanas panorámicas, mirando hacia la ciudad mientras cruzaba los brazos sobre el pecho. Un gesto tan casual y tan, al mismo tiempo, lleno de poder, que Lucía no pudo evitar sentirse pequeña en su presencia.

-Dime, Lucía, ¿por qué quieres trabajar aquí? -su voz era profunda, pero había algo en ella que la hizo temblar ligeramente.

Lucía se incorporó un poco, tratando de despejar la confusión que sentía. Estaba nerviosa, sí, pero también sentía una mezcla de emoción y determinación. Tenía que dejar claro que podía manejar la situación, que era capaz de este reto.

-Porque... -pausó un momento para encontrar las palabras adecuadas-. Porque creo que esta es una gran oportunidad para mí. Quiero demostrarme que puedo hacer algo importante. He estado buscando una oportunidad para demostrar lo que soy capaz de hacer, y trabajar para alguien como usted sería un gran paso.

Raúl la observó en silencio, con una expresión impenetrable. Él se giró hacia ella lentamente, como si evaluara cada palabra que había dicho. Lucía intentó mantener la compostura, pero la presión de su mirada era casi palpable.

-¿Qué te hace pensar que este trabajo es adecuado para ti? -preguntó finalmente, su tono más frío que antes.

Lucía tragó saliva, sabiendo que esa era la pregunta clave. Sabía que este trabajo no era como cualquier otro. No era solo una niñera o una asistente personal común. Estaba a punto de entrar en el mundo de alguien que había construido un imperio, y todo lo que podía ofrecer era su compromiso y dedicación.

-Porque soy eficiente, soy responsable y sé cómo manejar situaciones difíciles. Puedo adaptarme a cualquier circunstancia, señor -respondió, sintiendo cómo la confianza comenzaba a tomar fuerza dentro de ella.

Raúl la miró durante unos segundos más, como si intentara leerle la mente, desentrañar quién era realmente detrás de esas palabras. Lucía mantenía la vista baja, pero no pudo evitar sentir la pesada carga de su mirada.

-Te he estado observando -dijo finalmente-. Sé lo que has hecho en tus trabajos anteriores. El problema es que, aquí, no tendrás espacio para errores. El trabajo que tendrás es delicado, y si no eres capaz de manejarlo, no habrá segunda oportunidad.

Lucía asintió rápidamente. Aunque las palabras de Raúl la intimidaban, también la motivaban. No iba a fallar. Había llegado hasta aquí con esfuerzo, y no pensaba retroceder ahora.

-Lo entiendo, señor. Estoy dispuesta a dar lo mejor de mí.

Raúl la observó un momento más, y luego caminó hacia su escritorio, dejando de lado la tensión del momento. Lucía no pudo evitar sentirse aliviada por la pausa.

-Bien, empecemos de inmediato. Necesito que te encargues de los niños mañana a las 7 a.m. -dijo, volviendo a su computadora y aparentemente dejándola fuera de la conversación, como si ya hubiera tomado su decisión.

Lucía permaneció allí un instante, sin saber si debía decir algo más o simplemente irse. La respuesta había sido tan rápida, tan directa, que le había costado procesarla. Sin embargo, la emoción de haber conseguido el trabajo la invadió rápidamente, y una sonrisa ligera se formó en sus labios.

-Gracias, señor. No le fallaré.

Salió de la oficina con los nervios y la emoción a flor de piel. Al caminar por los pasillos del edificio, el sonido de sus tacones resonaba, y Lucía no podía evitar sentirse un poco más ligera. Había dado el primer paso en un mundo que nunca había imaginado. Un mundo que, aunque intimidante, también le ofrecía la oportunidad de redimir su vida.

Fuera del edificio, el aire frío de la ciudad la despertó de su ensueño. Aunque aún no sabía cómo iba a manejar lo que vendría, algo dentro de ella le decía que este era el comienzo de algo grande. La oportunidad estaba a su alcance. Ahora solo tenía que aprovecharla.

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