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Portada de la novela Una esposa para mi hermano

Una esposa para mi hermano

Daniel es un CEO viudo de 40 años que vive para sus hijos y su empresa, tras haber cerrado su corazón al amor. Su vida cambia cuando Harry, su hermano, convence a Deanna, una joven soprano de 25 años, para fingir un compromiso y evadir una norma familiar. Aunque el trato es una farsa temporal, la química entre ambos surge de forma inevitable. Pese a la diferencia de edad y los secretos que los rodean, este engaño inicial se transforma en una pasión real que los obligará a luchar contra sus miedos y enemigos.
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Capítulo 2

El bus paró en frente de mí dejando pasajeros. Subí y me senté en el cuarto puesto de atrás. Quería evitar las miradas de los demás y quería concentrarme en lo más importante, la salida. Mi alarma de las seis en el celular sonó y me levantó de un solo golpe, nos estábamos acercando a mi parada, y aún permanecía sentada.

—¡Espere! —apreté el botón de parada y me bajé—. ¡Gracias!

Di un traspié por estar muy volada, pero por suerte no me di de bruces contra el inmaculado suelo de la calle. Caminé lo más rápido que pude hacia el centro de convenciones. Emmanuel y Alex estaban esperando, estaban relajados conversando entre ellos, de seguro no era la primera mujer que los había hecho esperar.

—Disculpen la demora, mi bus se retrasó y el tráfico era un desastre —agaché un poco mi cabeza por la vergüenza, tenía esa costumbre asiática que Carlos nunca comprendió por qué lo hacía.

—No te preocupes, acabamos de llegar también —mintió Alex.

—Mencionabas que el restaurante quedaba cerca de aquí —dijo Emmanuel.

—Sí, solo debemos caminar unas cuadras —miré con cuidado las luces del semáforo antes de cruzar—. Puedo preguntarles ¿de dónde son exactamente?

—De la parroquia Jipijapa, aunque mi amigo Emmanuel es del extranjero.

—Siempre he querido visitar la capital, pero no se me ha dado la oportunidad —dirigí mi mirada a Emmanuel fingiendo asombro—, ¿eres del extranjero?

—Sí, soy de México.

—¿Dónde se conocieron? —pregunté.

—En la secundaria —respondió Alex.

—He oído que al tener un amigo por más de diez años ya se lo puede considerar como una amistad duradera y transparente.

—Sí, eso dicen —respondió Emmanuel.

—El local es ese —señalé el restaurante de la esquina de enfrente. El semáforo cambió a rojo—. Crucemos.

El lugar estaba repleto, Emmanuel encontró una mesa para nosotros cerca del mostrador, mientras que con Alex nos colocábamos en la fila.

—Se conocen tanto que sabes lo que tu amigo pedirá de comer.

—Sí, una amistad de más de diez años te da esos privilegios —respondió Alex—. Pensé que vendrías con Carlos…

—No esta vez —dirigí mi mirada hacia el cajero—. No pudo dormir la noche anterior. Se sentía muy cansado —mentí.

Antes de que pudiéramos proseguir con la conversación nos llegó el turno de pedir. El cajero nos preguntó si pediríamos juntos en una sola factura, le dije que no. Pedí mi plato favorito y luego Alex pidió el suyo junto al de su amigo. Nos dirigimos a la mesa.

—Has sido muy amable con nosotros Adriana, muchas gracias —añadió Alex al sentarse a lado de Emmanuel—. ¿Su equipo de trabajo ha salido del país?

—No hemos tenido la oportunidad de salir del país… —Alex me interrumpió en medio de la conversación para contestar una llamada.

—Debo comentarte algo Adriana, aprovechando de que se fue —dijo Emmanuel—. Como te habrás dado cuenta de que, a pesar de los acercamientos, Alex no te recuerda y…

—No entiendo qué intentas decir —le interrumpí.

—Adriana, aunque Alex no lo recuerde, el brillo en sus ojos sigue siendo el mismo que el de hace seis años.

—Lo siento, era una llamada importante —interrumpió Alex al sentarse a mi lado—. ¿Te importaría pasarme mi plato de comida? —Emmanuel deslizó el plato hacia Alex.

—Gracias.

Continuamos con la conversación y Emmanuel tuvo que regresar a la habitación del hotel por unos asuntos, por lo que nos quedamos solos. Mientras Alex continuaba contándome sobre sus trabajos con las productoras, no podía evitar admirarlo por los grandes logros que cosechó después de tanto tiempo. Salimos del local y nos dirigimos al Malecón del Salado, me hubiese gustado negarme a irme con él, pero no pude resistirme, quería estar a su lado. Hicimos parar el primer taxi que se nos cruzó, él se ofreció en pagar la carrera, pero le insistí en compartir el gasto. No había notado lo cerca que se había sentado junto a mí, por lo que cuando quise preguntarle sobre su familia, mi respiración se había entrecortado. Él me sonrió, y luego de unos minutos formulé mi pregunta sin que se notara mi nerviosismo.

—Cuando les ha tocado realizar estos trabajos pesados para las productoras, ¿aún tienen tiempo para sus familias?

—Si, claro que sí —agachó su mirada—, mantenemos la comunicación a través de videollamadas —respondió rápidamente como si tratara de evadir mi pregunta.

—Lamento si mi pregunta te incomodó —me sonrió.

Miré hacia la ventana mientras pensaba en todos los posibles escenarios, en algún momento tendría que ocurrir alguno de ellos. Los minutos pasaron y llegamos a nuestro destino. Ambos le pagamos al taxista y él se ofreció a ayudarme a salir del auto. Caminábamos rumbo al malecón cuando las personas que circulaban entre nosotros nos miraban disimuladamente. Una mujer pasó a mi lado empujándome con tanta fuerza que perdí el equilibrio y di un traspié, pero Alex me rodeó con su brazos para que evitara darme de bruces contra el cemento. El aroma de su perfume era muy embriagador. Reposé mi cabeza en su pecho hasta que mi corazón dejara de dispararme y se regularizara con el ritmo de mis pulmones trabajando.

—¡Debes observar por dónde caminas ladrona! —gritó la mujer ataviada con una camisa holgada, falda con huecos y chancletas.

—¿Estás bien, Adriana? —me preguntó sin tomar en cuenta lo que la mujer había vociferado junto a las miradas que recaían sobre nosotros.

—Sí, lamento que hayas tenido que oírla —alejé mi cabeza de su pecho.

—Descuida, apliqué la de oídos sordos —me ayudó a levantarme—, ¿segura que no te lastimaste?

—Sí, estoy bien, no tienes de que preocuparte.

—¿Segura? Tu corazón sonaba igual que una metralleta —bromeó.

—Soy despistada, es todo —mis mejillas se ruborizaron y podía sentir el calor bailando en ellas.

—Creo que debo cerciorarme primero —me rodeó nuevamente con sus brazos.

Cruzamos el puente que unía las dos partes del Malecón del Salado y se detuvo por un momento para colocarse en frente de mí.

—¿Puedo tomarte una foto? —preguntó mientras sacaba de su maleta una cámara semiprofesional—. Te ves perfecta desde este ángulo.

—No sabía que también fueras fotógrafo —dije.

—Solo soy un aficionado.

Me indicaba cómo posar para cada foto, al principio sentía vergüenza, todas las personas fijaban sus miradas en nosotros, pero luego observé el mismo brillo en sus ojos cuando hablaba sobre su trabajo que me dio más confianza frente a su cámara.

—Gracias por hacer de mi noche la mejor —besó mi mejilla. Luego de tomarme la última foto, guardó su cámara.

Sentí como me quemaban las mejillas por lo que lo miré fijamente a los ojos. Nos miramos por unos segundos hasta que él tocó mis cachetes con sus manos frías, y me propinó un beso en la comisura de mis labios. Por un momento mantuve los ojos abiertos, me sentía confundida. Luego él dirigió su boca más hacia mis labios y cerré mis ojos. Ambos nos apartamos para recuperar la respiración y nos reímos.

—Eso fue…inesperado —suspiré—. No está nada bien.

—Adriana —acarició mis mejillas.

—Claro que no está nada bien —dijo una voz que conocía perfectamente, era Carlos, pero no venía solo.

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