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Portada de la novela Una esposa para mi hermano

Una esposa para mi hermano

Daniel es un CEO viudo de 40 años que vive para sus hijos y su empresa, tras haber cerrado su corazón al amor. Su vida cambia cuando Harry, su hermano, convence a Deanna, una joven soprano de 25 años, para fingir un compromiso y evadir una norma familiar. Aunque el trato es una farsa temporal, la química entre ambos surge de forma inevitable. Pese a la diferencia de edad y los secretos que los rodean, este engaño inicial se transforma en una pasión real que los obligará a luchar contra sus miedos y enemigos.
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Capítulo 1

Mi equipo de trabajo fue invitado a una de las convenciones de cómics más grandes del país, por lo que debíamos dejar organizado todo lo que necesitaríamos para el fin de semana. Carlos siempre fue mi gran apoyo y nunca cambió su trato conmigo pese a todos los roces que tuvimos y que nos llevó a terminar nuestra relación sentimental para que no influyera en nuestro flujo de trabajo; y aun así puedo decir con firmeza, que, si no fuera por él, probablemente no hubiésemos conseguido un puesto dentro de este gran evento. Siempre se categorizó por ser una persona ordenada y muy persuasiva, eran pocas las personas que se negaban a lo que él les pedía, incluyéndome.

El día llegó y nos instalamos junto a los demás artistas, entre nacionales e internacionales. Luego de una mañana agotadora recorrí el lugar con Carlos. Todas las esculturas e ilustraciones de cada artista poseían detalles inigualables, y aunque en su mayor parte apuntaba a un ámbito conocido, los trabajos de él eran diferentes.

—Hola, nos encargamos de la elaboración de cómics como también de folletos guía para su diseño —dijo Carlos y extendió el folleto a uno de los dos chicos—, y como entidad queremos regalarte un ejemplar.

—Que gusto saber de ustedes, para mi compañero y para mí, será un placer recibirles —dijo mientras recibía el manual en sus manos—. ¿Ella también viene contigo?

Intenté esconder mi rostro de él, pero no lo conseguí. No había cambiado en nada, su cabello mantenía su color castaño que se volvía dorado cuando recibía iluminación directa y tampoco había ganado contextura, lucía tal cual lo recordaba hace seis años.

—Sí, ella también viene conmigo —respondió Carlos y se hizo a un lado.

—Hola, soy Adriana —lo miré y le extendí mi mano. Él la sacudió—. Noto que su afinidad va por la parte tridimensional, ¿de dónde son? —pregunté tímidamente.

—Hola Adriana, soy Alex, y venimos de la capital, Quito. Junto a mi compañero Emmanuel llevamos seis años en el negocio —sus ojos se deslumbraron como los de un niño cuando recibía su primer juguete—. Apreciamos el buen diseño y el concepto del arte en los cómics.

—Es…interesante —tartamudeé.

—Lo es, hemos trabajado para licencias de productoras conocidas. Ha sido todo un reto trabajar con alguna de ellas e incluso…

Y fue así como mi corazón volvió a latir cuando lo vi. Él era perfecto.

En el último día de la convención me acerqué nuevamente al puesto de Alex con la esperanza de poder encontrarlo y que su amigo Emmanuel no estuviera cerca. Él estaba conversando con su compañero y otros interesados en su trabajo, mientras que yo lo observaba desde un pilar, estaba sola y era mi única oportunidad para hablarle.

—¡Hey! Creo haberte visto el otro día —dijo Alex al notar mi presencia. Giré para ver si se dirigía a alguien más, pero era la única arrimada a un pilar observándolo.

—Sí, que gusto verte de nuevo.

—Ana, ¿verdad? —preguntó con tanta determinación como si estuviera seguro que así me llamaba.

—No, lo siento, es Adriana.

—Mucho gusto, Adriana. ¿Te acuerdas de mi compañero, Emmanuel? —se dirigió a él.

—Tranquilo, Alex, estoy seguro de que se acuerda de mí —se acercó y me saludó de la mano—. Es un gusto verte de nuevo, Adriana.

—Estuvimos leyendo tu folleto y nos pareció magnífico, ¿todos los que colaboraron tienen tu edad? —dijo Alex colocándose entre Emmanuel y yo.

—No todos, algunos llevan más años en el mundo del cómic que yo. Mi afinidad es la pintura —dije. Emmanuel y yo lo miramos como si esperábamos ver una reacción, pero no ocurrió.

—Lo siento, Adriana, tengo una llamada que atender —dijo Alex mientras se retiraba del puesto.

—Disculpa a mi amigo, hay algunas cosas en él que han cambiado con el tiempo —mencionó Emmanuel para captar nuevamente mi atención.

—No te preocupes, y ¿qué tal les ha ido hasta ahora? No creas que no sé lo que…

—Todo muy bien, tu gente nos ha recibido con los brazos abiertos —me interrumpió ignorando lo último que aludí.

—Emmanuel no pretendas que… —insistí.

—He vuelto —dijo Alex—, puedes creer que no conocen un buen lugar para comer —se colocó en medio de nosotros.

—Alex, nosotros investigamos sobre los restaurantes.

—Lo sé, pero nos encontramos con una lista enorme —dirigió su mirada cándida hacia mí—. Quizás tú sepas…

—No es apropiado, Alex —interrumpió Emmanuel.

—No, está bien, luego de la convención les puedo indicar sobre un lugar delicioso que no se encuentra lejos de aquí —Emmanuel regresó al puesto para atender a las personas que se acercaron.

—Tenemos que regresar en dos días, sería magnífico que pasáramos tiempo los tres —me miró fijamente—. ¿Te parece bien el día de mañana?

—Claro, podemos encontrarnos mañana en la salida.

—Alex acércate que tenemos gente con nosotros —reclamó Emmanuel.

—Alex, yo…

—Me parece perfecto —me interrumpió Alex—. Nos vemos mañana en la salida.

Me maquillaba los ojos frente al espejo mientras escuchaba mi canción favorita en Spotify, Unsteady de X-Ambassadors, me traía muchos recuerdos sobre mis padres, y era mi favorita cuando tenía una cita. De cierta forma buscaba llenar ese vacío con algún pretendiente. Siempre creía que no tendría suerte en el amor, y cuando tenía una salida con un chico guapo, no podía creerlo. Tenía el color conchevino y rojo pasión de lápiz labial y no estaba segura cuál escoger. Por mi tez blanca diría que el rojo, me asentaba mejor, y como dicen que también es el color favorito de los hombres no dudé en usarlo. Me apliqué un poco de rubor y cogí mi pequeña cartera para salir por la puerta.

—¿A dónde vas? —me preguntó Carlos. Se había levantado al oírme bajar las escaleras.

—No te debo explicaciones, saldré un momento y estaré de regreso antes de la merienda.

—¿Quieres que le avise a mamá?

—Yo le mandaré un mensaje, no quiero levantarla de su siesta —abrí la puerta.

—Espera —Carlos me retuvo del brazo—, no quise sonar sobreprotector y sé que ya no estamos juntos…

—Carlos estaré bien, puedo cuidarme sola —aparté mi brazo—, estaré de regreso antes de la cena.

Caminé diez minutos hasta la parada de bus más cercana. Hacía demasiado sol lo que me ponía aún más nerviosa e irritable. Muchos pensamientos y recuerdos me atormentaban y temía que Emmanuel y Alex lo notaran, ya que lo que menos quería causar, era una mala impresión en una primera, pero no tan primera cita, y aunque había un tercero, igualmente podía contarlo como cita. Nunca dejó de gustarme, y tampoco dejé de gustarle, hasta Carlos y Emmanuel lo notaron y no podía evitar sentir alivio al no ser la única.

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