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Portada de la novela Bajo la Piel del Lobo

Bajo la Piel del Lobo

Gabriel Volkov lidera Apex Capital en Nueva York, ocultando su identidad como Alfa de una manada secreta. Su estabilidad peligra cuando la periodista Sofía Vega se infiltra en su firma para sabotearlo. Pese a que ella intenta arruinar su reputación, Gabriel descubre a través de su esencia que es su pareja destinada. Entre una atracción irresistible y secretos corporativos, ambos enfrentan un conflicto de lealtad donde el instinto salvaje choca con la razón.
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Capítulo 3

El piso 60 de la torre Apex Capital no se sentía como una oficina; se sentía como el nido de un águila o la guarida de un depredador que dominaba la tundra de cemento. El silencio era absoluto, roto solo por el zumbido casi imperceptible del sistema de filtración de aire de última generación. Sofía caminaba sobre la alfombra de lana virgen, sintiendo que sus tacones se hundían ligeramente, amortiguando sus pasos. Llevaba una carpeta de cuero apretada contra el pecho, un escudo simbólico contra la opulencia que intentaba intimidarla.

Había pasado la primera hora de la mañana siendo instruida por la jefa de personal, una mujer tan gélida que Sofía se preguntó si también tendría un secreto sobrenatural. Pero ahora, el protocolo dictaba que debía presentarse ante él.

-El señor Volkov no tolera la impuntualidad, ni las preguntas innecesarias -le había advertido la secretaria personal antes de señalar la imponente puerta de roble negro-. Entre. Él ya sabe que está aquí.

Sofía respiró hondo, ajustándose las gafas de montura fina que usaba como parte de su disfraz de "ratón de biblioteca eficiente". Giró el pomo de metal frío y entró.

La oficina era un espacio vasto, con ventanales de suelo a techo que mostraban un Nueva York envuelto en una bruma grisácea. Gabriel Volkov estaba de espaldas, observando la ciudad. Llevaba un traje azul medianoche que encajaba perfectamente en sus hombros anchos, pero algo en su postura no era la de un ejecutivo analizando el mercado. Parecía un general vigilando un campo de batalla.

-Déjelo sobre la mesa, señorita Vega -dijo él. Su voz era una baritona profunda, con una vibración que pareció resonar directamente en los huesos de Sofía. No se dio la vuelta.

-Buenos días, señor Volkov. El departamento de análisis envió los informes del cierre de ayer en Londres. Pensé que querría verlos antes de la reunión de las diez.

Sofía forzó su voz para que sonara profesional, plana, carente de la curiosidad que la estaba consumiendo por dentro. Sus ojos de periodista empezaron a escanear la habitación: el escritorio despejado, la ausencia de fotos personales, un extraño amuleto de piedra oscura que servía de pisapapeles.

Entonces, Gabriel se giró.

El aire en la habitación pareció ser succionado por un vacío repentino. Para Sofía, fue como si el tiempo se ralentizara. Gabriel Volkov era más imponente de cerca de lo que sugerían las fotos de Forbes. Tenía facciones angulosas, una mandíbula que parecía tallada en granito y unos ojos de un azul tan claro que resultaban inquietantes. Pero había algo más. Un magnetismo, una energía eléctrica que emanaba de él y que hacía que el vello de los brazos de Sofía se erizara.

Para Gabriel, sin embargo, el impacto fue catastrófico.

En el momento en que sus ojos se encontraron con los de la mujer que estaba frente a él, el mundo humano desapareció. El olor que lo había perseguido en Central Park la noche anterior -ese jazmín eléctrico, esa esencia de tierra después de la lluvia- lo golpeó con la fuerza de un huracán. No era solo un aroma; era una frecuencia, una nota musical que su alma de lobo reconoció instantáneamente.

Luna.

Sus pupilas se dilataron hasta casi borrar el azul de sus ojos. En su interior, la bestia que había estado dormida tras la cacería de la noche anterior se puso en pie, rugiendo. Cada instinto en su cuerpo le gritaba que saltara sobre el escritorio, que la rodeara con sus brazos, que hundiera el rostro en su cuello y marcara su piel para que todo el mundo supiera que ella le pertenecía. El "Vínculo de Luna", el lazo místico que unía a un Alfa con su compañera predestinada, se activó con una violencia que casi lo hizo tambalear.

Gabriel se aferró al borde de su escritorio de caoba con tal fuerza que la madera crujió imperceptiblemente. Sus nudillos se tornaron blancos. Tenía que respirar, pero cada bocanada de aire solo traía más de su esencia a sus pulmones, alimentando un fuego que amenazaba con incinerar su fachada de CEO.

-¿Señor Volkov? ¿Se encuentra bien? -preguntó Sofía, dando un paso involuntario hacia adelante.

Su voz, aunque cargada de una falsa preocupación profesional, actuó como un látigo. Gabriel cerró los ojos un segundo, luchando por contener la transformación parcial que sentía latir bajo su piel. No podía dejar que sus ojos cambiaran a ámbar ahora. No frente a ella.

-Estoy... bien -logró decir, aunque su voz sonó más ronca de lo habitual, casi como un gruñido contenido-. Solo un dolor de cabeza persistente. Deje los informes ahí.

Sofía frunció el ceño. Sus instintos de periodista, afinados para detectar la debilidad y la mentira, se encendieron. No creía lo del dolor de cabeza. Había visto la expresión de Gabriel: no era dolor, era... shock. Casi parecía que la estaba viendo como si fuera un fantasma o una amenaza inminente.

"Es un hombre extraño", pensó ella, mientras dejaba la carpeta sobre el escritorio. Al hacerlo, sus dedos rozaron accidentalmente los de Gabriel.

El contacto fue como una descarga de diez mil voltios.

Sofía soltó un jadeo ahogado y retiró la mano como si se hubiera quemado. Una calidez súbita y abrumadora le recorrió el brazo, extendiéndose por su pecho hasta instalarse en su vientre. No era una reacción lógica. Ella no creía en la química instantánea, y mucho menos con un hombre al que consideraba un posible criminal vinculado a la ruina de su familia. Pero su cuerpo estaba traicionando a su mente. Su corazón empezó a martillear contra sus costillas y una extraña sensación de pertenencia la invadió, una que no podía explicar.

Gabriel, por su parte, tuvo que usar cada gramo de su voluntad de Alfa para no atrapar su mano y atraerla hacia él. El roce había sido suficiente para que su lobo reclamara su territorio. Mía, decía la voz en su cabeza. Mía. Protégela. Cázala.

-¿Señorita... Vega, dijo? -preguntó Gabriel, tratando de recuperar su máscara de hierro. Sus ojos volvieron a enfocarse en ella, ahora con una intensidad depredadora que la hizo retroceder un paso.

-Sí, señor. Sofía Vega. Soy su nueva asistente asignada para el proyecto de adquisiciones de la zona este.

Vega. El nombre le resultaba familiar, pero su mente estaba demasiado nublada por el instinto como para procesar los archivos de personal en ese momento. Gabriel se obligó a sentarse, poniendo el escritorio como una barrera física entre ellos. Necesitaba distancia. El aroma de ella era tan potente que estaba empezando a nublar su juicio lógico.

-Dígame, señorita Vega -dijo él, entrelazando sus dedos para ocultar el leve temblor-, ¿qué la trae a Apex Capital? Con un currículum como el suyo, podría estar trabajando en cualquier firma de la ciudad. ¿Por qué aquí? ¿Por qué conmigo?

Sofía sintió un escalofrío. La pregunta no era de cortesía; era un interrogatorio. ¿Había descubierto algo ya? Se obligó a sonreír, una sonrisa ensayada ante el espejo que denotaba ambición juvenil.

-Apex es la cima, señor Volkov. Y usted es el hombre que define el mercado. Si quiero aprender de los mejores, este es el único lugar donde estar.

Una mentira perfecta. Gabriel la olfateó en el aire. No era un olor fétido como la mentira de un traidor, sino algo más complejo. Había una capa de engaño, sí, pero bajo ella había una determinación feroz y... ¿tristeza? Sus sentidos sobrehumanos captaron el ritmo acelerado de su pulso, el ligero sudor en sus palmas. Ella estaba nerviosa, pero no por el vínculo. Estaba ocultando algo.

Por un momento, el CEO y el Alfa entraron en conflicto. El CEO quería investigarla, destruirla si era una espía industrial o una amenaza para la firma. El Alfa solo quería protegerla, proveer para ella y mantenerla a su vista las veinticuatro horas del día.

-Espero que esté a la altura de las expectativas, Sofía -dijo él, usando su nombre de pila por primera vez. El sonido de su nombre en sus labios la hizo estremecer-. Porque en esta empresa, los que no pueden seguir el ritmo terminan... devorados.

Sofía sostuvo su mirada. A pesar de la extraña atracción, a pesar del miedo instintivo que este hombre le provocaba, su resolución no flaqueó. Él podía ser un lobo de Wall Street, pero ella era la cazadora que buscaba la verdad.

-No se preocupe, señor Volkov. Soy mucho más resistente de lo que parezco.

Gabriel esbozó una sonrisa lenta, una que no llegó a sus ojos, pero que mostró un atisbo de sus dientes blancos y perfectos.

-Eso espero. Puede retirarse. Pero mantenga su teléfono encendido. A partir de hoy, sus horarios me pertenecen.

Sofía asintió y salió de la oficina. En cuanto la puerta se cerró tras ella, se apoyó contra la pared del pasillo y exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo. Sus manos temblaban. "Céntrate, Sofía", se reprendió. "Es solo un hombre poderoso con un complejo de superioridad. No dejes que su magnetismo te distraiga de lo que le hicieron a tu padre".

Dentro de la oficina, Gabriel se levantó y caminó hacia el ventanal. Golpeó el cristal con el puño, no con fuerza suficiente para romperlo, pero sí para dejar una marca. Su lobo estaba inquieto, arañando las paredes de su autocontrol. Había encontrado a su Luna. Pero ella era una mentirosa. Y lo más peligroso de todo: ella era la única debilidad que sus enemigos podrían usar para destruirlo.

-¿Quién eres realmente, Sofía Vega? -susurró para sí mismo, mientras sus ojos destellaban un ámbar momentáneo antes de volver al azul gélido del hombre de negocios.

La caza no había hecho más que empezar, pero esta vez, el depredador no estaba seguro de si quería atrapar a su presa o ser capturado por ella.

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