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Portada de la novela Bajo la piel del león

Bajo la piel del león

Sofía, una joven estudiante de medicina, decide vender su pureza al influyente Diego con el fin de salvar a su madre enferma. Lo que parecía un acuerdo único se transforma en un reencuentro inesperado cuando él asume el mando de la farmacéutica donde ella labora. Atrapados en una red de deseo y poder, ambos enfrentan una atracción que amenaza su estabilidad. Entre secretos oscuros y peligros externos, su intensa pasión pondrá en jaque sus propias vidas.
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Capítulo 3

Capítulo 3 .La duda

La música seguía retumbando a su alrededor, pero para Sofía solo existía Diego. La manera en que sus ojos verdes la miraban la atrapaban, como si pudiera leer cada uno de sus pensamientos más oscuros y deseos reprimidos. Ella traspasó un umbral desconocido, y aunque su corazón palpitaba con miedo, había un fuego en su interior que empezaba a despertar.

Diego, con una sonrisa plácida y casi arrogante, se acercó aún más, acortando la distancia entre ellos. Sus manos firmes funcionaron como una serpiente, rodeando la cintura de Sofía y atrayéndola hacia él. Ella inhaló bruscamente, sintiendo su calor, la firmeza de su cuerpo presionando contra el suyo.

-¿Ves? -susurró Diego, su aliento cálido acariciando sus labios-. Pareces un corderito asustado cuando se enfrenta a un lobo.

Sofía trató de apartarse, una pequeña parte de ella aún intentaba aferrarse a su racionalidad, pero el deseo que crecía en su interior se lo impedía. Cada roce de sus dedos sobre su piel le mandaba escalofríos por todo el cuerpo. Su mente luchaba entre el miedo y la curiosidad.

-No... no soy un cordero, no estoy asustada... -articuló con dificultad, aunque su voz temblaba.

La sonrisa de Diego se amplió, mostrando un destello de satisfacción.

-¿En serio? No te creo. Te tengo aquí, temblando entre mis brazos. El calor se te sube a las mejillas, y tus ojos brillan como si estuvieras a punto de hacer algo prohibido. -Sus ojos la recorrieron, como si estuvieran explorando cada rincón de su ser-. Está bien sentir miedo, pero no te preocupa lo que pueda pasar. Te gusta, ¿verdad?

Sofía trató de disimular la mezcla de sensaciones que la abrumaban. Ella sabia que había algo en Diego, algo primordial que la atraía y la repelía. No quería admitirlo, pero el roce de su cuerpo, sus palabras, todo era como una corriente que la unía a él. Era como si la música de fondo se mezclara con sus latidos, y esos timbales marcaban el ritmo de su deseo reprimido y su confusión.

- No puedes... esto no es correcto.

Él se inclinó un poco más cerca, su rostro casi tocando el de ella. La intensidad de su mirada la asfixiaba y al mismo tiempo la excitaba.

-Correcto o incorrecto, princesa, eso es solo una ilusión. Aquí, en esta noche, lo único que importa es el deseo que hacemos brotar. Hay algo en ti que clama por ser liberado. Y yo... yo puedo mostrarte ese lado.

Sofía jadeó cuando sintió su respiración sobre sus labios. Era un aliento que la provocaba, una invitación que la dejaba temblando. Diego no soltaba su agarre, y cada segundo que pasaba en esa cercanía, el mundo exterior se desvanecía.

Su mente gritaba que debía alejarse, que debía gritar que no, pero su cuerpo parecía tener vida propia, una vida que quería entregarse a ese fuego abrasador.

-Esto es... -tentó a decir, pero las palabras se desvanecieron en el aire.

-Es solo el comienzo -interrumpió él, la voz baja y provocativa-. No trates de mentirte a ti misma. La forma en que reaccionas... -deslizó sus dedos sobre su piel de forma delicada-. Siente lo que pasa dentro de ti. Esa chispa. ¿Vas a negarlo?

Jadeando, ella luchó por encontrar su voz. La proximidad de Diego, su mirada intensa, el contacto de su cuerpo, todo lo que fomentaba aquella peligrosa atracción la hacía sentir viva y, al mismo tiempo, vulnerable. La desesperación de necesitar dinero para su madre y la urgencia que emanaba de él se entrelazaban en su mente.

-No debería estar aquí... -susurró, como si fuera un mantra, una súplica en su propia confusión.

-No te preocupes -dijo él, llevándola más cerca, hasta que sus labios casi se tocaron-. A veces, perderse es la única forma de encontrarse a uno mismo. ¿Estás lista para un poco de aventura?

Ella cerró los ojos un momento, sintiendo el pulso del momento. Una parte de ella quería huir, pero otra parte anhelaba arder en esa nueva experiencia. No podía ignorar la forma en que su corazón latía con fuerza, ansioso y expectante.

-Yo...

-Dime, preciosa.

Sofía luchó con lo que quería decir. Deseaba que su corazón fuera más fuerte que sus miedos. Y sin embargo... no pudo encontrar valor para contradecirlo.

La esencia de su ser estaba en conflicto, pero una resolución se formaba lentamente. A medida que la música resonaba, sentía que estaba a punto de hacer una elección que cambiaría su vida para siempre.

En su mente, las palabras de Diego seguían dando vueltas, mezcladas con el alcohol y la ansiedad que sentía por su madre. La desesperación le pesaba en el pecho, y el miedo a perderlo todo, a no poder hacer nada para salvarla, la mantenía cautiva en ese lugar.

Diego, al notar su vacilación, se acercó un poco más. Su respiración era lenta y profunda, como si estuviera esperando que ella tomara la decisión. Con una sonrisa que no llegaba a los ojos, murmuró:

-Sabes que lo harías por tu madre. Tú y yo sabemos que no tienes muchas alternativas. Así que no te hagas la difícil.

No me hagas perder mi tiempo.

Sofía, con la mente nublada, intentó encontrar una salida, un motivo para rechazarlo, pero las palabras se ahogaban en su garganta. La oferta de Diego no era solo tentadora, era la única puerta abierta, la única solución a su desesperación. Se sentía vulnerable, más de lo que jamás había creído posible. El peso de su futuro, de la vida de su madre, se concentraba en ese momento. Diego la miraba fijamente, esperando una respuesta.

-Lo harías, ¿verdad? -dijo él, sus palabras llenas de una seguridad que la hizo temblar-. No te engañes. He visto mujeres como tú antes. No tienes nada que perder.

Sofía, ahora sin poder apartar la mirada de él, sintió que las paredes de la habitación comenzaban a estrecharse a su alrededor. Su cuerpo estaba caliente, sus pensamientos se confundían, pero en algún rincón de su alma, sabía que si aceptaba, no habría marcha atrás. Si cedía a la tentación, a lo que Diego le ofrecía, su vida nunca sería la misma.

El deseo, ese fuego latente que Diego despertaba en ella con cada palabra, se enredaba con la angustia. No podía negarlo, había algo en él que la atraía, algo oscuro y peligroso, y eso la aterraba aún más.

-No tienes que decidir ahora -le dijo él, al ver su indecisión. Su tono era más suave, pero aún así, la presión seguía ahí. -Pero no olvides que el tiempo juega en mi contra... y también en el tuyo.

Sofía tragó saliva, mirando la copa de alcohol en su mano como si fuera la única cosa que podía sujetar en ese momento. Sabía que Diego tenía razón, que no podía seguir corriendo de lo que sentía, pero también sabía que dar ese paso la sumiría en un abismo del cual no podía prever la salida.

Con el corazón latiendo con fuerza, levantó la mirada y se encontró nuevamente con los ojos de Diego. ¿Era su orgullo lo que la mantenía en pie? ¿O era la necesidad de salvar a su madre? Los dos pensamientos chocaban en su mente, sin dejarle espacio para pensar con claridad.

-¿Qué decides? -insistió Diego, esta vez con un tono que le hizo temblar aún más, pero que también provocó una extraña mezcla de excitación y miedo en su pecho.

Sofía cerró los ojos por un momento, buscando algún tipo de claridad, pero lo único que encontró fue la sensación de estar al borde de un precipicio. El alcohol, el miedo, la desesperación... todo la arrastraba.

Finalmente, murmuró, con una voz quebrada por la incertidumbre:

-No sé... no puedo.

Diego sonrió, pero esa sonrisa no era de satisfacción, sino de algo más profundo, oscuro.

-Lo sabrás cuando lo haga. No te preocupes. Todos tienen un precio, muñeca. Todos. Y tú acabas de descubrir el tuyo.

Su voz fue como un veneno, suave pero letal. Sofía sintió el peso de esas palabras presionando su alma, pero no pudo resistirse al magnetismo de Diego. Sabía que la decisión estaba tomada, aunque no lo quisiera admitir.

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