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Portada de la novela Bajo la misma piel

Bajo la misma piel

Bajo el calor de un verano sofocante, dos hermanastros se ven obligados a convivir en el apartamento familiar, despertando un pasado oscuro que ambos comparten. Lo que inicia como una tensión física prohibida se transforma rápidamente en una obsesión incontrolable. Entre secretos turbios y una intimidad peligrosa, su vínculo desafía los límites morales, desencadenando un incendio emocional que amenaza con destruir la estabilidad de su hogar para siempre.
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Capítulo 3

El eco del encuentro en el comedor aún vibraba en las paredes del ático, pero el silencio que siguió fue más pesado que el ruido. Mateo se encontraba de pie frente al gran espejo veneciano del pasillo, observando su reflejo mientras se subía la cremallera del pantalón. Su respiración aún no había recuperado el ritmo. A sus espaldas, la puerta del comedor seguía entreabierta, dejando escapar el olor a velas consumidas y a esa humedad eléctrica que deja el sexo urgente y prohibido.

Cerró los ojos y, de repente, el espejo dejó de mostrar el presente.

Flashback: Diez años atrás.

Sus padres se habían casado apenas seis meses antes en una boda de ensueño que pretendía unir no solo a dos personas, sino a dos imperios inmobiliarios. Para los adultos, era una fusión estratégica; para los niños, era una invasión.

-No eres mi hermano -le había dicho Sasha aquella tarde de lluvia, sentada en el borde de la fuente del jardín de la casa de campo.

-Y tú no eres mi hermana -respondió Mateo, observando cómo el agua empapaba el vestido blanco de la niña, volviéndolo translúcido.

Había algo en la mirada de Sasha, incluso a esa edad, que no era infantil. Una curiosidad depredadora. Ese día, mientras los padres brindaban con champán en el porche, ellos se refugiaron en el invernadero. El calor allí dentro era sofocante, cargado del aroma de la tierra mojada y las orquídeas exóticas. Fue allí donde Mateo vio por primera vez la piel de Sasha bajo una luz diferente. Ella se había quitado la camiseta empapada sin pudor alguno, desafiándolo con la mirada.

-Mírame, Mateo. Si fuéramos hermanos de verdad, tendrías que apartar la vista. Pero no puedes, ¿verdad?

Ese fue el inicio. El espejo del pasillo no solo reflejaba su cuerpo adulto, sino la acumulación de una década de esos momentos: roces accidentales en el coche, miradas prolongadas en las cenas de Navidad, el sonido de los gemidos ahogados tras las puertas cerradas durante la adolescencia.

Presente.

Sasha apareció en el reflejo, caminando hacia él por el pasillo. Se había despojado por completo del vestido de seda. Estaba desnuda, moviéndose con una naturalidad que a Mateo le resultaba dolorosa. La luz de los apliques de pared, de un tono ámbar cálido, bañaba su cuerpo, resaltando cada curva y cada sombra con una precisión cinematográfica.

Mateo se giró lentamente, atrapado de nuevo por la visión.

Sasha era una escultura de carne viva. Sus hombros eran redondeados y suaves, descendiendo hacia unos pechos firmes, de una palidez nacarada que contrastaba con la aureola oscura y extendida de sus pezones, endurecidos por el aire acondicionado y el rastro de la excitación previa. La línea de su cintura era profunda, marcando el inicio de unas caderas anchas que sostenían el peso de su historia.

-¿Qué buscas en el espejo, Mateo? -preguntó ella, deteniéndose a un paso de él-. ¿Buscas al niño que se escondía o al hombre que no puede dejar de tocarme?

Ella se acercó más, obligándolo a fijar la vista en el triángulo oscuro y sedoso de su vello púbico, que se perdía entre sus muslos tensos. Sasha no ocultaba nada; su desnudez era un manifiesto de poder. Extendió una mano y empezó a desabrochar el cinturón de Mateo, sus dedos rozando la piel del abdomen de él con una lentitud calculada.

-Quiero que me veas de verdad -susurró ella, bajando la vista hacia la erección que tensaba el pantalón de Mateo-. Sin el vestido, sin el apellido de nuestros padres, sin la farsa.

Mateo la tomó por la cintura, sus dedos hundiéndose en la carne suave de sus costados. La sensación de la piel de ella, tan real y tan prohibida, lo hizo jadear. La giró bruscamente contra el espejo frío. El contraste entre el cristal helado en la espalda de Sasha y el calor abrasador del cuerpo de Mateo la hizo soltar un gemido agudo.

En el reflejo del espejo veneciano, Mateo vio la imagen completa de su perdición. Él, todavía medio vestido con la camisa de lino abierta y arrugada; ella, totalmente expuesta, con las piernas abiertas y la espalda arqueada contra el cristal.

Se inclinó para besar el espacio entre su cuello y su hombro, succionando la piel hasta dejar una marca violácea, un estigma que proclamaba su propiedad. Sus manos bajaron hacia las nalgas de Sasha, apretándolas con una fuerza que buscaba compensar los cinco años de vacío. Sentía la humedad de ella entre sus dedos, una evidencia líquida de que el tabú la excitaba tanto como a él.

-Mírate -le ordenó Mateo al oído, obligándola a observar el espejo-. Mira lo que estamos haciendo en la casa de tu padre. Mira cómo tiemblas cuando te toco así.

Sasha abrió los ojos, empañados por el deseo, y se miró en el reflejo. Vio cómo las manos de su "hermano" rodeaban sus pechos, comprimiendo la carne blanca, y cómo el rostro de Mateo se transformaba en una máscara de posesión salvaje. No había rastro de la niña del invernadero, solo una mujer que encontraba su clímax en la transgresión de la sangre ficticia.

-No me importa -jadeó ella, apoyando las palmas de las manos en el espejo, dejando huellas de sudor sobre el cristal-. Hazlo. Rompe todo lo que queda de nosotros, Mateo.

Él se deshizo de sus pantalones con movimientos torpes, cegado por la urgencia. Cuando entró en ella, lo hizo con una embestida profunda que hizo vibrar el espejo contra la pared. El sonido de sus cuerpos chocando -carne contra carne, sudor contra sudor- llenó el pasillo. Era un acto de conquista. Cada movimiento era un capítulo de su pasado que intentaban reescribir con placer y dolor.

Sasha echó la cabeza hacia atrás, sus cabellos oscuros barriendo el cristal, mientras Mateo la penetraba con una cadencia hipnótica. Podía ver en el espejo cómo su cuerpo se estremecía, cómo la piel de sus muslos se enrojecía por el roce y cómo los ojos de ella se ponían en blanco en el momento en que el primer orgasmo empezó a sacudirla.

Cuando finalmente terminaron, colapsados el uno contra el otro frente al espejo, el silencio regresó. Pero ya no era el silencio de un museo. Era el silencio de una zona de guerra tras la explosión. Mateo observó las marcas de sus dedos en la cadera de Sasha y el rastro de semen y sudor que manchaba el espejo veneciano.

El pasado y el presente se habían fundido. Las raíces del veneno habían crecido tanto que ya no había forma de arrancarlas sin matar el árbol.

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