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Portada de la novela Bajo la misma piel

Bajo la misma piel

Bajo el calor de un verano sofocante, dos hermanastros se ven obligados a convivir en el apartamento familiar, despertando un pasado oscuro que ambos comparten. Lo que inicia como una tensión física prohibida se transforma rápidamente en una obsesión incontrolable. Entre secretos turbios y una intimidad peligrosa, su vínculo desafía los límites morales, desencadenando un incendio emocional que amenaza con destruir la estabilidad de su hogar para siempre.
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Capítulo 1

El calor en la ciudad no era solo una cuestión de temperatura; era una presencia física, una masa de aire estancado que pesaba sobre los hombros de Mateo mientras salía del ascensor. El pasillo del último piso del edificio "Los Alerces" conservaba ese olor a cera de muebles caros y perfume francés que había intentado borrar de su memoria durante cinco años.

Mateo se detuvo frente a la puerta de madera maciza. La llave pesaba en su bolsillo como un lingote de plomo. Había aceptado volver bajo una condición implícita: que el pasado se quedara en las cajas que sus padres habían sellado cuando lo enviaron a Londres. Pero al apoyar la mano en el pomo, sintió una descarga de estática que le recorrió el brazo. Era un mal presagio.

Al girar la llave, el silencio del ático lo recibió con la frialdad de un museo. El salón era un despliegue de opulencia minimalista, bañado por la luz naranja del atardecer que entraba por los ventanales de suelo a techo. Dejó la maleta a un lado, el sonido del cuero golpeando el parqué resonó como un disparo en la quietud.

-¿Papá? ¿Mamá? -preguntó, aunque sabía que el vuelo de ellos no aterrizaría en Madrid hasta dentro de dos semanas.

Nadie respondió. Pero entonces, un sonido suave, casi imperceptible, llegó desde la terraza. El roce de una tela contra el metal de una silla. Mateo caminó hacia los ventanales, sus pasos hundiéndose en la alfombra persa. Su corazón, que normalmente funcionaba con la precisión de un reloj suizo, dio un vuelco irregular.

Allí, de espaldas, recortada contra el cielo encendido de la capital, estaba ella.

Sasha.

Cinco años atrás, la imagen que Mateo se llevó al aeropuerto era la de una adolescente de diecinueve años con la mirada desafiante y el uniforme del colegio siempre mal puesto. Recordaba sus rodillas huesudas y esa risa nerviosa que solía usar para esconder el miedo. Pero la mujer que se giró lentamente al oír su presencia no guardaba rastro de aquella niña.

Sasha vestía un vestido de seda color perla que se adhería a su cuerpo debido a la humedad del ambiente. Ya no había rastro de la fragilidad infantil. Sus hombros eran firmes, su cuello se erguía con una elegancia que resultaba casi insultante, y sus ojos... sus ojos eran pozos de una sabiduría oscura que Mateo no estaba preparado para enfrentar.

-Has tardado mucho, Mateo -dijo ella. Su voz había bajado una octava, volviéndose aterciopelada, cargada de una ironía que le erizó la piel.

Mateo se quedó paralizado en el umbral de la terraza, la frontera invisible entre el interior fresco y el calor sofocante del exterior. La observó con una mezcla de fascinación y horror. El tabú, esa palabra que ambos habían aprendido a deletrear con el cuerpo antes que con la lengua, se materializó entre ellos como un muro de cristal.

-Cinco años no son nada para los que tienen buena memoria -respondió él, intentando que su voz sonara estable.

Ella dio un paso hacia él. El aire se volvió denso. Mateo notó cómo sus propios sentidos se agudizaban de una forma dolorosa. Podía oler el jazmín de los maceteros mezclado con el aroma de la piel de ella. Sasha se detuvo a escasos centímetros. La diferencia de altura seguía siendo la misma, pero ahora, tener que mirar hacia abajo para encontrar sus ojos no le daba a Mateo ninguna ventaja. Al contrario, lo hacía sentirse vulnerable.

-Has cambiado -murmuró él, sus ojos recorriendo involuntariamente la línea de su mandíbula, sus labios pintados de un rojo casi negro, y la forma en que la seda del vestido revelaba que, bajo el calor de agosto, no llevaba nada más.

-Tú también -replicó ella, extendiendo una mano para tocar el borde de la chaqueta de Mateo-. Te has vuelto... más rígido. Como si tuvieras miedo de romperte si te mueves demasiado rápido.

La mano de Sasha no se retiró. Sus dedos rozaron el antebrazo de Mateo. Fue un contacto breve, apenas un segundo, pero fue suficiente para que todo el autocontrol que él había construido en su exilio londinense se desmoronara. El recuerdo del último encuentro en ese mismo ático -el sudor, el pánico de ser oídos, el sabor a lo prohibido- inundó su mente.

-Sasha, esto es un error. No debería haber aceptado venir antes que ellos -dijo Mateo, aunque no retrocedió.

-¿Un error? -Ella soltó una risa seca, sin rastro de alegría-. Papá cree que somos la familia perfecta ahora. Cree que Londres te curó de tus "impulsos" y que yo ya soy una mujer de bien que solo piensa en su carrera. Somos hermanos, Mateo. Eso es lo que dice el libro de familia. Eso es lo que le decimos a los vecinos.

Ella pronunció la palabra "hermanos" con una lentitud deliberada, saboreando el veneno. Se acercó un poco más, obligándolo a retroceder un paso hacia el salón. El cazador se estaba convirtiendo en la presa.

-Nuestros padres están a miles de kilómetros -susurró ella, su aliento rozando la oreja de Mateo-. El servicio no llega hasta mañana. Estamos solos en este ático, igual que aquella noche antes de que te echaran. ¿Realmente vas a fingir que no sientes cómo el aire se quema cada vez que respiro cerca de ti?

Mateo cerró los puños. La extrañeza de verla como una mujer adulta no era lo más perturbador; lo peor era darse cuenta de que el deseo no había muerto, solo había madurado, volviéndose más oscuro, más técnico, más hambriento. Ella ya no era la hermanastra a la que podía manipular con silencios; era una fuerza de la naturaleza que conocía perfectamente sus puntos débiles.

-Tengo mi propia habitación, Sasha. Tú tienes la tuya -sentenció él, tratando de recuperar la autoridad-. Vamos a pasar estas dos semanas como personas civilizadas. Por el bien de la familia.

Sasha sonrió, una sonrisa pequeña y cruel que le recordó a Mateo por qué ella siempre había sido la más peligrosa de los dos. Ella se dio la vuelta y caminó hacia la cocina, el movimiento de sus caderas bajo la seda era una invitación y un desafío.

-Civilizados -repitió ella por encima del hombro-. Me pregunto cuánto te durará la civilización cuando el aire acondicionado se estropee esta noche y el calor se vuelva insoportable, Mateo.

Él se quedó solo en el salón, con el sol terminando de morir tras los rascacielos. El umbral había sido cruzado. Ya no estaba en la seguridad de su vida gris en el extranjero. Estaba de vuelta en el epicentro del desastre, en el lugar donde las leyes de la sangre no significaban nada comparadas con las leyes de la piel.

Sintió un vacío en el estómago. Sabía que no iba a desempacar del todo. Porque en este largometraje que acababa de empezar, el final solo podía ser una huida o una destrucción total. Y, mirando hacia el pasillo por donde ella había desaparecido, Mateo supo que estaba dispuesto a arder con tal de no volver a pasar otros cinco años en el frío.

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