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Portada de la novela Bajo La Luna de Madrid

Bajo La Luna de Madrid

Tras el parricidio de los Reyes Inmortales, Aslam Marquisteim III sobrevive al exilio para volver como un ejecutor implacable. Su objetivo es recuperar el Trono Blanco y aniquilar a los traidores de su sangre. La huida del príncipe Joseph V traslada esta guerra dinástica a las calles de Madrid. En la capital española, el destino del monarca da un giro inesperado al conocer a una modelo, descubriendo que el amor es el poder más grande frente a la venganza.
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Capítulo 2

El Trono Blanco se distinguía en el gran salón del Palacio Imperial. Si bien ostentaba el lujo y el abundante oro como ningún otro lugar en la tierra, lo más admirable era la apariencia sometedora de Los Reyes. Joseph IV de La Casa Imperial de Los Inmortales, tenía una fortaleza física descomunal. Su mirada oscura podía hipnotizar y hacer caer de rodillas ante la seducción y el poder de sometimiento. Era feroz en combate. Todos temían a la fuerza del látigo y al filo de la daga cuando enfrentaba a sus adversarios. La Reina, era una doncella dotada de una belleza inigualable. Joseph IV comenzó a amarla con toda su pasión desde la primera vez que la vio. Amó cada minúscula parte de su fisonomía, su porte altivo y el contraste de su atractiva presencia contra la monumental apariencia de dominio que él ofrecía.

El palacio permanecía custodiado por La Guardia Real, con rondas de vigilia cada cuatro horas. Los principales jefes del Ejército Imperial se ocupaban de la custodia y el entrenamiento militar de los príncipes. Las altas columnas de mármol blanco se dejaban ver desde una gran distancia, protegían el reinado más poderoso de la tierra. Dentro, se podían ver las anchas puertas que custodiaban el Trono Blanco. Solo los herederos de la inmortalidad podían ocuparlo. La escalera de mármol que serpenteaba el salón ofrecía la vista aérea más espléndida del lugar. El Trono Blanco se abría en las ceremonias solemnes. La servidumbre y la nobleza solo acudían ante su presencia cuando El Rey les enviaba el mandato real. Nadie entraba al salón sin su consentimiento. Dentro se podía experimentar una calma sometedora, como si la esencia de inmortalidad fuera parte del aire que todos respiraban.

El Primer Rey Inmortal Aslam Harven Marquisteim I, construyó el reinado sobre la base de un sólido poder, unido a la conquista y el sometimiento de los reinos dominados. Todos hablaban de la belleza física de sus primeros hijos, y la fuerza que los caracterizaba. Poseían muchos atributos semejantes a la naturaleza de su padre, pero una condición comenzó a resquebrajar la moral, eran mortales.

Y esta misma decepción lastimaba el corazón de Joseph IV, cada vez que llegaban las duras pruebas de inmortalidad a sus pequeños y resultaban fallidas. El Rey fue compasivo y los amó con una sobreprotección incomprensible. A pesar de la decepción de no concebir al heredero deseado. Sabía que sus hijos eran mortales igual que la Reina. La había despedido hacia el vuelo eterno de la muerte cinco años atrás y decidió regalarles un futuro decoroso a todos, y encontrar nuevamente al amor.

Cuando sus hijos Mixán y Maxime llegaron a la edad de casarse, les unió con hermosas doncellas de reinados cercanos, y les concedió grandes terrenos y estancias reales muy próximas al palacio principal. Les otorgó grandes sumas de oro y piedras preciosas de incalculable valor, una buena parte de la fortuna adquirida por los primeros Reyes. ParaMathew, y Robin, que aún eran demasiado jóvenes para casarse, separó la misma dote para asegurar los mejores matrimonios, y las más ostentosas herencias.

En su corazón llevaba la culpa como una carga demasiada pesada que a veces le impedía respirar, pero una esperanza latía de forma perenne, intentando que el tiempo no la apagara jamás. Tenía la certeza de que un día una semilla con su fuerza, le daría la felicidad de la continuidad de su dinastía.

Los príncipes aprendieron a cumplir las leyes del palacio: La Honra. Mostrar coraje en la batalla. Mantener el poder que protege al reino. Pero la inmortalidad del padre resultaba un enigma, y a la vez un deseo que ocultaba oscuros presagios. Uno a uno, fueron comprendiendo que las pruebas de nacimiento no le favorecían. La servidumbre murmuraba, los generales de guerra les preparaban como guerreros, pero no como herederos de la Casa Inmortal.

Joseph IV Ambery había celebrado sus doscientos años y aún lucía hermoso. Su piel permanecía fuerte como un valeroso líder de batallas, y lozana como Rey. Conoció muchas doncellas de cuna nobiliaria, pero solo una le atrapó todos los sentidos. Bastó verla para saber que era una criatura muy especial, criada con la distinción de las antiguas Casas Nobiliarias. En su corazón lo supo y sus ansias irrefrenables de amarla la convirtieron en su reina.

Contraer nupcias con Lady Ira Simberly, fue uno de los momentos más felices en la vida del monarca. Todos festejaron con alegría infinita su llegada. A pesar de su condición, una que ya había dado príncipes mortales al palacio, se respiraba la esperanza de que la joven fuera la indicada para engendrar al Heredero Inmortal. Pero los retoños del imperio comenzaron a temer por su futuro, sabían que el tiempo marchaba feroz en su contra. El miedo se fue apoderando de ellos y abrió un surco hacia la ambición, con el filo que deja heridas invisibles.

Lady Ira llegó a conocer todas las leyendas. La historia antigua del primer monarca, cantada desde siempre entre los bosques y las aldeas más inhóspitas. Y aprendió a amar a los hijos de su esposo. La primavera llegó con nuevas leyendas y cantos de cuna para la espera de su primogénito.

El día que nació Aslam Ambery todo cambió. Se celebraron fiestas por cuatro soles y tres lunas. Hubo banquetes que duraron desde el alba hasta el ocaso, y la esperanza fue apoderándose de todos, porque intuían que la calma traía buenos augurios.

Todos ansiaban llegar al palacio para ver la belleza del heredero que había hecho brotar lotos negros después de dos milenios, cuando nació su padre. Las leyendas comenzaron a cobrar vida. Los aldeanos y la servidumbre del palacio comenzaron a cantar el nombre de Aslam Ambery III, como si una fuerza mayor hubiera escrito su nombre en la cámara de los siglos.

La reina acurrucó a su príncipe en lino blanco. La sonrisa de su recién nacido la desarmaba. Sentía un amor diferente, su primogénito y el amor del rey la volvían una mujer muy dichosa. La nodriza extendió las manos y desnudó el seno para darle alimento, pero ella movió la cabeza inconforme. Miró con una honda ternura a su hijo y le dio de lactar. La servidumbre la contempló con admiración y asombro. Todas las reinas cuidaban las formas de sus pechos, y ella había sido la primera en amamantar a su hijo. Y fue entonces que la escucharon hablar.

_ Cuando se espera el nacimiento de un hijo es un gozo, es un canto desde el corazón. Es el orgullo del padre, y la seguridad de la madre. Pero cuando nace un príncipe, y tiene sangre inmortal, el reino columpia semillas de esperanza. Todo el universo sublima al Eterno Rey. Esta era la primera ley escrita en piedra por el Primer Monarca. ¿La recuerdas Noreilla? Honrar al Príncipe Heredero.

_ Si, la recuerdo, mi reina_ musitó la sierva con humildad. Nunca podré olvidarla. Parece que el destino nos habla _. Advirtió con asombro.

Recordó todo lo aprendido cuando acompañó a su doncella, Lady Ira Simberly, hija de Duques y heredera de una nobleza singular. La preparó para la boda, para la estancia en aquel palacio, y la acompañó en su nueva vida como madre de herederos de una dinastía poderosa. Todo el séquito imperial le enseñó las leyes en piedra sobre el inicio de aquel reino prometido a ser eterno.

La leyenda cobraba vida. Un canto que versaba el nacimiento de los príncipes que hacían brotar lotos sagrados en el lago de Azur. El primer grito de vida de Aslam provocó una eclosión de pétalos con el color de las noches sin lunas, como si rugieran océanos tempestuosos sobre las tranquilas aguas del lago que rodeaba el Palacio. La superficie se dejó adornar con el contraste de las flores oscuras, y el aroma intenso que embriagaba todos los senderos cercanos con su olor.

La presencia de aquellas flores exquisitas signaba una vida de triunfos y de eternidad para el continuador de su dinastía. La inmortalidad que tanto anhelaban todos, la esperaban en el nombre de Aslam Ambery III, y la noticia fue extendiéndose en todos los resquicios de la tierra. Cuando llegó a su cuarto año de edad, todos aguardaban expectantes los sucesos que harían cumplir la segunda ley: abrir las puertas que custodiaban el trono.

El ritual comenzó al clarear el alba. Las siervas bañaron al príncipe con sales aromáticas y la esencia del jazmín. Le vistieron con un traje de gala confeccionado con lino blanco y orlado con ribetes de oro puro, lucía una camisa con cuello alto abotonado con diamantes. Las vestiduras le hacían parecer un noble destinado a grandes empresas. La capa de color blanco le resaltaba su imagen inocente, mientras los cabellos negros ondulaban hacia los hombros, y la mirada era desafiante como la de un hombre que ya había vivido todas sus experiencias.

Le colocaron una corona con oro y plata diseñada para aquel momento. Le habían preparado para la llegada a las puertas del Trono Blanco. Solo debía detenerse unos minutos ante ellas, y esperar.

La madre le tomó por las manos mientras caminaban sobre la alfombra roja. Pero le dejó de conducir cuando se situó ante el Salón Real. Joseph IV esperaba impávido la revelación. Quedaron solos, padre e hijo, separados por la estrecha puerta que señalaría su destino.

Sintió los pasos cortos y acompasados, y la mirada se le bañó de orgullo. Un desasosiego indescriptible comenzó a llenarlo de emoción.

Pero el esplendor y la gloria estaban amenazados por la sombra de la traición. La ambición contenida en el espanto de las almas atormentadas de los príncipes salía a la luz. La verdad les revelaba que no habría descendencia especial sobre ellos, eran simples mortales, como lo eran todos, excepto Aslam, y no podían permitirlo. Los primeros hijos de Joseph IV, trazaron un plan de destrucción y muerte.

Mathew, Robin, y los gemelos Mixán y Maxime, compraron con oro a muchos soldados antes de iniciar el ataque. El Rey Joseph IV se levantó del trono y corrió con toda su celeridad. Aslam miró absorto la agilidad de sus pasos. Su padre, quien le esperaba, había pasado por su lado sin mirarle mientras desenfundaba sus armas, y la capa ondeaba con distinción. No tuvo tiempo de apreciar el inminente peligro. Sintió un escalofrío, un estremecimiento irreconciliable con su naturaleza, cuando comenzaron a caer las flechas y los puñales contra la familia real.

El Duque Artemían, que participaba del ritual de pronunciamiento, escuchó la voz estentórea del Rey dictándole que protegiera al príncipe. Una voz que le hizo recordar su condición, como el lazo más cercano a la familia. El Duque cargó sobre sus hombros al príncipe apenas distinguió la magnitud del peligro, y en un segundo sus hombres armados se encontraron ante un contronazo inesperado. Los príncipes gemelos hicieron un cerco sobre ellos, y arremetieron con fuerzas contra su hermano, pretendían derrotar al pequeño Aslam antes de signar su suerte, Mixán rozó una filosa espada sobre el fino cuello del niño y lo marcó con la mirada inyectada de odio.

El monarca se espantó, y arremetió con denuedo, temía lastimar a sus propios hijos, pero Aslam estaba en peligro. Intentó vencer sin causar demasiadas muertes, pero los soldados pelearon con crueldad por el oro prometido. El espanto le llegó como un relámpago cuando escuchó los gritos de las doncellas, el rugido de sus guerreros, y vio caer a las damas de compañía, y el cuerpo de su esposa, mezclarse en el trillo de sangre de La Guardia De Honor.

Joseph IV luchó con el corazón inflamado por la cólera, y una furia que lo convirtió en una amenaza feroz, pero sus gemelos sabían cómo exterminar a Los Inmortales. La educación de la realeza contemplaba estudiar las leyes heredadas por los antiguos, y no sintieron piedad cuando la daga azul viajó hacia su destino: detener los latidos del corazón.

Experimentó un dolor en todos los resquicios de su cuerpo. Sus propios hijos cortaban la línea de su vida. Las puertas del trono se cerraron con un crujido ensordecedor y el palacio se convirtió en una estela de humo y de gritos agónicos.

Aslam fue levantado por los aires, cuando un fuerte guerrero blandió la espada contra el arma que le amenazaba. El pequeño presencio una pelea sin igual, sus hermanos contra el soldado real, y el cuerpo del hombre se llenó de heridas y de flechas, mientras el Duque Artemían silbaba fuertemente a sus hombres, y lo cargaba como si hubiera dejado de tener vida.

Los soldados que aún permanecían fieles, lucharon con dignidad y total denuedo por protegerlos, mientras El Duque y los fieles que aún quedaban en pie, abandonaron el palacio y comenzaron el incierto destino de la huida.

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