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Portada de la novela Bajo dos lunas

Bajo dos lunas

En el mundo de Artheon, dos reinos enemigos se desangran en una guerra interminable. Para detener el conflicto, la princesa Selene acepta un matrimonio pactado con el príncipe heredero de la nación rival. Sin embargo, la joven descubre con horror que su futuro esposo es el hombre al que juró destruir. Atrapada entre la salvación de su pueblo y su sed de venganza, Selene deberá decidir si cumplir con su deber o dejarse llevar por el rencor.
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Capítulo 3

El castillo de la Luna Plateada era mucho más grande de lo que Selene había imaginado. A medida que atravesaba sus pasillos, rodeada de altares de piedra y tapices que representaban batallas épicas, sentía una creciente sensación de desorientación. La luz de la luna plateada, que se filtraba a través de las altas ventanas, bañaba las paredes con un resplandor frío, como si el propio castillo estuviera condenado a vivir en una eterna penumbra.

A pesar de la magnitud del lugar, el aire estaba cargado de una quietud que parecía envolverla, como si los ecos de siglos de historia, de sangre derramada y promesas rotas, resonaran entre los muros. Selene caminaba en silencio, sus pasos sonando sobre el suelo de mármol, mientras su escolta la seguía de cerca. El capitán Kieran, que había sido el primero en hablar con ella al llegar, caminaba un paso atrás, vigilante, como si la princesa fuera su responsabilidad personal.

Al final del pasillo, una enorme puerta de hierro se alzaba ante ella. Sus detalles intrincados, con figuras de lobos y espadas entrelazadas, hacían que pareciera una entrada a otro mundo. Selene no necesitó que nadie le dijera que era la puerta que la llevaría directamente al príncipe Aric. Su estómago dio un vuelco, una mezcla de miedo y curiosidad. Sabía lo que esperaba de ella, pero el hecho de estar tan cerca de enfrentarse a su destino la dejaba sin aliento.

Kieran se adelantó y, con un gesto firme, abrió la puerta.

-El príncipe Aric la espera -dijo, su voz grave.

Selene se detuvo un momento antes de cruzar el umbral, mirando a su alrededor. La habitación en la que estaba a punto de entrar era vasta, con paredes cubiertas de antiguos tapices que representaban escenas de la historia de la Luna Plateada. El aire era cálido y ligeramente perfumado, un contraste extraño con la frialdad del castillo en el exterior.

Cuando cruzó la puerta, sus ojos se encontraron con un hombre alto, de pie frente a una gran mesa de roble. Aric, el príncipe de la Luna Plateada, no era como lo había imaginado. En lugar de la imagen de un monstruo cruel, lo que vio fue un hombre que irradiaba poder, pero también una profunda tristeza. Su cabello oscuro caía con desorden sobre su frente, y su figura, vestida con una capa de terciopelo gris, parecía oscura y distante, como si él mismo estuviera atrapado entre la guerra y algo mucho más profundo.

Aric la observó fijamente, sus ojos de un azul helado que reflejaban las luces de las dos lunas. No dijo nada al principio, simplemente la miró, como si estuviera evaluando cada detalle de su ser. Selene, aunque sabía que debía mantener la compostura, no pudo evitar sentirse vulnerable bajo su mirada penetrante.

-Bienvenida a la Luna Plateada, princesa Selene -dijo al fin, su voz grave y serena, pero con un toque de frialdad que hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Selene-. He oído hablar mucho de ti.

Selene mantuvo su postura erguida, forzando una sonrisa que, aunque tímida, buscaba ocultar el torbellino de emociones que recorría su interior.

-El honor es mío, príncipe Aric -respondió, intentando que su voz sonara firme, a pesar de las dudas que la invadían.

Aric la observó durante unos segundos más, como si estuviera buscando algo en su rostro. Finalmente, hizo un gesto con la mano hacia una mesa cercana, invitándola a sentarse. Selene dudó un momento antes de avanzar hacia la mesa, sus ojos recorriendo cada rincón de la habitación. Había algo inquietante en el ambiente, algo que no podía identificar con claridad, pero que la mantenía alerta.

-No me esperaba que llegaras tan rápido -dijo Aric, rompiendo el silencio. Sus palabras eran directas, pero no agresivas-. Estaba preparado para una recepción mucho más ceremoniosa, pero parece que la paz no tiene tiempo para esperas.

Selene se sentó con cuidado, tomando asiento en una silla de madera tallada. Mientras lo hacía, sus ojos se encontraron con los de Aric, y por un momento, todo lo que había planeado decir o hacer se desvaneció. En ese instante, la figura del príncipe, lejos de ser un enemigo lejano, se presentó como un hombre real, alguien con su propio dolor, con sus propias cicatrices. Eso, por un momento, la desconcertó.

-La guerra ha tenido un precio alto para todos nosotros -respondió Selene, intentando recuperar la compostura-. Mis gentes sufren tanto como las tuyas. No tengo intención de hacer de esto algo personal, príncipe Aric.

Aric sonrió, pero no era una sonrisa de satisfacción. Era una sonrisa cargada de amargura, como si comprendiera algo que Selene aún no podía entender.

-La guerra siempre es personal -dijo él, con una dureza que desmentía la suavidad de su tono. Se acercó a la mesa y comenzó a caminar lentamente, como si cada paso lo acercara más a un pensamiento privado, uno que no deseaba compartir con su visitante-. Lo que hacemos no es un sacrificio por los demás. Es un sacrificio personal. Al final, todos tenemos algo que perder.

Selene lo observó en silencio, sin saber qué decir. ¿Cómo podía él hablar así? ¿Cómo podía alguien tan marcado por la guerra ser tan... humano? Y, sin embargo, algo en su actitud la inquietaba más que cualquier acto de crueldad. Había una paz en su mirada, como si ya hubiera aceptado la tragedia de su vida, como si la guerra fuera parte de su ser.

-No soy un hombre de muchas palabras, princesa Selene -dijo Aric al fin, deteniéndose frente a ella, como si ya hubiera decidido que no necesitaba dar más explicaciones-. Lo que tengo que ofrecerte ahora no es un matrimonio por amor, como bien sabes. Es un matrimonio por la supervivencia de nuestros reinos. Pero si lo que buscas es una guerra entre nosotros, entonces no te hará bien seguir aquí.

Selene lo miró, atrapada por su presencia. ¿Era él el mismo hombre que había destruido su vida, que había arrancado a su madre de su lado? Aquel hombre, parado frente a ella, parecía más un espectro de la guerra que un monstruo. Por un momento, Selene se vio obligada a preguntarse si había algo más en su alma, algo que no podía ver tan fácilmente.

-¿Y si no puedo olvidar lo que has hecho? -preguntó ella, sus palabras más suaves de lo que había pretendido. La verdad era que no podía dejar de pensar en su madre, en la promesa rota de venganza que había jurado cumplir.

Aric la miró fijamente, sus ojos fríos, pero con un atisbo de algo más profundo.

-Yo tampoco puedo olvidar lo que hemos hecho -dijo, su voz apenas un susurro-. Pero la paz... la paz es más importante que cualquier venganza.

Selene respiró hondo, intentando procesar sus palabras. Pero, por más que lo intentara, no podía. La sombra del pasado era demasiado grande para ser ignorada.

-La guerra nunca será olvidada, príncipe Aric -respondió, con un tono firme, pero con una tristeza que la invadía-. Y tú y yo... nunca seremos simples peones en este juego.

Aric asintió lentamente, como si aceptara lo inevitable. Ambos sabían que este matrimonio no solo marcaría el destino de sus reinos, sino que también cambiaría el curso de sus vidas de formas que ninguno de ellos había anticipado.

Y, mientras las sombras de la noche se cernían sobre el castillo, Selene y Aric se enfrentaban a la realidad de lo que significaba la paz. Porque, al final, la guerra no solo había destrozado a sus pueblos. También había dejado cicatrices mucho más profundas, las cuales solo el tiempo podría sanar. O quizás, ni siquiera eso.

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