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Portada de la novela Bajo acuerdo

Bajo acuerdo

Grace Parks enfrenta una realidad devastadora debido a las adicciones de su progenitor y una ruina financiera inminente. Para saldar una deuda peligrosa que amenaza su integridad, acepta un contrato confidencial con un enigmático multimillonario. Lo que inicia como un frío acuerdo de negocios para sobrevivir, pronto deriva en una conexión intensa e inesperada. Pese a sus intentos por mantener la distancia emocional, Grace sucumbirá ante una pasión inevitable.
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Capítulo 3

Grace se tornó lívida al escuchar la propuesta del hombre de fuerte presencia, sin embargo, no podía aceptarla. Cambiar su libertad para asumir una identidad ajena no estaba en sus planes, a pesar de la atractiva oferta financiera. Aunque el dinero sería más que bienvenido, la sugerencia de pausar su maestría durante un año y que, al concluir, él costearía la totalidad del programa académico, no encajaba con sus principios.

Si optara por el acuerdo propuesto, la deuda de su padre quedaría saldada, pero Grace estaría vinculada a la vida de este hombre durante doce meses. Durante ese período, las preocupaciones financieras quedarían atrás, y no habría nada de intimidad entre ambos. La relación sería puramente una fachada ante la familia del hombre, concebida únicamente para eludir un matrimonio forzado. A pesar de sonar como un cliché, la contradicción entre la apariencia de opulencia del hombre, evidenciada por su costoso traje, y la elección de Grace como su pretendida esposa temporal suscitaba interrogantes.

Ella no se sentía bien, ni física ni emocionalmente. A lo largo de los años, descuidó su bienestar, y esta oferta la hacía cuestionarse más sobre su autoestima. ¿Por qué no elegir a otra mujer más capacitada y atractiva para el papel que él sugería? La situación la llevó a reflexionar sobre aspectos que había pasado por alto en medio de sus desafíos y preocupaciones cotidianas. Grace necesitó un momento para pensar en la propuesta. Observó su reloj; solo faltaban dos paradas, menos de cinco minutos para llegar a su destino. Sin embargo, la ansiedad se reflejaba claramente en el rostro del hombre que aguardaba su respuesta frente a ella.

—Quizás no acepte de inmediato, pero necesito tiempo para pensar en su propuesta—, dijo Grace al ponerse de pie. La preocupación la invadió al recordar que le habían robado parte de su bolso, y solo le quedaba el cordón sobre su hombro. A pesar de la sonrisa sarcástica del hombre, ella se negó con determinación cuando él le hizo señas para que regresara a su asiento.

El hombre, acostumbrado a que todos cumplieran sus órdenes, se sorprendió al ver la firmeza de Grace.

—Vuelve a sentarte, Grace—, ordenó con tono firme y autoritario. Ante esto, ella respondió con determinación:

—A diferencia de usted, que parece disfrutar molestando a los familiares de otros con esa etiqueta de ‘garantía’, yo tengo un trabajo que no puedo perder. Mi parada es la siguiente, dile a tus hombres que se aparten porque me voy a bajar.

— ¿No entiendes, Grace? Vuelve a tu lugar—replicó el hombre con tono autoritario.

—No, es usted quien no entiende. Me bajaré del tren. Si tengo que enfrentarme a sus hombres, lo haré, pero no perderé mi trabajo. Haga lo que quiera, pero no me dejaré intimidar—afirmó Grace con determinación, desafiando la autoridad del hombre.

Al notar la firmeza de Grace, Edward, el hombre dominante, experimentó una extraña sensación interna. Edward, magnate con imperios en restaurantes, hoteles y casinos en todo el mundo, acostumbrado a conseguir lo que deseaba, se vio momentáneamente sorprendido por la valentía de la mujer que desafiaba su autoridad. Aunque le dio un breve plazo, ya estaba decidido a seguir con su plan, y en su mente, Grace se volvía perfecta para el papel de su prometida ficticia.

—Bien, tienes veinticuatro horas, ni una más, —le dijo Edward a Grace. Luego, indicó a uno de sus hombres que la dejara pasar. El vagón se detuvo en la parada de Grace. Antes de bajar, ella se detuvo y miró a Edward.

— ¿Cómo sabré que he tomado una decisión? Por cierto, no sé su nombre. ¿Cómo es que dijo que se llama?— preguntó Grace antes de abandonar el vagón. El hombre apretó los labios, evidenciando su firmeza.

—No lo he dicho. —Hizo una breve pausa entrecerrando su mirada. —Me llamo, Edward. Y lo sabré, confía en eso. Buen día, Grace. — dijo Edward. Luego, Grace descendió, las puertas se cerraron, y ella permaneció mirando hacia el otro lado de la ventana donde estaba el hombre. Mantuvo la mirada sin pestañear hasta que el vagón comenzó a moverse y siguió su camino.

Mientras Grace se dirigía apresuradamente a su trabajo, su mente se vio inundada por el recuerdo del inusual acuerdo propuesto por el hombre del vagón. Recordó cómo él, Edward, y su título presumido: magnate de imperios empresariales, le había pedido que fuera su prometida ficticia durante doce meses. La propuesta incluía resolver sus asuntos financieros: él se comprometía a cubrir los costos de su maestría y proporcionarle una suma generosa para asegurar su comodidad durante varios años. Aquel recuerdo la dejó perpleja, reflexionando sobre las implicaciones de tal oferta y las decisiones que tendría que tomar. Sin embargo, al mirar su reloj, se dio cuenta de que estaba llegando tarde a su trabajo, y con un suspiro, se apresuró aún más, dejando atrás las complejas decisiones que la aguardaban.

Mientras avanzaba hacia su trabajo en la tranquila tarde, Grace experimentaba el cálido saludo de la dueña de la florería y las sonrisas amigables de las personas conocidas en su camino. El sol descendía gradualmente en el horizonte, pintando el cielo con tonos dorados y naranjas. Al llegar al lugar donde desempeñaba su labor, el aroma tentador de la comida se mezclaba con el ajetreo amigable del personal. Aunque el recuerdo del intrigante acuerdo con Edward persistía en su mente, la familiaridad de su entorno y las interacciones cotidianas proporcionaban un breve respiro antes de sumergirse en las complejidades de su jornada laboral vespertina.

«Concéntrate, Grace, luego te sigues preocupando»

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