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Portada de la novela Bailar con el fuego

Bailar con el fuego

Marco Rizzo es un magnate implacable que debe cumplir con la orden de su padre: asegurar un heredero para su imperio. Su dominio se tambalea al conocer a Ámbar, una mujer rebelde que enfrenta la ruina financiera de su familia. Aunque ella se refugia en la danza y protege sus principios morales, la atracción mutua los empuja a una relación prohibida. Entre el deber y el deseo, ambos se sumergen en un juego de seducción donde el peligro amenaza con destruirlos.
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Capítulo 2

Marco Rizzo era el heredero de un enorme imperio empresarial. Rico y muy apuesto, el último año se había vuelto el soltero más codiciado del país. Alto, musculoso y con un rostro anguloso enmarcado por un sedoso y brillante cabello negro. Sus ojos dorados lo hacían lucir a menudo como un ave rapaz al acecho, sobre todo cuando estaba enojado.

Y ese día, la rabia lo estaba carcomiendo por dentro.

Con casi treinta años, él recibía la presión de su padre por casarse con alguna mujer insulsa de la alta sociedad y tener un heredero. De lo contrario, su padre legaría todos sus bienes a su hermano menor, Alex, quien ya tenía dos hijos y una mujer sumisa que sólo sabía gastarse el dinero.

Marco prefería viajar, hacer deporte y tener sexo casual. No estaba listo para comprometerse con nadie. Ninguna de las mujeres que su padre quería para él, le movía un pelo en lo más mínimo, y eso a pesar de haberse acostado ya con ellas.

Ahora, su progenitor le había exigido que arreglara sus asuntos ese año, o se preparara para trabajar bajo las órdenes de Alex.

Eso lo había enfurecido. No bastaba lo diestro que fuera en los negocios o lo arduo que hubiera trabajado, a su padre sólo le importaba la descendencia. Y en su arcaica forma de pensar, Marco se estaba poniendo mayor, por lo que ejercía cada día más y más presión.

No veía la hora de salir de la oficina y descargar su enojo haciendo algo de ejercicio, y tal vez acostándose con alguna mujer de su agenda.

Ya pensaría cómo zafarse de las exigencias de su padre.

Lo primero que hizo al salir fue ir a su mansión, para entrenar en el gimnasio privado. Ubicada a las afueras de la ciudad, y bien resguardada, vivía solo en el enorme y lujoso caserón, rodeado de empleados y de comodidades.

Entrenó hasta que sintió que sus músculos estaban cansados, pero aún sentía el fuego en su pecho y necesitaba una mayor descarga. Se dio un baño para relajar su cuerpo y mientras se secaba con una bata de toalla, buscó en su agenda del móvil.

Se decidió por un nombre y marcó.

-Judy, ¿cómo estás? Enviaré una limusina para que te traiga a la mansión. ¿De acuerdo?.

-Oh claro, Marco, estaré encantada de ir.

Bien. Judy sería perfecta para descargar, no exigía nunca que fuera cariñoso y era muy complaciente. Necesitaba algo de acción fuerte ese día.

En pocos minutos, Judy llegaba a su habitación.

Su recámara tenía una enorme cama, y ventanas que proporcionaban una gran iluminación y vistas hacia el magnífico jardín, unos sillones de un intenso color granate, paredes color crema y cortinas magníficas. Había una bellísima chimenea.

Cuando llegaron a la habitación, Judy lo empujó hacia el sillón frente a la ventana desde la que se veía la fuente del jardín, apenas iluminada y rodeada de flores, y más allá los altos árboles que rodeaban la mansión

Se paró frente a él, y dejó caer su abrigo. Con suavidad, deslizó el vestido por sus hombros, y lo bajó con lentitud hasta el suelo. No se había puesto ropa interior, así que estaba de pie, con tacones, y sólo unas joyas vistiendo su voluptuoso cuerpo, y el cabello negro curvandose en sus hombros y sus grandes senos.

Los ojos de Marco brillaron de deseo. Ella se acercó y lo besó con hondura, mientras comenzaba a desvestirlo. Él llevaba apenas una camisa y un pantalón de seda. Le quitó la ropa deliberadamente despacio, disfrutando el roce con cada tenso músculo de ese cuerpo perfecto, que se contraía con excitación como un tigre hambriento preparándose para saltar sobre su presa.

La dejaba hacer porque lo disfrutaba, pero en cuanto le cediera el poder, no sería delicado.

Ella descendió a su entrepierna y terminó de liberar la creciente erección. Se lo llevó a la boca, saboreando con placer y él la sujetó de la cabeza, anhelando profundidad. Judy lo soltó y dándole la espalda se sentó con suavidad sobre su miembro, friccionándose contra él con el trasero mientras jadeaba y llevaba las manos de Marco a sus pechos para que la tocara.

Él no se contuvo más. Gruñó con voz gutural.

-Oh ¿es una invitación?

Con un movimiento rápido y salvaje, la tomó de la cintura, poniéndola contra el respaldo del suave sillón y sin previo aviso, la penetró con fuerza desde atrás mientras ella intentaba sujetarse de la tela del tapizado y gemía con intensidad. Le gustaba esta versión de Marco que la dejaba a veces casi gozosamente adolorida, que la embestía profundo, muy muy profundo, y con fiereza.

Con un fuerte brazo la sujetaba de la cintura, y con la otra mano acariciaba su sexo con fuerza, orillándola al placer mientras sus redondos pechos bailaban en el aire. Era casi frenético, y sus voces gimiendo y sus gritos de placer rebotaban en los altos techos y las paredes de su habitación en la mansión.

-Uf, estuvo bien Judy. Te agradezco. Lo estaba necesitando.

-A tí cariño, sabes que siempre estoy disponible.

-Carlo te llevará de nuevo a tu casa, en la mesita te dejé un regalo.

A Judy le brillaron los ojos. Marco era generoso, le gustaban las joyas y siempre le regalaba un nuevo conjunto.

Por supuesto, esta vez no fue diferente. En una caja de terciopelo se encontró con un collar y pendientes de plata con rubíes engarzados. Bien valía otro revolcón, aunque con Marco hasta lo haría gratis.

Aún desnuda, se le acercó sugerente.

-¿Seguro no quieres otro poco?

Marco gruño. En realidad sí. Necesitaba más.

-Ven aquí. Saboreame. Hazlo bien.

Y Marco la tomó de la cabeza guiando su boca a su mástil nuevamente listo.

Estaba al fin relajado en su casa, cuando recibió una llamada de su amigo Franco.

-Oye Marco, tienes que venir esta noche al club. Hace tiempo que no nos vemos y sé que te ayudará a distraerte.

-No me agrada ese lugar, Franco. Sólo voy si debo hacer negocios, a muchos de mis socios les gusta, pero no es mi estilo.

-Vamos, te hará bien, hay bailarinas nuevas. Además hace siglos que no nos vemos.

Seguramente Franco necesitaba un préstamo, era la única razón por la que solía insistir tanto.

-Bien, iré, pero sólo un par de horas, estoy algo cansado hoy.

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