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Portada de la novela ¡Ayuda, mi esposo magnate se niega a divorciarse!

¡Ayuda, mi esposo magnate se niega a divorciarse!

William contrajo nupcias con Renee solo por compromiso. Tras el retorno de su exnovia encinta, el entorno vaticina una ruptura inminente. Renee afirma desear la separación con fervor, pero los demás sospechan que solo finge para no ser humillada. La sorpresa estalla cuando William rechaza tajantemente el divorcio y jura acciones legales contra quienes hablen de ello. Desconcertada, ella intenta descifrar qué busca ahora su esposo con este cambio.
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Capítulo 3

Las palabras de Renee podrían haber tocado una fibra sensible o infundido miedo en Sylvia, ya que esta última se quedó en silencio durante varios segundos, reflexionando. Justo cuando Renee se preparaba para otra avalancha de declaraciones audaces, William le arrebató el celular. Luego, un beso, feroz y exigente, la dejó sin aliento.

Él no era de los que hacían promesas vacías, de modo que le mostró lo gentil que podía ser. Después de lo que pareció una eternidad de tormento, Renee rompió en llanto y le suplicó misericordia. Solo entonces el hombre cedió.

Agotada por la terrible experiencia, la chica se quedó dormida casi instantáneamente. Durante toda la noche, permaneció en un estado de semiconsciencia, por lo que pudo percatarse vagamente cuando William se levantó de la cama.

A la mañana siguiente, se despertó sola. Yacía ahí, en la enorme cama que contenía recuerdos frescos y persistentes, con la mente a la deriva en contemplación. Se volvió hacia las cortinas corridas, las cuales difuminaban los límites entre los rayos del final de la mañana y el inicio de la tarde.

Una oleada de cansancio la invadió cuando tomó su celular. El cuerpo aún le dolía por el apasionado encuentro de la noche anterior. Fue entonces cuando vio una publicación de Sylvia en Instagram, que capturaba claramente a William desde atrás, absorto en la cocina. La comprensión la golpeó como el filo de un cuchillo.

En un ataque de ira, arrojó su celular contra la pared. A pesar de la fuerza que usó, el dispositivo sobrevivió al impacto milagrosamente.

"¡Maldita víbora! ¡Maldito desgraciado!", gruñó, con los puños apretados por la ira.

Levantó la manta y trató de ponerse de pie; sin embargo, el dolor persistente hacía que cada movimiento fuera una tortura. Todo era por culpa de ese cabrón. Pero, él, por su parte, no sentía ningún malestar en absoluto. Al contrario, estaba de tan buen humor que fue a cocinar para su amante.

La ira de Renee ardía, alimentada por el dolor punzante que la embargaba y por la traición recién descubierta.

Sabía que la publicación de Sylvia fue una provocación deliberada.

En ese momento, oyó unos golpecitos vacilantes en la puerta, seguidos por la voz tímida de la niñera. "Señora Mitchell, ¿ya se despertó? Su esposo me pidió que le preparara algo para la resaca".

Al oír eso, la otra se enfureció aún más. Ahora que William estaba revolcándose con su amante, ¿por qué se molestó en enviar a la niñera? Inhaló con fuerza, en un intento de calmar la tormenta creciente que se agitaba en su interior.

"Ya estoy mucho mejor. Gracias. No necesito ningún remedio", contestó con voz tensa.

No obstante, la niñera permaneció en la puerta. En un tono suave y persistente, informó: "El señor Mitchell también le dejó una pastilla. ¿Quiere salir y tomarla?".

Confundida y movida por la curiosidad, Renee abrió un poco la puerta y se asomó. "¿Qué pastilla?", preguntó, frunciendo el ceño con suspicacia.

"Después de lo de anoche...", comenzó a decir la niñera. Incapaz de terminar su oración, se quedó callada en un gesto de mesura.

Eso fue la gota que colmó el vaso. El autocontrol de Renee se rompió como una cuerda que había estado tensa durante demasiado tiempo.

Estaba al borde de un arrebato.

Durante los tres años que había estado casada, había tomado diligentemente una píldora de emergencia después de cada uno de sus encuentros íntimos con William. La idea de formar una familia aún no le atraía; no estaba preparada para convertirse en madre.

Pero que ella no quisiera era una cosa; ¡que él le comprara las pastillas y la obligara a tomarlas, era otra muy distinta!

"¡No la voy a tomar!", declaró desafiante y con una voz cargada de determinación. "¡Dile a ese cabrón que si me quedo embarazada, tendré el bebé! ¡Veamos cómo se las arreglará!".

Sus palabras resonaron con fuerza, mientras cerraba la puerta con un golpe sordo, cuyo sonido reverberó en las paredes.

En el momento en que la niñera se marchó, comenzó a buscar en la habitación las pastillas de emergencia que había comprado tiempo atrás. Su comentario anterior no fue más que un amargo pinchazo.

Sintiéndose agotada, se desplomó sobre la lujosa cama. Su cuerpo se retorcía y giraba, tratando de encontrar consuelo en las suaves sábanas. Mientras el sueño desvanecía su conciencia, su mente hervía de maldiciones dirigidas a William. Luego, reflexionó sobre su inesperado regreso del servicio militar. ¿Acaso su repentina aparición estaba relacionada con algún problema que involucraba a Sylvia?

Sus sospechas dieron en el blanco; el regreso de William tuvo todo que ver con Sylvia. Apenas lo liberaron, intentó comunicarse con Renee, pero no tuvo éxito. Sus indagaciones lo llevaron a descubrir las recientes escapadas de su esposa, así como el hecho de que contrataba chicos de compañía. Preso de una mezcla de rabia y desesperación, irrumpió en el bar que Renee frecuentaba. Luego de sacarla a rastras y darle una "dura lección", corrió a atender a su amante...

Entretanto, en el hospital, Sylvia estaba sentada, luciendo muy incómoda, mientras el médico terminaba de examinarla.

"Aparte de una leve anemia, usted se encuentra perfectamente bien. Por cierto, ¿este caballero es su esposo?".

Esa pregunta la tomó por sorpresa, por lo que un rubor de vergüenza tiñó sus mejillas.

Inclinándose ligeramente hacia delante, William preguntó: "Doctor, ¿debe tomar alguna precaución adicional? ¿Necesita evitar algún alimento específico?".

No confirmó ni desmintió la suposición del médico, preservando así la dignidad de Sylvia.

"Solo tiene que evitar los mariscos, especialmente los cangrejos. Más allá de eso, puede comer lo que se le antoje. Ahora todavía tiene náuseas por el embarazo, con que logre comer algo ya es bastante".

"Entiendo. Muchas gracias, doctor". La respuesta de William fue cortés y estaba teñida de una sensación de alivio.

Después de salir del consultorio, le dirigió una mirada furtiva a Sylvia, quien acunaba su vientre con suavidad y con una expresión que irradiaba la alegría propia de una madre primeriza.

El hombre suspiró, antes de susurrar suavemente: "Sylvia...".

"Creo que... puedo sentir los latidos del bebé", dijo ella, con una voz temblorosa de asombro. Luego, sus ojos brillaron cuando se encontraron con los de él.

William hizo una pausa, sintiendo el peso de sus siguientes palabras presionándolo. "Deberías considerar interrumpir el embarazo".

"¡No!". La voz de la joven se quebró, en un rechazo visceral. Un instante después, las lágrimas brotaron de sus ojos, al mismo tiempo que imploraba: "Quiero este bebé. Déjame tenerlo, por favor. No me obligues a renunciar a él. Si es necesario, puedo criarlo sola...".

"¿Crees que puedes tomar la decisión de tener a ese bebé sin mi consentimiento?".

La voz gélida y aguda de Renee interrumpió la conversación. Tanto Sylvia como William se giraron, solo para verla en la esquina del pasillo, con los brazos cruzados. Su presencia se sintió como la de un fantasma en una fiesta. Su postura y su mirada penetrante no dejaban lugar a dudas sobre su postura. Después de todo, ella era la legítima esposa de William, y sus palabras tenían peso y autoridad...

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