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Portada de la novela Aventura con el Doctor.

Aventura con el Doctor.

Jane es una enfermera principiante que, tras ingresar al hospital más importante de Londres, enfrenta el mayor reto de su vida: el doctor Dante Mark. Él es un cirujano de élite, conocido tanto por su brillantez como por su frialdad y arrogancia. Aunque sus personalidades chocan, un giro del destino los arrastra a una inesperada conexión íntima. Ahora, la joven deberá descubrir si es capaz de romper la coraza de este hombre y conquistar su gélido corazón.
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Capítulo 2

Al entrar al quirógrafo, me pongo más nerviosa. Una enfermera me ayuda a desinfectarme, para luego darme una bata, tapabocas y unos guantes.

Cuando la cirugía terminó, pude respirar con tranquilidad.

–Listo.–Gritó el doctor al terminar. Tome un pañuelo y le limpie su frente. Al sentir su piel liza, los vellos de mi piel se me erizaron, mientras trago saliva de los nervios.

Él me miró de reojo y mofó de mí, así que de inmediato, quite mis manos de su piel morena y sudada.

–Gracias a todos, pueden irse.–Agradece para que todos se vayan del lugar, respirando tranquilamente porque fin haya acabó de la cirugía. Todos salen suspirando del cansancio. Después de todo, yo también suspiro y me dirijo a la puerta con todas las enfermeras, pero el doctor me detiene.

–Jefferson, no le he dicho que se vaya.–Corro hacia él de inmediato, ya que luce molesto al llamarme.

–Lo lamento, creí que lo decía en general.–¿Por qué estoy mirando al suelo otra vez? El hombre me hacía sudar la gota gorda, no sólo porque fuera lindo, sino porque me ha dado la impresión de que es un maldito tirano.

–Señorita Jefferson, usted es mi asistente, tiene que estar conmigo todo el maldito día. ¿En serio quiere que la regrese a Peyton?–Me amenaza como si yo fuera una niña.

–No doctor, lo lamento.–Le dije aferrándome a mi brazos. No quería volver a la universidad, ni a mi pueblo natal. Todo era tan aburrido y de tan poca clase. Era una bendición que me hubieran mandado a Londres, aunque fuera una equivocación de un mal sorteo.

–Bien, sígueme.–Yo solo suspiro cansada, sabía que tendría que hacer mucho al lado de este hombre. Lo que me espera con este doctor con el carácter del infierno.

*

Después de trece consultas y dos puntadas, por fin pude salir a comer.

Y aunque no tenía dinero, pude comer algo gracias a Ross, la jefa de enfermeras, quién me invitó a comer en el comedor de hospital. Ella era muy linda conmigo y no parecía ser tan arrogante como las demás enfermeras.

–Tienes suerte, muchas quisieran estar con el doctor Mark.–Me comenta mientras está probando su budín, dentro de la cafetería del hospital.

–Es muy demandante, preferiría estar con alguien más amable.–Solo llevo algunas horas con él y ya estoy agotada.

–El doctor Mark suele ser muy especial y quisquilloso, él suele humillar a la gente, cuando no están en su mismo canal.–Me dice lamiendo su cuchara. – Pero no te lo tomes como si fuera personal, el hombre es bastante perfeccionista, se lo merece ´ha trabajado mucho.

–¿Como que humillar?–Pregunté metiendo la comida en mi boca como fuera posible, también era una bendición comer aun cuando no tenía dinero, así que tenía que aprovechar y comer todo lo que pudiera.

–Nadie es tan buen doctor como él y el hombre lo sabe.–Dijo sin más mientras que podía entender que quizás él mismo se hizo la fama por una razón muy buena.

–Que creído.–Rodé los ojos mientras mastico arroz blanco.

–Pero no me dirás que es un dios griego.–Comentó como una colegiala que hablaba de un chico que quizás era la sensación de la escuela, pero ya no estábamos en el colegio, esto era la vida rutinaria de cualquier persona cuando ya acaba su carrera.

–Si, pero...–Pero me interrumpe, ya que quizás no había peros para esta plática.

–Tienes suerte, él no trabaja nunca con las nuevas, ya que es muy especial y tienes que tener experiencia para trabajar con él.–Supongo que mi racha de buena "suerte", ya no es tan "buena.

–Daré lo mejor para poder llegar a ser, aunque sea un poco buena.–Digo feliz y con algo de optimismo.

–Buena suerte linda.–Me dice la chica mientras me lo dice con tanta sinceridad, mientras siento sus buenas vibras pasando por todo mi cuerpo.

Ross era una mujer de treinta años, hermosa y lista, tenía dos hijos mientras que su marido la dejó cuando nació su segundo hijo. Por suerte ella me dijo que podía quedarme con ella en su departamento, que está en los suburbios, pero es mejor que un hotel de mala muerte.

–Gracias de nuevo.–Le agradezco mientras caminamos hacia los consultorios. Yo estoy con el estómago lleno y la cara llena de felicidad.

–No hay de qué.–Me dice metiendo su termómetro en su bata, pero por causas del destino, una puerta se abre con fuerza, haciendo que me golpeara en el pecho. No pude evitar caer adolorida mientras él hombre de paquetería me mira.

–Como lo siento señorita.–Deja sus cajas y me ayuda a levantar.

–¿Estas bien?–Me pregunta Ross muy preocupada.

–Si.–Les digo levantándome del suelo, pero una mancha roja en mi uniforme dice lo contrario.

–Te has abierto.–Me dice Ross con sus ojos bien grandes, mientras pone sus dos manos en su boca.

–Como lo siento, señorita.–Me dice el joven de paquetería, ya que me ha golpeado con la esquina de una caja grande.

–No se preocupe...–Intenté ser amable con él, ya que yo no era la clase de persona que haría un escándalo por algún error humano.

–Ven, tendrán que checarte.–Ross me lleva a un cubículo y me hace acostarme en una camilla limpia.–Llamare al doctor.–Yo la espero tranquila, aunque me arde el pecho. Y cuando Ross regresa, me empiezo a sentir tranquila, pero mi tranquilidad se va, cuando veo la cara del doctor Mark. De inmediato me incorporó con el susto de mi vida, por otra parte, él me empuja para que me acueste de nuevo a la camilla.

–¿Qué le pasó?–Preguntó cansado y mirando a Ross con frialdad.

–Un torpe entrega cartas la golpeó con una gran caja.–Responde Ross realmente preocupada por mí.

Por otra parte, el doctor suspira una vez más con cansancio, esto era un problema más para el itinerario que el hombre importante tenía.–Sal de aquí.–Le dijo con frialdad a Ross, mientras ella intimidada sale del cubículo, para después cerrar las cortinas.

–Tendrías que ser tú la que haga estas cosas.–Me dice refiriéndose a que revisiones así, las hacemos las enfermeras, no el mejor doctor del hospital.–No alguien como yo.–Escupe sin más.

–Le dije a Ross que estaba bien.–Le contesté molesta de que Ross le llamara a él doctor.

–Abre tu camisa.–Me pide como si me estuviera ordenando.

–¿Qué?–Preguntó atónita, aunque era una persona optimista, era una persona pudorosa y algo tímida con mi cuerpo. A pesar de ser enfermera, me dediqué tanto a esta carrera, que quizás pude dejar a un lado mis relaciones amorosas.

–¡Que la abras!–Gritó con fuerza para luego romper mi camisa, mientras los botones truenan, dejando ver mi cuerpo desnudo.–¿Estabas bien? –Alza la ceja al ver la gran cortada que me hizo una indefensa caja de cartón.–Niña, te golpeo tan fuerte que tengo que darte puntadas.–Él hombre enojado, toma un botiquín y empieza a darme un tratamiento, para después darme tres puntadas que me hicieron sacar lágrimas.

Al terminar, el doctor Mark limpia mi sangre.

–Listo.–Me dice tirando una gaza al contenedor de basura.–Tendrás que limpiarlo unas dos o tres veces al día. No te pongas blusas que tengan el cuello muy arriba, usa algo escotado.–Me da indicaciones que son muy pobres para un doctor de tal categoría como él. Eso parecía muy poco creíble para mí, ya que esa no es una indicación de un buen doctor.

–Si.–Le dije mientras intento ponerme mi blusa, pero al ver que no tiene botones me quedo paralizada.

–Tengo que hacer todo por ti.–Escupe enojado mientras resopla enojado. Él toma mi bata y me la quita por completo, dejando mi sostén rojo a los cuatro vientos. Él me mira solo un poco y me dice.–Toma.–Me da una bata que está colgada en medio del cubículo.

–Gracias.–Le digo apenada mientras él solo golpea el suelo con sus zapatos finos.–Gracias, otra vez.–Le digo ya vestida.

–No he acabado con usted señorita Jefferson.–Ahora me sorprende, ya que yo quería salir corriendo del lugar.

–¿No?–Pregunté nerviosa, porque yo solo quería irme. Él me toma con fuerza y con sus labios rojos me besa mientras mete su lengua en mi boca, haciéndome probar su saliva sabor a fresa. Sus manos recorrieron mis caderas, para después tocarme todo el cuerpo.

–Usted es tan torpe.–Escupe mientras se está alejando un poco de mi.– Una idiota.–Pero sus labios me besan de nuevo, mientras su mano derecha se adentra en mi pantalón blanco, haciendo que me aferrara más a su cuerpo.–Una cabeza hueca.–Expresa aún con sus labios en mí. No entendía que pasaba aquí. Hace algunas horas creí que el hombre me odiaba, pero ahora no sé qué está sucediendo.

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