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Portada de la novela Atrapada en el Veneno Familiar

Atrapada en el Veneno Familiar

A las puertas del examen que marcará su destino, una joven descubre la traición de su hogar mediante un don sobrenatural: escuchar pensamientos ajenos. Su familia pretende truncar su futuro y casarla con Carlos para favorecer a Elena, la supuesta heroína. Tras ser recluida y drogada bajo el pretexto de una profecía, su única esperanza reside en pactar con la persona a la que intentan proteger de su supuesta maldad. Una lucha por la libertad.
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Capítulo 3

La razón de la locura de mi familia era un viejo libro de cuentos con la portada gastada que mi padre guardaba como si fuera la biblia. No era un libro de profecías ni nada sagrado, era una simple novela que el padre de Elena, su mejor amigo, le había regalado antes de morir en un accidente. La historia trataba sobre dos amigas: una heroína bondadosa y popular, y una villana envidiosa y malvada que intentaba destruirla. Mi padre, en su dolor por la pérdida de su amigo y su lealtad a su memoria, se convenció a sí mismo de que esa historia era un presagio. Elena era la heroína. Y yo, su propia hija, era la villana.

Mi madre y mi hermano Pedro habían sido absorbidos por esta fantasía retorcida. Cada éxito mío, cada pequeño logro, lo veían como una prueba de que la "villana" estaba ganando poder. Cada desgracia de Elena, por pequeña que fuera, era mi culpa.

Escuchaba sus pensamientos constantemente.

"Hoy a Elena le fue mal en un examen. Seguro es porque Sofía le echó la mala suerte."

"Elena se tropezó en la calle. Sofía debe haber deseado que le pasara algo."

"Le robaron el almuerzo a Elena en la escuela. Fue Sofía, estoy seguro, para que no tuviera energía."

Nunca había hecho nada de eso. De hecho, muchas veces compartí mi propio almuerzo con Elena, la ayudé a estudiar y la cuidé cuando estuvo enferma. Pero en la mente de mi familia, mis actos de bondad eran solo una fachada, una estrategia de la villana para ganarse la confianza de la heroína antes de dar el golpe final. Y el golpe final, según ellos, era la universidad. Si yo lograba entrar, le estaría robando el futuro a Elena, la estaría destruyendo.

Solo Elena nunca me vio de esa manera. Para ella, yo era su amiga, su confidente, su hermana.

"No les hagas caso, Sofía" , me decía a menudo, cuando notaba las miradas frías de mis padres. "Están amargados. Pero nosotras vamos a demostrarles que podemos lograrlo todo."

Su fe en mí era lo único que me mantenía en pie.

Esa tarde, después de que Elena se fue, mi padre me ordenó que cortara la leña para la cocina. Hacía frío y una tos seca me arañaba la garganta desde hacía semanas. Mientras levantaba el hacha, un acceso de tos me sacudió y la hoja resbaló, abriendo un corte profundo en mi mano izquierda.

La sangre brotó, caliente y espesa, manchando la madera. Entré a la casa, apretando la herida.

"Mamá, me corté."

Mi madre apenas levantó la vista de su tejido.

"Siempre tan torpe. Ahora no podrás lavar los platos. Límpiate eso, estás ensuciando el piso."

Su pensamiento fue aún más cruel.

Perfecto. Con la mano lastimada, no podrá escribir bien en el examen. Es una señal. El destino está protegiendo a Elena.

Mi padre entró y vio la sangre.

"No es nada. Un poco de tierra lo cura. Apúrate con esa leña, que se hace de noche."

Me empujó de vuelta hacia el patio. El frío se metía en mis huesos y en la herida abierta. Cada golpe del hacha era una agonía. La sangre seguía goteando, mezclándose con el polvo. Esa noche, mientras me envolvía en una manta delgada, temblando de frío y dolor, con la mano vendada con un trapo sucio, pensé en rendirme.

Pensé en la muerte como una liberación.

Ojalá existiera otra vida, recé en silencio. Y si existe, por favor, que no vuelva a nacer en esta familia. Que no tenga que conocerlos nunca más.

A la mañana siguiente, Elena vino a buscarme para ir a la escuela. Vio mi mano vendada y soltó un grito ahogado.

"¡Sofía! ¿Qué te pasó? ¡Tía, tío! ¿Por qué no la llevaron al doctor?"

Corrió a la cocina y regresó con agua limpia y un botiquín que ella misma guardaba en su mochila. Con una delicadeza infinita, limpió la herida y la vendó correctamente.

"Eres una tonta por no decir nada" , me regañó suavemente. "Y ellos… no entiendo cómo pueden ser así."

Mi madre, desde la cocina, la escuchó.

Siempre defendiéndola. Esta Elena es demasiado buena, no ve la maldad que tiene enfrente. Sofía la está manipulando, haciéndose la víctima.

Luego, mi madre se acercó a Elena con una sonrisa.

"No te preocupes, Elenita. Sofía es fuerte. Además, eres tan buena y amable, siempre cuidando de los demás. Eres un ángel."

La ironía era tan amarga que casi me hizo reír.

Mientras caminábamos hacia la escuela, la tos volvió, más fuerte esta vez. Me doblé, luchando por respirar. Elena me sostuvo, preocupada.

"Sofía, esa tos no suena bien. Llevas semanas así. Tienes que ver a un doctor."

"No es nada, solo un resfriado."

Pero yo sabía que no era un resfriado. Sabía que algo dentro de mí se estaba rompiendo, algo más que mi espíritu.

Esa noche, escuché a mis padres susurrando en su habitación.

"La tos es una nueva treta" , dijo mi padre. "Está fingiendo para dar lástima y que la dejemos en paz con lo del examen. La villana es astuta."

Mi madre estuvo de acuerdo.

"Mañana la encerraremos. Diremos que es para que se recupere. Así no podrá ir al examen y Elena estará a salvo."

Me quedé helada en mi cama, escuchando mi sentencia de muerte. No era solo el examen lo que me estaban quitando. Me estaban quitando la última pizca de esperanza que me quedaba.

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