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Portada de la novela Atada a un frío CEO: no me deja ir

Atada a un frío CEO: no me deja ir

Con la muerte de la tía de Alexander, quien impuso el matrimonio, todos esperan el divorcio ante el regreso de su antigua amante. Freya afirma querer la separación mientras soporta las burlas externas, pero el panorama cambia drásticamente. El gélido CEO anuncia públicamente que no piensa dejar a su esposa, desafiando las expectativas sociales. Confundida y atrapada, Freya intenta descifrar por qué el hombre que no la amaba ahora se niega a soltarla.
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Capítulo 1

"El número que usted marcó no está disponible por el momento. Por favor, intente de nuevo más tarde". La grabación, monótona y distante, resonó en la fría sala de urgencias.

La enfermera, visiblemente impaciente, miró a Freya Brown. "¿Sigue sin poder contactarlo?".

Freya dejó el celular a un lado y esbozó una sonrisa agotada. "¿Puedo firmarlo yo misma?".

Con un suspiro, la enfermera le entregó el formulario de consentimiento para la anestesia, murmurando algo sobre el retraso.

Freya había llamado siete veces a Alexander Scott y aún no había recibido respuesta. Si se hubiera tratado de una cuestión de vida o muerte, podría haber fallecido antes de que su esposo siquiera se diera cuenta.

Su mano comenzó a entumecerse después de que la anestesia hiciera efecto, y el médico empezó a extraerle fragmentos de vidrio de la palma mientras le preguntaba cómo se había lastimado.

Su accidente no había sido nada dramático: simplemente no podía dormir y pensó que sería bueno hacer algo útil. De alguna manera, mientras intentaba limpiar una ventana, el cristal explotó de repente y se esparció por todas partes.

Mientras el médico trabajaba, alzó la mirada y le preguntó si solía tener problemas para dormir.

Ella negó con la cabeza y respondió que la mayoría de las noches dormía bien, pero que esa noche era diferente. Tenía demasiadas cosas en la mente.

Su celular vibró, interrumpiendo la conversación.

Lo tomó, lo desbloqueó y vio un mensaje de un número desconocido. Adjunto había un video.

Aunque la iluminación era tenue y poco clara, Freya reconoció al instante a Alexander.

Llevaba el traje que ella le había elegido esa mañana, con las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los tobillos, su alta figura descansando relajadamente en el sofá. Dondequiera que fuera, sus facciones afiladas atraían todas las miradas de la habitación.

Sin embargo, no se percibía calidez en sus ojos. Incluso cuando sonreía, se notaba una distancia que mantenía a todo el mundo a raya.

Pero mientras observaba, se hizo evidente lo cerca que estaba de la mujer que tenía a su lado.

Después de tres años, Freya reconoció enseguida a Yvonne Bianca.

El corazón de Alexander siempre le había pertenecido a esta mujer.

Sentada justo a su lado, Yvonne llevaba un vestido de seda negra vintage que resaltaba aún más su suave piel y sus delicadas facciones. Su estancia en el extranjero le había conferido un encanto elegante y artístico. Estaba mirando a Alexander con tanto afecto que cualquiera podía darse cuenta de lo que sentía.

Las risas y los gritos juguetones de la multitud los instaron a beber juntos. Las mejillas de Yvonne se tiñeron de rosa, aunque sus ojos nunca se apartaron de Alexander, llenos de esperanza y anhelo.

Alexander mantenía una sonrisa despreocupada mientras alzaba su copa, con una mirada fría e indescifrable.

El video terminó ahí.

Freya apretó con fuerza el celular y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.

De repente, entendió la razón por la que Alexander no había contestado sus llamadas.

Claro, estaría con Yvonne en cuanto ella volviera.

La idea le había rondado en la mente toda la noche, y por eso no había podido dormir.

Sin embargo, una cosa era saberlo y otra verlo con sus propios ojos. Por mucho que Freya lo intentara, no podía fingir indiferencia.

Su mano derecha, recién vendada, tembló mientras le escribía un mensaje a Alexander. "Es hora de formalizar el divorcio. Te veré en el registro civil a las diez de la mañana".

Ni una sola vez en los tres años de su matrimonio Alexander había mirado a Freya con algo que se pareciera al afecto. Cada mirada de él no transmitía nada más que frialdad o desprecio.

Nunca ocultó su resentimiento. Su tía, Tricia Scott, la persona a la que más despreciaba, fue quien lo obligó a casarse con ella. Para Alexander, casarse con Freya significó pasar tres años separado de la mujer que amaba de verdad.

En ese entonces, ella también se sentía atrapada. Su abuelo, Brett Brown, luchaba contra el cáncer, y los tratamientos para salvarle la vida costaban una fortuna. Cuando Tricia le ofreció una forma de ayudar a su familia a cambio del matrimonio, Freya no tuvo más remedio que aceptar.

La culpa la había perseguido desde el principio. Se entregó por completo a cuidar de Alexander, atendiendo cada una de sus necesidades y tragándose en silencio todas sus palabras hirientes.

En el fondo, esperaba que algún día él reconociera sus esfuerzos, que tal vez le mostrara un mínimo de amabilidad después de todo lo que había hecho. Pero cuando más lo necesitaba, pidiéndole solo su firma para un procedimiento médico rutinario, él estaba en otro lugar, bebiendo con la mujer que adoraba.

Sintió un dolor intenso mientras las lágrimas se deslizaban entre sus dedos.

Cuando terminó de recibir su tratamiento intravenoso en el hospital y salió, la oscuridad ya se había cernido sobre la ciudad. Apenas había girado la llave en el encendido de su auto cuando sonó su celular; el tono de llamada personalizado le indicó que era Alexander.

La lógica le decía que lo ignorara, pero la costumbre pudo más y contestó.

Forzó su voz para que sonara indiferente. "¿Hola?".

La voz al otro lado no le era familiar. "Freya, Alexander bebió demasiado en Nocturne. Ven a llevarlo a casa".

Antes de que pudiera responder, la llamada se cortó.

No tenía intención de ir, pero una nueva preocupación la invadió: si Alexander terminaba pasando la noche con Yvonne, ¿se molestaría siquiera en presentarse para el divorcio al día siguiente?

Su mente dio vueltas por un momento y, luego, arrancó el motor y se dirigió al club nocturno.

Una vez estacionado el auto, Freya bajó la mirada hacia el vendaje blanco que envolvía su mano derecha. Por un breve instante, la imagen elegante de Yvonne en el video le vino a la mente. Se quitó la venda; no quería mostrar debilidad ni entrar con aire de derrota.

Esa noche, la dignidad importaba más que la comodidad. Incluso si había perdido, no dejaría que la vieran rota.

Al entrar en el salón privado, Freya encontró el lugar repleto de gente desplomada por el exceso de alcohol. Alexander estaba sentado apartado de todos, en la misma pose que en el video: con los ojos cerrados, aparentemente dormido, con un aspecto mucho más sereno que cuando estaba despierto.

Sin embargo, su atención no se centró primero en Alexander, sino en Yvonne, que se apoyaba en él, sonrojada y delicada por el alcohol.

Las mejillas sonrosadas de esta última solo aumentaban su encanto.

Freya no pudo evitar fijarse en su propio reflejo en el cristal: un cárdigan puesto a la carrera sobre su ropa de casa, sin maquillaje, sin estilo alguno. Parecía en todo sentido la típica esposa cansada, y el contraste con la elegancia de Yvonne era casi doloroso.

En cuanto esta la vio en la puerta, se enderezó de inmediato, fingiendo sorpresa. "Señora Scott, por favor, no lo tomes a mal. Solo bebí un poco de más y me sentí un poco mareada, así que me apoyé en Alexander", explicó con tono inocente.

Freya captó al instante la capa oculta tras las suaves palabras de Yvonne. Era el tipo de inocencia gentil que ella usaba para disfrazar sus propias intenciones, un talento que había pulido a la perfección en los últimos tres años.

Antes de que Freya pudiera responder, otra voz intervino: "¡Yvonne, no seas ridícula! Todo el mundo sabe que a Alexander le gustas tú. No soporta a esa mujer, y odia que alguien la llame 'señora Scott'".

El comentario vino de Bailee Bianca, la hermana menor de Yvonne.

La sala estalló en carcajadas y todos miraron a Freya con el mismo desdén de siempre.

Yvonne se apresuró a hacer de pacificadora. "Bailee, ya basta. Le guste o no a Alexander, ella sigue siendo su esposa", dijo, reprendiendo a su hermana con la dosis justa de dulzura.

Luego se volvió hacia Freya con una sonrisa dulce y de disculpa. "Por favor, no le hagas caso. Siempre ha sido una mimada".

Freya no sintió ni una pizca de ira. "No pasa nada. Está diciendo la verdad. Alexander sí me odia".

Bailee soltó una risita estridente. "Al menos por fin lo admites".

Freya le dedicó a Yvonne una sonrisa mesurada. "¿No es gracioso? Por mucho que Alexander no me soporte, sigo siendo su esposa. Y por mucho que te prefiera a ti, sigues siendo solo la otra".

La pesada frase quedó flotando en el aire.

El rostro de Yvonne, enrojecido por el alcohol, se tornó pálido.

"¡Qué descarada eres! Tú eres la razón por la que Alexander y mi hermana no están juntos. Si nunca hubieras aparecido, ahora serían una verdadera familia con sus propios hijos hermosos", gritó Bailee, furiosa.

Freya casi soltó una risa amarga. ¿Hijos? Quizá alguien debería preguntar si Alexander era siquiera capaz de darle un hijo a Yvonne.

Durante tres años, ella lo cuidó y atendió hasta que se recuperó por completo, ocupándose de cada pequeño detalle para que pudiera tener una vida normal.

Ahora, después de todo el trabajo que había invertido, ¿se suponía que debía hacerse a un lado para que Yvonne ocupara su lugar?

Entre más pensaba en ello, más aumentaba su mal humor.

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