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Portada de la novela Apoteosis

Apoteosis

Zen Luo, el prodigioso sucesor de la familia Luo, fue despojado de su estatus y esclavizado tras una traición impulsada por la codicia. Movido por la sed de justicia y el recuerdo de su padre asesinado, se somete a un proceso místico para convertir su físico en un arma legendaria. En su camino hacia la inmortalidad, deberá aplastar a rivales despiadados y superar desafíos letales. ¿Logrará Zen su venganza definitiva o perecerá ante el asedio de sus enemigos?
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Capítulo 3

A Zen no le importaba ser relegado como un esclavo, o convertirse en un saco de boxeo para los niños del Clan Luo, ni siquiera le importaba perder la Píldora Mágica que Perrin le había robado.

¡Su mayor debilidad era su hermana, Yan Luo!

Ella era la única esperanza para la rama más antigua de la familia Luo. Extraordinariamente talentosa, dejó su hogar a la edad de trece años cuando Secta Nube la seleccionó como discípula, y por esa razón había sobrevivido al levantamiento dentro del clan Luo.

En los últimos dos años, Zen, convertido en esclavo, no había sabido nada sobre el paradero de su hermana, y ahora que Perrin le había mencionado su situación actual, se sentía ansioso por su bienestar.

Con la mente ausente a causa de su hermana, Zen se tornó vulnerable y recibió varios golpes devastadores de los niños Luo, y no fue sino hasta después de varios golpes que finalmente recuperó el control de su mente.

Por la tarde, lo llevaron de vuelta al sótano cojeando mientras un dolor insoportable inundaba su cuerpo.

"¡Este medicamento te ayudará a recuperarte!" El mayordomo del Clan Luo le arrojó una droga antes de volverse para irse.

Después de todo, los sacos de entrenamiento humanos no estaban hechos de acero. Si no recibían medicamentos para curar sus heridas, morirían por lesiones internas después de unos días, así que el mayordomo distribuyó drogas entre los esclavos para ayudarlos a recuperarse lo antes posible.

No obstante, esas drogas curativas no eran muy efectivas.

Zen abrió la bolsa de papel y se sorprendió al ver que sólo había una pastilla dentro. "¡Darren Fang! ¿Por qué sólo me dieron una pastilla hoy?", preguntó.

"Deberías estar agradecido por lo que tienes ahora. ¿Cuál es el problema? ¿No es suficiente para ti?", se burló el mayordomo.

"Está estipulado que cada día se deben distribuir tres píldoras curativas por esclavo, pero aquí sólo hay una. Obviamente estás cometiendo desfalco con las pastillas. Es un delito desfalcar a la familia Luo. ¿Cómo te atreves a hacer eso, Darren Fang? ¿No le tienes miedo a la muerte?", gritó Zen mientras fijaba sus ojos en él.

"¡Oye! Por supuesto que le tengo miedo a la muerte, pero no te tengo miedo a ti. No eres más que un esclavo. ¿Qué puedes hacer? ¿Quieres rebelarte? Odio tu actitud. ¿Todavía te consideras el joven patrón? Mírate en el espejo y enfrenta tu realidad, Zen. ¡Jajaja!" A Darren no le agradaba Zen y había aprovechado esa oportunidad para insultar al ex joven patrón.

Después de escuchar esas palabras, Zen se calmó en vez de enojarse y recobró la compostura antes de mirar a Darren Fang. Tenía la intención de transmitirle su odio a través de sus ojos claros, su mirada inquebrantable y su rostro inexpresivo.

El efecto alcanzó su cometido cuando Darren Fang se sintió incómodo al ver la reacción de Zen, y al notar el fuego que bailaba en sus ojos, se asustó. En lugar de retroceder, Darren se le acercó y lo golpeó en el pecho antes de decirle: "¿Qué estás mirando? ¿Quieres algo de mí? ¿Crees que puedes vencerme?"

De repente, Zen emitió un intenso poder de su pecho, y el cuerpo de Darren tembló cuando ese poder se extendió por todo su cuerpo. No pasó mucho tiempo antes de que sus rodillas cedieran y se tambaleara antes de caer al suelo.

"Tú... Tú... eres un esclavo. ¿Acaso quieres rebelarte?" Darren Fang se puso de pie y trató de mostrar autoridad, sin embargo, su expresión de pánico transmitía lo que en verdad sentía.

Zen avanzó dos pasos, hizo crujir sus nudillos y respondió: "¿Un mayordomo que ni siquiera es miembro del Clan Luo se atreve a ser tan arrogante? ¿Acaso crees que no puedo vencerte?"

Darren Fang no quería permanecer más tiempo en esa situación, así que se dio la vuelta y huyó lo antes posible. Volteó a ver a Zen tan pronto como la puerta de hierro del sótano se cerró de golpe.

"¡Tu comportamiento es ruin!" "¿Comportamiento ruin?", se burló Zen mientras negaba con la cabeza. No creía que el mayordomo valiera su tiempo, así que se sentó en silencio, sacó el encendedor para encender la lámpara de aceite, y pasó apresuradamente unas cuantas páginas de un libro. Estaba frustrado porque no podía concentrarse. Sus pensamientos seguían volviéndose hacia su hermana, Yan, y lo que Perrin había dicho.

'No puedo quedarme aquí por más tiempo', Zen frunció el ceño al pensar en el dilema en el que se encontraba. 'Apenas acabo de llegar al nivel de refino de carne. Me será difícil abandonar este sótano, y aún más difícil será ir a Secta Nube para rescatar a Yan'.

Él se paseaba por el pequeño sótano. Sentía que le oprimían el pecho y su corazón latía acelerado. Parecía un león enjaulado tratando de encontrar una salida.

En los últimos dos años, había llegado a aceptar su destino, pues no había nada que lo motivara a pensar en otras alternativas. Con el paso del tiempo, se sintió despojado de su talento y de su confianza, lo que finalmente lo empujó a una completa incredulidad en sus poderes. Zen se encontraba en el centro de la habitación racionalizando consigo mismo. 'Soy un esclavo ahora. Todos estos años siendo forzado a ser el saco de entrenamiento de los niños del Clan Luo me han debilitado, y lo que es peor es que mis lesiones diarias me han impedido practicar cuando regreso al sótano. Pero si me quedo aquí, uno de estos niños terminará matándome. Necesito tomar medidas drásticas'.

Cuanto más lo pensaba, más ansioso se ponía. Dirigió su mirada hacia la mesa donde el libro deshecho, Principios Celestiales, yacía en silencio.

"Este maldito libro no es más que un montón de teorías de la vida, y hasta ahora ninguna ha funcionado ni para mi padre ni para mí. Leerlo no me sirve de nada. ¿Por qué debería seguir leyéndolo?" La ira y el desamparo lo consumían, así que se dirigió hacia el libro, lo tomó de la mesa y lo sostuvo sobre la lámpara hasta que comenzó a chisporrotear y a crepitar.

Una sonrisa creció en sus labios cuando el libro se encendió, sin embargo, un momento después lamentó su acción y susurró con desesperación: "Zen, Zen, ¿por qué te molestas en enfadarte con un libro?" Mirando el libro en llamas, se lamentó, quejándose: "Este libro enseña a las personas a ser buenas. Le dice a la gente lo que es vergonzoso e incorrecto, así como lo que es sabio y correcto. Él no tiene la culpa de nuestras adversidades. Debes culparte a ti mismo por no ser lo suficientemente fuerte y por ser como un corderito que se deja controlar fácilmente por los demás".

Desafortunadamente, para entonces el libro ya se había convertido en un montón de cenizas, pero de repente, Zen vio un rayo de luz dorada destellar entre ellas. Por un momento se quedó estupefacto.

"¿Qué es eso?", dijo apartando las cenizas, y recogió la pequeña pieza de oro que había emitido el rayo de luz. Él estudió la delgada lámina de oro.

No la había encontrado cuando estaba leyendo ese libro, pues al parecer, había sido escondida en la cubierta interna del mismo.

'¿De qué me sirve una lámina de oro?, para una gran familia como el Clan Luo, el oro es tan inútil como la arcilla'.

Sin embargo, cuando centró su vista en el oro, ¡apareció una visión extraña!

Dicha lámina estaba grabada con innumerables palabras en forma de renacuajos, y Zen no entendía ninguna de ellas.

Cuando sus ojos la recorrieron, la lámina se desintegró en sus manos. Miles de pequeñas piezas de oro, cada una con una palabra, vinieron volando hacia él.

Cara, ojos, cuello, brazos, cuerpo, piernas...

Cada parte de su cuerpo quedó cubierta por esos pequeños fragmentos de oro.

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