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Portada de la novela Apostando mi virginidad

Apostando mi virginidad

La inocente Isabella se adentra en un peligroso juego de azar al aceptar un pacto con el magnético Alejandro. El destino de la joven pende de un hilo ante este desafío: si resulta ganadora, obtendrá el amparo y la protección absoluta del seductor. Sin embargo, de perder la apuesta, el costo será entregarle su virginidad. Esta arriesgada promesa marcará un antes y un después en su vida, donde el deseo y la incertidumbre dictarán su futuro definitivo.
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Capítulo 2

Capítulo 2.

Capítulo 2: Una Noche Sin Retorno.

Nos dirigimos al hotel, caminando en silencio. Yo podía sentir la presión de su mano en la mía. Todo parecía embotado y distante. Era un sueño, pero yo sabía que no lo era.

Llegamos al hotel. En el ascensor me dijo que me dijo el nombre .

-Isabela.

-Sí, Isabella.

sigue el es frio una basura que la trata como trapo

-Hora de ir -dijo él, y me llevó hacia su habitación. Estaba nerviosa, sintiéndome como si hubiera estado nadando contra la corriente. El aire del pasillo era frío y sólido, pero mis ojos seguían preocupados. Él abrió la puerta, lo hizo pasar y echó un rápido vistazo a la habitación. ¡Dios mío! Era enorme.

La cama era enorme y la habitación parecía salida de un sueño de lujo. Todo era increíble, opulento y...siniestro. Yo sabía lo que iba a pasar.

-Toma asiento -dijo, señalando una silla . Yo me senté mientras él se quedaba de pie, mirándome fijamente.

-¿Cómo ha sido tu vida hasta ahora, Isabella?

-Mi vida ha sido... llena de cosas -respondí, titubeando. ¿Por qué quería saber esto? ¿Le importaba?

-Por supuesto, me interesa -dijo, y se acercó a mí. Su voz era tan fría como su mirada. ¡Qué impresionante! -Continó, pero su voz era casi un susurro.

Estaba tenso.

-Sabes, Isabella -continuó, como si yo fuera a tener interés en lo que decía- yo soy el tipo de hombre que entiende lo que quiere y cómo lo quiere. Yo quiero que esto sea... agradable para ambos.

-Sí. Bien.

-Bueno. Vemos si eres lo que tú crees que eres -dijo, con una sonrisa cruel.

Sigue siendo un malo con ella.

Yo trato de relajarme, pero no pude. ¿Qué estaba haciendo aquí? ¿Qué iba a pasar? ¿Qué quería decir? Entonces, se acercó más y me tomó la barbilla, haciéndome mirarlo.

-Yo quiero que seas mía, Isabella. Entregarte. ¿Estás lista para eso?

Su mano era fuerte y su mirada, ardiente.

Sigue la despreciable

-Sí -dije, tratando de parecer fuerte, como si no tuviera miedo. Pero él notó mi incertidumbre y me presionó la barbilla con más fuerza.

-¿Y qué me dices de tu virginidad? ¿Es realmente tuya o has estado jugando a un juego conmigo?

No podía creer su valentía. ¿Qué iba a decir?

Me levanté de la silla, como si me quisiera alejar de su alcance. Mis emociones estaban fuera de control y la situación estaba escalando demasiado rápido.

-Es mía -dije, tratando de mantener la compostura.

-Eso digo yo. Pero ¿cuánto vale, Isabella?

Me quedé sin palabras, con su sugestiva pregunta reverberando en mi cabeza. ¿Qué valor tiene mi virginidad? ¿Y qué tanto valor tenía yo para él?

Entonces, miró su reloj .

-Parece que ya es hora de encontrarnos. Vamos a la cama -dijo, y me tomó de la mano.

Tenía miedo, estaba helada, pero no podía detenerlo.

Llegamos a la cama y me senté en ella. Sentí como mi cuerpo se tensaba. ¿Qué iba a pasar ahora? Él se quitó el traje, lentamente, como una serpiente descansando en la noche. Me hizo sentir demasiado expuesto, demasiado vulnerable.

Me volví, no queriendo mirarlo. Yo sabía que si lo hacía, me derrumbaría. Sentí su peso sobre la cama, sentí su respiración sobre mí. ¿Qué iba a pasar? Sentí su mano en mi mejilla, muy suave, pero firmemente, guiándome hacia él.

-Mírame -dijo.

Su voz era tranquila y segura.

Su aliento sobre mí era cada vez más cercano. No podía escapar. Me aferró al cuello, con brusquedad. Su mano era cálida y fuerte, y me hizo sentir como si me estuviera ahogando.

-Mírame, Isabella -repitió.

Me volví hacia él y sus ojos me fueron penetrando a través de mi cuerpo.

Me volví hacia él, en la cama, y ​​comenzó a besarme. Su boca era dura y las manos también lo eran. Yo *p*n*s podía resistir, estaba temblando de miedo y de angustia. Mis ojos se humedecieron, pero no quise llorar. Él continuó besándome, más fuerte, más duro. Su mano comenzó a desabrocharme la blusa.

Yo sentí una punzada de miedo cuando sentí sus manos desabrochándome la blusa. *p*n*s podía respirar. Sus manos fueron deslizándose por mi cuerpo, buscando más piel que tocar. Sentí un escalofrío helado en mi espalda cuando noté sus dedos en mi estómago, moviéndose hacia abajo. No podía moverme.

Su boca se volvió más firme y su beso más ardiente, pero su mano continuó descendiendo hasta llegar a mi cintura. Yo estaba tensa, tensa como una guitarra que se estaba a punto de mameluco. La mano de él bajaba hasta el punto donde mi pantalón se ajustaba en mi cintura y yo... sentí cómo las lágrimas salían de mis ojos.

Su mano se aferró a mi pantalón y, con un rápido movimiento, lo arrancó de mi cuerpo. Ahora, me estaba mirando, sin ropa, desnuda y vulnerable. Me cubrí los ojos con las manos, tratando de detener los ojos fríos de él.

-No te escondas de mí, Isabella -dijo, con un tono casi ominoso.

No pude moverme.

Comenzó a reír. Una carcajada profunda y amarga que resonó por toda la habitación. Una carcajada burlona y cruel que me hizo sentir aún más pequeña y patética. Yo estaba temblando y su carcajada no hacía más que aumentar mi angustia.

-¡Por Dios, Isabel! ¿Es esto lo mejor que puedes ofrecer? -dijo.

Él comenzó a desvestirse. Su mirada era tan fría como su sonrisa. Yo estaba temblando ahora, con lágrimas en mis ojos. ¿Qué estaba haciendo yo allí? ¿Cómo iba a soportar esto? Entonces, me acarició la cara. Su mano era cruel y húmeda.

-Tranquila, Isabella -dijo.

Entonces, me recostó en la cama. Él estaba encima de mí, su peso me oprimía. Su mirada se volvió más intensa y su mano siguió recorriendo mi cuerpo. Yo podía sentir que mi cuerpo se tensaba, cada poro se erguía y mis ojos se humedecían de miedo y angustia.

-Te sientes insegura -dijo.

¿Era una pregunta?

Mi corazón latía tan fuerte que sentía como si iba a salirse de mi pecho. Él me miraba fijamente, casi como si estuviera hurgando en mi alma. Y entonces, lentamente, comenzó a acercarse a mi cuello. ¿Qué estaba haciendo? Sentí un escalofrío que subía por mi espalda.

-Estás lista para que te tome, Isabella -dijo.

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