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Portada de la novela Apartada Para El Alpha (I libro)

Apartada Para El Alpha (I libro)

Una joven criada en el orfanato Apartados por la Luna desconoce que su destino ya fue decidido. Su camino se cruza con un Alpha dominante que, ante la ausencia de su pareja predestinada, se ha vuelto un ser manipulador y posesivo. Esta primera entrega de la saga Verdadera Creación narra una historia de fantasía y romance oscuro, centrada en una relación tóxica donde la obsesión y el control absoluto definen la convivencia en un mundo de licántropos.
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Capítulo 2

"No quiera a nadie atado a mi vida... Pero apareciste tu  en ella  y no te pienso soltar"

Otro día más amanecía en el orfanato "Apartados por la Luna", un lugar tan antiguo como desconocido para la mayoría de los humanos, pero bien sabido por las criaturas sobrenaturales que habitaban en las sombras del mundo. No tenía registros oficiales ni en archivos del gobierno ni en iglesias ni en asociaciones de caridad, pues no era un orfanato común.

Ubicado en un valle aislado, rodeado de densos bosques y montañas, el edificio principal se alzaba como una mansión de piedra oscura, con enormes ventanales cubiertos por cortinas gruesas y una arquitectura gótica que le daba un aire lúgubre y solemne. Se decía que había sido construido hace siglos por un linaje de brujas que, en su tiempo, se encargaban de criar a los niños abandonados por humanos y sobrenaturales por igual. Pero con los años, el orfanato dejó de ser un refugio y se convirtió en un mercado regulado por un sistema que solo unos pocos entendían.

Dentro del orfanato vivían niños de entre dos y doce años. Algunos eran humanos que, por razones desconocidas, habían terminado allí; otros eran híbridos o seres puramente sobrenaturales, pero todos compartían un destino: ser apartados o permanecer allí hasta que se desvanecieran de la existencia.

La regla era clara: ningún niño podía quedarse más allá de los doce años. Sin embargo, lo extraño era que nunca se había registrado un caso en el que un niño creciera hasta esa edad y siguiera en el orfanato. Nadie sabía qué pasaba con ellos si llegaban al límite sin ser apartados, pero las cuidadoras y los encargados nunca hablaban de ello. Simplemente desaparecían.

¿Cómo funcionaba el “apartado”?

Los seres sobrenaturales que acudían al orfanato podían elegir un niño, y una vez seleccionados, los encargados realizaban un ritual en el que marcaban al pequeño con un sello mágico. Este sello, invisible para los humanos pero inconfundible para los sobrenaturales, se imprimía en la muñeca del niño.

Si la marca aparecía en la muñeca izquierda, significaba que el niño había sido apartado por su pareja destinada, su alma gemela o su vínculo predeterminado.

Si la marca estaba en la muñeca derecha, el niño había sido comprado por conveniencia, lo que significaba que quien lo apartó lo consideraba un compañero, sirviente, aprendiz o cualquier otro rol que deseara.

Estas marcas no podían falsificarse ni replicarse. Solo los encargados podían realizarlas, y una vez marcados, los niños no podían ser tocados por otros sobrenaturales sin enfrentar graves consecuencias.

Era una costumbre cruel, pero establecida desde hace siglos. Aunque los niños del orfanato no sufrían malos tratos evidentes, la realidad era que vivían con la incertidumbre de no saber quién los tomaría ni qué les esperaba en el futuro.

Entre estos niños se encontraba Fumiko, una pequeña de apenas tres años. Había llegado al orfanato tras un accidente automovilístico en el que perdió a su familia. Si no hubiera sido por la señora Monserrat, una de las cuidadoras, habría muerto calcinada junto a su madre y su hermano mayor.

El orfanato, con sus altos muros y pasillos interminables, no era un mal lugar para vivir, pero tampoco era un hogar. Los niños eran educados, alimentados y cuidados, pero sabían que no eran libres. Cada decisión sobre sus vidas se tomaba en despachos oscuros, donde los adultos discutían sus destinos como si fueran piezas de ajedrez.

Fumiko llevaba apenas dos semanas en el orfanato, tiempo suficiente para notar que los otros niños la evitaban sin razón aparente. No entendía por qué, pero eso la hacía sentir más sola de lo que ya estaba.

Su único amigo había sido apartado hacía unos días por un vampiro, quien lo había reclamado como su compañero destinado. En su última tarde juntos, jugaron en el jardín, como siempre lo hacían, hasta que los llamaron para la despedida.

—No estés triste, Fumi. Estoy seguro de que alguien especial vendrá por ti también.

Ella intentó sonreír, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. Lo vio alejarse con la Señora Éboli, la encargada de los traslados, y supo que jamás lo volvería a ver.

Dos horas después, Fumiko se encontraba sentada en el jardín, tarareando una canción de cuna que su madre solía cantar para ella y su hermano.

Mientras tanto, en la entrada del orfanato, un Alpha y su hijo de doce años cruzaban las grandes puertas de hierro forjado. El padre había decidido que su hijo necesitaba una compañera de juegos, y el orfanato era el lugar perfecto para conseguirla.

El chico, sin embargo, no estaba nada contento. Su mal humor era evidente, y cada paso que daba dentro del edificio parecía una tortura. No quería estar allí, no le interesaba en absoluto "apartar" a nadie.

Pero entonces, algo cambió.

Apenas puso un pie en los jardines, un aroma embriagador lo envolvió. Era una mezcla entre papel recién impreso y un campo de flores en primavera. Su ceño fruncido se relajó, y por primera vez en todo el día, su mente quedó en blanco.

Mientras su padre hablaba con la encargada sobre las condiciones del “apartado”, el chico siguió aquel aroma hipnótico hasta que la vio: una niña pequeña, de cabello oscuro y piel pálida, con los ojos llenos de nostalgia mientras cantaba suavemente entre las flores.

—La señora Luna le pidió al naranjo un vestido verde y un velillo blanco... —entonaba con voz temblorosa.

El niño se acercó, sin darse cuenta de que estaba conteniendo la respiración.

—Cantas hermoso.

Fumiko levantó la mirada y le sonrió, limpiándose las lágrimas con la manga de su vestido. Él inhaló profundamente.

No había duda.

Ese aroma provenía de ella.

Y en ese instante, supo la verdad.

Esa niña no sería solo su compañera de juegos.

Era su Luna.

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