
Antes que el tiempo nos separe
Capítulo 3
Elías tenía una rutina discreta. Café a las siete, noticias a las siete y quince, una caminata corta por la terraza a las ocho. No necesitaba mucho para sentirse en control. Pero había un momento del día que no se marcaba en ningún reloj: ese instante, casi sagrado, en el que Luna abría su ventana.
A veces salía con el cabello aún mojado, envuelta en una bata que tenía restos de pintura en las mangas. Otras, con una coleta mal hecha y una taza de té con canela entre las manos. Siempre parecía vivir al margen de todo lo establecido. Incluso del tiempo.
Elías la observaba sin que ella lo supiera. No de forma invasiva, sino como quien contempla un cuadro favorito cada día y, aun así, descubre un matiz nuevo.
Luna tenía una costumbre: canturrear mientras regaba sus plantas. Canciones sin letra, melodías improvisadas. Era como si su alma hablara sin filtro, sin miedo. A veces Elías se preguntaba si ella sabía lo que provocaba. Si se daba cuenta de que su risa podía romper el silencio más firme. O que su presencia, tan luminosa, era capaz de llenar cualquier espacio.
Esa mañana, mientras fingía leer un plano en la mesa del comedor, la vio desde el reflejo de la ventana. Luna bailaba sola. Auriculares puestos, ojos cerrados, pies descalzos. Giraba lentamente como si flotara, ajena al mundo, ajena a él.
Elías no pudo evitar sonreír.
No entendía cómo algo tan simple podía hacerle doler el pecho. Era una felicidad quieta, sin nombre. El amor que él sentía por Luna no era dramático ni escandaloso. No era fuego. Era algo más profundo, más constante. Como una raíz que había crecido con los años sin que nadie lo notara.
Recordó la primera vez que la vio. Ella acababa de mudarse. Cargaba una caja enorme y tenía pintura en la nariz. Él le ofreció ayuda, pero ella lo miró con una sonrisa enorme y le dijo: "Estoy bien, pero gracias, vecino guapo".
A partir de ahí, todo cambió. Lentamente, sin prisa, sin promesas.
Luna entró en su vida como entra la primavera en una ciudad gris: sin pedir permiso.
Desde entonces, Elías había construido su mundo alrededor de su presencia. No de forma evidente. No con palabras. Sino con gestos mínimos: aprendiendo a tomar té, aceptando visitas improvisadas, dejando una silla libre en su estudio... por si ella decidía entrar.
Sabía que no podía decirle lo que sentía. Tenía miedo de que cualquier confesión destruyera lo único que tenía: su cercanía. Su amistad.
-Buenos días, arquitecto silencioso -dijo Luna de pronto, abriendo la puerta de su balcón.
Elías se sobresaltó, dejando caer su lápiz.
-Buenos días -respondió, recuperando la compostura-. ¿Ensayando un musical?
-¿Qué puedo decir? Hoy el cuerpo me pidió bailar.
-Y la ciudad te lo agradece -dijo él, en tono neutro, pero con el corazón latiendo de más.
Luna se rió. Y él se quedó ahí, observándola, como todos los días. Amándola en silencio, como todos los días.
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