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Portada de la novela Anhelando tu amor

Anhelando tu amor

Karen Romano ha triunfado como diseñadora millonaria, pero su vida privada está marcada por la tragedia y el engaño. Tras enviudar y sufrir la traición de su segundo marido con su mejor amiga, ha decidido no volver a amar. Todo cambia al cruzarse con Farid Haziz, un perspicaz magnate textil morisco que queda prendado de ella. Farid iniciará una paciente conquista para derribar los muros de Karen, enfrentando múltiples desafíos para sanar su corazón.
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Capítulo 3

Karem Romano se dirigió a los proveedores con un saludo mecánico, a pesar de lo que sentía Farid dentro de sí, se esforzó por mantener su mente centrada, debía pensar por lo que realmente estaba allí esa tarde, ganar la licitación para que sus telas fuesen las seleccionadas.

La reunión tardó unas cuántas horas, cada uno de los presentes quiso ser el elegido para mostrar sus telas en la próxima colección de éste magnate de la moda.

Ella escuchó todas las ofertas, pero ya había hecho su selección y después de algún tiempo dijo:

—Ya escuché a cada uno de ustedes, en las próximas 24 horas les haré llegar mi respuesta, buenas tardes.

Salió del gran salón sin dignarse a dar una despedida personal, ella era la reina y ellos sus servidores, así era Karem Romano, los había atendido con una sonrisa fría y cordial, los mejores aperitivos y licores fueron servidos, no tenían quejas de eso, pero una vez terminada la reunión, los dejó allí y se internó en su oficina sin decir nada más.

Algunos de los proveedores se sintieron incómodos, recogieron sus muestrarios y salieron malhumorados ante aquel desplante de aquella mujer, menos Farid Aziz, quien observó a la mujer, era imponente su presencia, su actitud, toda ella, si no lo elegía se daba por satisfecho, ya la había visto y por lo momentos eso lo conformaba, suspiró y recogió sus cosas y fue el último en salir, todo aquel lugar , denotaba elegancia y distinción.

Unos toques en la puerta la alertaron, pensó que era su asistente y dijo:

— ¡Pasa!

Sin alzar su mirada preguntó:

— ¿Trajiste mis analgésicos?

— Lo siento, nadie me informó — dijo Farid.

Ella se levantó de un salto y dijo:

— ¡Señor!, ¿sucede algo?

— Solo quise despedirme personalmente, decirle que si no elige mi empresa, me voy satisfecho por haberla visto bella mujer— dijo él apasionado.

— ¡Qué insolente es usted! ¡Salga de mi oficina por favor!— dijo ella.

— Fue un gusto verla señora Romano— dijo Farid— ya me voy.

Salió haciendo una reverencia y cerró la puerta dejando a ésta mujer bastante contrariada, ella después de unos instantes sonrió, « Sí que era atrevido y osado este señor» pensó, lo había detallado bien, aunque estaba cerrada al amor, era mujer y tenía ojos para admirar.

Era muy guapo, ya había recordado dónde lo había conocido, nuevamente sonrió para luego recriminarse y pensar:

— « Recuerda, solo es un depredador »

Karen estaba cansada, le dolía terriblemente la cabeza, llamó nuevamente y pidió dos analgésicos a su asistente y luego meditó sobre lo que miró en aquella reunión, las telas de Farid Aziz, eran fascinantes, tenían un aire sofisticado que le encantó, definitivamente trabajaría con éste proveedor, aunque implicaba peligro para ella, le gustó el aspecto de él.

Era un hombre joven, pero algo que le llamó la atención es que no era sumiso como los otros que pedían a gritos ser seleccionados, él se veía con aires de suficiencia que al principio le chocó un poco, pero después le agradó la actitud de aquel hombre de negocios.

Sí, definitivamente ese sería su proveedor para aquella colección, tenía grandes expectativas con aquel lanzamiento, había mucho que hacer y ya mañana se reuniría con éste hombre para después empezar con las modelos que tendría que seleccionar, era un trabajo arduo, pero esto le daba sentido a su vida, la mantenía viva.

Necesitaba ir a casa y descansar, ya que aquel día había sido intenso para ella, demasiado para su gusto, ese día salió temprano de sus empresas, siempre era la última en salir, pero hoy quería hablar en la intimidad de su habitación con su mejor amiga, su hermana mayor.

Farid se dirigió al hotel donde se estaba quedando, en una semana estaría en Europa, así era su vida desde que había iniciado su empresa de exportación e importación de telas, para él era un negocio excitante y fascinante.

Aunque más le fascinaba ver a Karen Romano, de piel tan blanca y cremosa con su hermosa cabellera oscura y de ojos profundos y hermosos, tenía que dejar de pensar ya en ésta mujer o se iba a enfermar de obsesión, debía pensar que ella era una cliente más y sacarla de su cabeza, porque lo más probable era que no la viera en un buen tiempo.

Karen llegó a su departamento y después de tomar un baño, se preparó para hablar con su hermana.

— ¡Hola! ¿Cómo está mi ardilla favorita?— respondió la hermana de Karen ante la llamada.

— Hola mi ardilla— dijo Karen con voz de hastío— necesitaba escuchar tu voz.

— ¡Tan linda mi hermana menor! — dijo la hermana — ¿Que está sucediendo contigo mi ardilla predilecta? ¿Porque esa voz tan apagada?

— Estoy hastiada de que de vez en cuando vengan malditos recuerdos — dijo ella — necesito que te vengas unos días a visitarme para someterme a una de tus malditas terapias.

— ¡Vaya, vaya! Hasta que te dignas a reconocer que necesitas de mis terapias, ardillita— dijo la hermana de Karen.

— Si me rindo, Lissette— dijo Karen — ya sola no puedo, quiero que deje de perseguirme ésta maldita amargura.

— Que bueno mi ardilla linda, mañana mismo me cambio a tu departamento y veremos qué puedo hacer por tí— dijo Lissette.

Cerró la llamada y en la intimidad de su habitación se permitió dar rienda suelta a su recuerdo. ¿Que le había activado éste episodio que creía muerto y enterrado?

Esa mañana de lluvia, había visto a un hombre mientras esperaba el cambio de la luz del semáforo, cruzó al frente de ella, por un momento creyó que era su ex pareja, pero luego se dió cuenta que aquello era imposible, él estaba a millones de kilómetros de allí.

Ésto la había alterado terriblemente y le hizo vivir un terrible día, habían pasado 10 años desde aquel terrible día que había llegado de improviso a casa por unos bocetos de diseño que había olvidado y escuchó ruidos, cuando se suponía que no había nadie en casa.

Al principio sintió temor de que alguien hubiera entrado en su residencia, pero se armó de valor y se dirigió hasta donde creyó escuchar los sonidos de conversación, tenía el estómago extrañamente oprimido, una cruel sospecha cruzó por su mente y abrió la puerta de la habitación de repente.

Allí estaban su esposo y su mejor amiga revolcándose en su propia cama, ellos al verla se quedaron petrificados, ella sintió náuseas, aquello era demasiado para las ilusiones de amor que tenía, apenas tenía seis meses de matrimonio y él ya estaba con otra mujer que era como una hermana para ella.

No había nada que explicar, todo estaba muy claro para ella, a pesar de que ellos intentaron justificar lo injustificable, los sacó a empujones de su casa, de inmediato pidió el divorcio, no quería saber nada del amor y mucho menos de promesas.

Ahora diez años después aún seguía creyendo que las promesas de amor sólo eran basura para sus oídos, aunque unos años atrás unos ojos muy limpios le habían impresionado , pero solo fue un instante y había salido de allí sin volver atrás.

Ahora recordaba quien era Farid Aziz, era el dueño de aquellos ojos mágicos que solo por breves segundos la habían atrapado y hoy había estado nuevamente frente a ella, en aquella reunión de proveedores, solo concentrado en ofrecerle sus telas, definitivamente ese chico sabía cómo hacerse interesante.

Sabía que esa noche se había mostrado interesado en ella, pero no intentó seguirla, ni mucho menos insistió como la mayoría de babosos que querían atención de ella, no había vuelto a verlo, hasta hoy.

Esperaría hasta mañana para pedirle a su asistente que lo llamara para darle la noticia de que ella quería hacer negocios con él por sus telas.

A la mañana siguiente, estuvo a las ocho y media en su oficina, ya la asistente estaba tras su escritorio, a ella le dió la primera orden del día.

— Buenos días, señora Romano, ¿Cómo está usted hoy?

Ella sin responder al saludo de su asistente dijo:

— Señorita, llame al comerciante Farid Aziz y dígale que haremos negocios con él.— dijo Karen Romano.

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