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Portada de la novela Amor Verdadero Tardío

Amor Verdadero Tardío

Sofía Herrera ha soportado tres años de desprecio por parte del Capitán Alejandro Vargas, quien siempre prioriza a su maliciosa hermanastra, Lucía. Tras ser abandonada en peligros mortales, como un ataque de serpiente donde Alejandro cedió el único antídoto a su rival, Sofía colapsa. Agotada por la indiferencia de él y la pérdida de sus recuerdos, decide romper el vínculo y casarse con un extraño para huir de su sufrimiento y empezar de cero.
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Capítulo 2

Sofía Herrera llevaba tres años en la hacienda del Capitán Alejandro Vargas.

Tres años intentando que ese hombre frío y distante la mirara.

Fracasó.

Cada intento de seducción, él lo interpretaba como un acto más de rebeldía.

Ella era la hija rica y malcriada enviada a la hacienda para ser "disciplinada".

Él era el dueño, el hombre de honor, el amigo de su padre.

Y, al parecer, el admirador de su hermanastra, Lucía.

Sofía se sentía humillada, rechazada.

El último incidente, ver a Lucía salir de la oficina de Alejandro tarde en la noche, con el pelo revuelto y los labios hinchados, fue la gota que colmó el vaso.

No iba a competir. No se rebajaría.

Tomó el teléfono y marcó el número de su padre, Ricardo Herrera.

Hacía años que no hablaba con él más de lo necesario.

"Padre," dijo Sofía, su voz firme, sin rastro de la tormenta en su interior.

"He decidido casarme."

Silencio al otro lado de la línea.

"Con un ranchero de pueblo," continuó, saboreando la sorpresa que seguramente causaría. "Necesito quinientos mil pesos. En una semana. Para mi dote. Y para no volver a molestarlos nunca más."

Ricardo Herrera tartamudeó. "¿Casarte? ¿Con un ranchero? ¿Estás loca, Sofía?"

Pero luego, un cambio en su tono. Un alivio mal disimulado.

"¡Quinientos mil! ¡Claro, hija, claro! ¡Lo que necesites!"

Su padre estaba feliz de deshacerse de ella. Así de simple.

Para complacer a su nueva esposa, Isabela, y a su perfecta hijastra, Lucía.

Sofía apretó el teléfono.

"Una condición más," añadió, su voz gélida. "No quiero a nadie de tu familia en mi boda. Ni a ti, ni a Isabela, ni a Lucía."

Quería una ruptura total.

Colgó sin esperar respuesta.

El resentimiento era un viejo conocido.

Su madre había muerto hacía una década. Una enfermedad rápida, cruel.

Ricardo no tardó en rehacer su vida. Isabela llegó con su hija Lucía, unos años menor que Sofía.

Sofía se sintió desplazada, abandonada.

El recuerdo más doloroso: Lucía, con una sonrisa inocente, apareció un día con un vestido rojo. Idéntico al último que su madre le había regalado a Sofía.

"Mira, Sofía," dijo Lucía, "ahora somos hermanitas de verdad, hasta vestimos igual."

Esa frase, ese vestido, fueron el inicio de la guerra.

Sofía reaccionó con rebeldía. Fiestas, escándalos, cualquier cosa para llamar la atención de un padre que parecía haberla olvidado.

La solución de Ricardo fue enviarla a un internado en Suiza. Lejos, muy lejos.

Aislamiento. Abandono.

Allí, Sofía se entregó a un estilo de vida derrochador. Si su padre quería ignorarla, al menos pagaría por ello.

Hasta que una nueva política gubernamental la obligó a regresar a México. Su padre, por conveniencia, la aceptó de nuevo.

Intentaron casarla con el hijo de un socio. Sofía destrozó la vajilla de la cena de compromiso.

Fue entonces cuando Ricardo, desesperado, la envió a la hacienda de Alejandro Vargas en Jalisco.

"Que te enseñe modales y trabajo duro," le dijo.

Alejandro Vargas. Capitán retirado del ejército, ahora dedicado a la cría de caballos y ganado.

Joven, apuesto, respetado. Y frío como el hielo.

Trató a Sofía con una severidad inusual. Más duro que con sus propios vaqueros.

Tareas arduas bajo el sol. Limpiar establos, reparar cercas. Sus manos, antes suaves, se llenaron de callos.

Pero a pesar de su frialdad, hubo momentos.

Una pomada para sus manos agrietadas, dejada anónimamente en su habitación.

Lecciones extra de equitación cuando ella fallaba miserablemente, él pacientemente corrigiéndola.

Una vez, enfermó por el esfuerzo. Lo vio vigilarla discretamente desde la puerta de su cuarto.

Esos pequeños gestos la confundieron. Alimentaron una atracción que ella misma no entendía.

Así que empezó su torpe campaña de seducción.

Dejar caer pañuelos. Él se los devolvía con un "Se le cayó esto, señorita."

Fingir miedo en las tormentas, buscando su consuelo. Él enviaba a una empleada a acompañarla.

"Accidentes" para caer en sus brazos durante las cabalgatas. Él la sostenía con firmeza y la volvía a sentar en la silla, con un "Tenga más cuidado."

Frustración. Humillación. Pero persistía.

Con Lucía, todo era diferente.

Si Lucía derramaba café en los importantes libros de contabilidad de la hacienda, Alejandro solo decía, con una suavidad que Sofía nunca había escuchado en él: "Ten cuidado, Lucía, no te quemes."

Lucía le había regalado una sencilla pulsera de crin de caballo. Alejandro la usaba. Siempre.

Lucía podía interrumpirlo en reuniones importantes con compradores de ganado. Él la recibía con una sonrisa.

Todos en la hacienda sabían la historia.

Años atrás, en una charreada, un toro hirió gravemente a Alejandro. Lucía, entonces una joven voluntaria de la Cruz Roja local, fue la primera en asistirlo en la arena. Valiente, heroica.

Alejandro se sentía profundamente agradecido. En deuda.

Sofía entendía la gratitud. Pero lo que vio esa noche, Lucía saliendo de la oficina de Alejandro, no parecía solo gratitud.

Se sintió como una intrusa, una molestia.

Por eso la llamada. Por eso la decisión. Casarse con un ranchero desconocido. Lejos.

Las duchas comunes de los empleados estaban averiadas. Llevaban días así.

Sofía sabía que Alejandro estaba fuera, inspeccionando el ganado en los potreros lejanos. No volvería hasta la noche.

La casa principal estaba silenciosa.

Decidió usar el baño privado de Alejandro. Necesitaba una ducha decente.

El agua caliente era un lujo. Se desnudó, entró en la ducha.

El vapor llenaba el pequeño cuarto.

Estaba enjabonándose el pelo cuando escuchó voces fuera.

Voces masculinas. La voz de Alejandro.

Maldición. Había regresado antes.

Y no venía solo. Escuchó las voces de dos capataces.

Se quedó helada.

La puerta del baño se abrió de golpe.

Alejandro Vargas estaba allí, en el umbral, con el ceño fruncido. Detrás de él, los capataces miraban con disimulada curiosidad.

Sofía se cubrió como pudo con la delgada cortina de la ducha.

La furia en los ojos de Alejandro era palpable.

"¿Hasta dónde piensas llegar para llamar mi atención, Sofía?" su voz era un trueno. "¿No tienes la más mínima vergüenza?"

"Las duchas de los empleados están rotas," intentó explicar, su voz temblorosa. "Pensé que no estabas..."

"¿Pensaste?" la interrumpió él, con sarcasmo. "¿O es otra de tus estrategias? ¿Dejar caer pañuelos no fue suficiente? ¿Fingir miedo a las tormentas tampoco? ¿Ahora esto?"

Los capataces tosieron, incómodos.

"Capitán, nosotros..." empezó uno.

"Retírense," ordenó Alejandro sin mirarlos.

Ellos obedecieron al instante.

Alejandro cerró la puerta, pero se quedó dentro del pequeño baño. El espacio se sentía opresivo.

"No me interesas de esa manera, Sofía," dijo él, su voz más baja pero igual de cortante. "Te lo he dicho. Estás aquí para aprender disciplina, no para buscar marido. Cuando tu padre considere que has aprendido la lección, te irás. Hasta entonces, eres mi responsabilidad, y una muy molesta, por cierto."

Cada palabra era un golpe.

"Vístete," ordenó. "Y sal de mi baño."

Se dio la vuelta y salió, dejándola temblando de ira y vergüenza.

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