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Portada de la novela Amor Robado, Legado Recuperado

Amor Robado, Legado Recuperado

La muerte de su abuela Isabel revela a Sofía una traición desgarradora: Carlos y Elena, sus padres adoptivos, la usaron para usurpar Eterea Studios. Mateo, su hermano cínico, presume haber robado la empresa de videojuegos, reduciendo el talento de Sofía como ingeniera a una simple herramienta de engaño. Ante esta injusticia, ella decide romper el silencio e inicia una lucha feroz para recuperar su legado y destruir a quienes la traicionaron.
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Capítulo 3

"Acepto la división de hardware," dije, mi voz sorprendentemente calmada.

Carlos levantó la vista de sus papeles, ligeramente sorprendido por mi falta de resistencia. Elena asintió con aprobación forzada.

"Excelente decisión, Sofía," dijo ella. "Es hora de que contribuyas de manera más… significativa."

Mateo se rió entre dientes.

"Buena chica," dijo, como si le hablara a un perro.

"Pero," continué, mirándolos directamente a los ojos, uno por uno. "Quiero acceso completo a los registros financieros de esa división. Sin restricciones. Y un presupuesto propio, por pequeño que sea."

La sonrisa de Carlos vaciló.

"No creo que eso sea necesario…"

"Es necesario si quieren que lo haga," insistí. "O eso, o me voy. Y créanme, sé lo suficiente sobre los sistemas de su empresa como para ser un problema si me voy en malos términos."

Era un farol, pero uno basado en la verdad. Yo había construido gran parte de su infraestructura de software.

Silencio. Carlos y Elena intercambiaron una mirada. Sabían que no estaba mintiendo sobre mi capacidad.

"Está bien," cedió Carlos a regañadientes. "Te daremos lo que pides. Pero no esperes milagros."

"No los espero," respondí. Me levanté y me dirigí a la puerta.

Mientras salía, la voz de Mateo me detuvo.

"No importa lo que intentes, Sofía. Siempre estarás a mi sombra. Acéptalo."

No me di la vuelta. Simplemente seguí caminando.

Esa tarde, encerrada en la pequeña y polvorienta oficina que me asignaron, los recuerdos volvieron a inundarme. Recordé cuando tenía dieciocho años y había desarrollado un prototipo de una nueva aplicación de redes sociales, una idea innovadora que podría haber cambiado el juego. Se la mostré a Carlos, emocionado. Él la elogió, dijo que era brillante. Dos meses después, Mateo lanzó su propia plataforma de redes sociales, que lo catapultó a la fama de influencer. La interfaz y las características principales eran inquietantemente similares a mi prototipo.

Cuando lo confronté, Carlos me dijo que eran "coincidencias del mercado" y que debería estar feliz por el éxito de mi hermano. Me quitaron mi idea, mi creación, y se la dieron a él. Y yo les creí. Creí que era una coincidencia.

Otro recuerdo. La universidad. Quería estudiar diseño de videojuegos junto con mi ingeniería de software. Elena me convenció de que era una especialización inútil, que la ingeniería pura era más prestigiosa y útil para la empresa familiar. Me presionaron para que abandonara mi pasión, para que me convirtiera en la herramienta perfecta para ellos, mientras a Mateo le financiaban todos sus caprichos: viajes por el mundo para "crear contenido" , equipo de producción carísimo, un séquito de asistentes.

Cada recuerdo era una herida más. No solo me habían ocultado mi herencia, me habían moldeado activamente para que nunca pudiera alcanzarla por mí misma. Me habían despojado de mi confianza, de mis sueños, pieza por pieza.

La puerta se abrió de golpe. Era Elena. Su rostro estaba contraído por la furia.

"¿Qué es esa amenaza que le hiciste a tu padre?" siseó, acercándose a mi escritorio.

"No fue una amenaza," respondí, levantando la vista de la pantalla de mi computadora. "Fue una condición."

"¡Insolente!" exclamó. "Después de todo lo que hemos hecho por ti, ¿así nos pagas? Eres una malagradecida."

"¿Qué han hecho por mí?" pregunté, el hielo en mi voz la sorprendió. "¿Adoptarme para usarme como una mula de carga? ¿Robarme mi herencia? ¿Darle mis ideas a su hijo perfecto?"

Su rostro pasó de la ira al shock, y luego a una fría dureza.

"No sabes de lo que hablas."

"Oh, sí que lo sé. La abuela me lo contó todo."

La mención de la abuela la descolocó por completo. Por un segundo, vi pánico en sus ojos. Luego, su mano voló por el aire y me abofeteó. El golpe fue seco y resonó en la pequeña oficina. Mi mejilla ardió.

No reaccioné. Solo la miré fijamente, dejando que viera que su violencia ya no me afectaba. El dolor físico no era nada comparado con la traición.

"Nunca volverás a ponerme una mano encima," dije, cada palabra precisa y cortante.

Detrás de ella, apareció Mateo, observando la escena con una sonrisa de satisfacción.

"Vaya, vaya, parece que la gatita sacó las garras," dijo, aplaudiendo lentamente. "Pero no te equivoques, Sofía. Tú sigues viviendo en nuestra casa, bajo nuestras reglas. Tu vida nos pertenece. Siempre ha sido así y siempre lo será."

Se acercó a mí, su rostro a centímetros del mío, su aliento olía a café caro.

"Disfruta tu pequeña oficina y tus archivos inútiles. Es lo más cerca que estarás del poder en tu vida."

Se rieron, madre e hijo, cómplices en su crueldad. Y luego se fueron, dejándome sola con el escozor en la mejilla y un fuego helado en el pecho.

Esa noche no pude dormir. Me quedé sentada en la oscuridad de mi habitación, la luz de la luna dibujando largas sombras en el suelo. Alrededor de las dos de la mañana, oí un golpe suave en mi puerta. Se abrió y era Mateo.

Entró sin ser invitado, cerrando la puerta detrás de él. La única luz provenía de la luna.

"No puedo dormir," dijo, su voz un susurro conspirador. "No dejo de pensar en lo patética que te veías hoy. Tratando de luchar. Es casi tierno."

Me quedé en silencio, observándolo.

"¿Sabes lo que va a pasar, Sofía?" continuó, paseándose por la habitación. "Vas a fracasar con esa división. Papá se asegurará de ello. Te humillarán una vez más. Y Eterea Studios… bajo mi dirección, se convertirá en un gigante. Ganaré premios, saldré en portadas de revistas. Y tú estarás aquí, en esta misma habitación, viendo mi éxito en tu teléfono, sola y olvidada."

Se detuvo frente a mí, su silueta recortada contra la ventana.

"Ese es tu destino. Siempre lo ha sido."

Esperaba que yo llorara, que le suplicara, que me rompiera. Pero la Sofía que él conocía había muerto en esa habitación de hospital.

"Te equivocas, Mateo," respondí, mi voz tan tranquila que pareció asustarlo.

Me levanté y me acerqué a él, mirándolo directamente a los ojos en la penumbra.

"Tú crees que este es tu momento de gloria, pero es el principio de tu fin. Disfrutas de un éxito que no te ganaste, de una empresa que no te pertenece y del amor de unos padres que solo valoran la utilidad. Has construido tu castillo sobre cimientos de arena."

Vi un destello de incertidumbre en sus ojos antes de que lo enmascarara con su arrogancia habitual.

"Bonitas palabras. Lástima que no signifiquen nada."

"Ya lo veremos," dije. "Tú vas a perderlo todo, Mateo. La empresa, el dinero, la fama. Y cuando estés en el fondo, completamente solo, recordarás esta conversación. Y entenderás que tú mismo cavaste tu propia tumba. Ahora, sal de mi cuarto."

Mi calma lo desarmó más que cualquier grito. Me miró por un largo momento, como si viera a una extraña. Luego, sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se fue, cerrando la puerta detrás de él.

Me quedé sola en la oscuridad, pero por primera vez en mi vida, no sentía miedo. Sentía una determinación fría y absoluta. La guerra había comenzado.

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