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Portada de la novela Amor Retorcido, Venganza Planeada

Amor Retorcido, Venganza Planeada

Mi suegra y yo dimos a luz el mismo día, a la misma hora, a dos varoncitos. Fue una coincidencia extraña que marcó el inicio de todo, pues ella no tenía leche y mi hijo, Jorge, podía tomar fórmula, así que ofrecí amamantar a Ricardo, el hijo de mi suegra. "¡Qué indecente!" , siseó ella, y mi esposo, Carlos, me cuestionó si estaba loca. Cuando Ricardo resultó ser alérgico a la fórmula, no tuvieron más remedio que aceptar mi ayuda de mala gana. Desde ese día, crié a Ricardo como si fuera mío, dándole lo mejor. Mientras tanto, mi propio hijo, Jorge, comía sobras y vestía ropa vieja, dejándose la escuela para trabajar en una maquiladora por un sueldo miserable. Dieciocho años después, en la gran fiesta de cumpleaños de Ricardo, le revelé que había ahorrado un millón de pesos para su universidad. Fue entonces cuando Jorge, con el teléfono en mano, interrumpió la celebración transmitiendo en vivo para exponer a la "madre monstruosa" que yo era. Me acusó de darle todo a Ricardo, "¡A él le contrataste un tutor que cobraba mil pesos la hora, y a mí me decías que mis calificaciones eran una porquería y que seguir estudiando era un desperdicio de tiempo y dinero!" . Me humilló diciendo que yo amaba a Ricardo de una forma "retorcida" y "pervertida" , que nos quería ver juntos. Mi suegra, quien me odió en silencio por años, aprovechó para incitar a Carlos a divorciarse de mí. "¡Lárgate! ¡Vete! ¡La familia Gómez no te quiere, escoria!" . Me empujaban mi suegra y mi propio hijo mientras Carlos imprimía el acuerdo de divorcio. Pero yo solo sonreí. No sabían que había esperado dieciocho años por este día. El día de mi venganza había llegado, y no iba a firmar sin un buen espectáculo.
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Capítulo 2

Mi suegra y yo dimos a luz el mismo día, casi a la misma hora, ambas a niños. Fue una coincidencia extraña que marcó el inicio de todo. Ella, Luisa, no tenía leche, y yo, Sofía, apenas producía lo suficiente para un bebé. La situación en el hospital era tensa. El hijo de mi suegra, Ricardo, lloraba de hambre sin parar.

Miré a mi esposo, Carlos, y luego a mi suegra, que mecía a su bebé con desesperación.

"Mamá", dije con la voz más calmada que pude, "yo puedo amamantar a Ricardo. Mi hijo, Jorge, puede tomar fórmula".

La propuesta cayó como una bomba en la silenciosa habitación del hospital.

Mi suegra me miró como si hubiera dicho la peor de las blasfemias.

"¡Qué indecente!", siseó, apretando a su hijo contra su pecho. "¿Cómo se te ocurre algo así? Es mi hijo, no el tuyo".

Carlos, mi esposo, se apresuró a intervenir, con el rostro enrojecido de vergüenza.

"Sofía, ¿estás loca? Eso no es apropiado. Es mi hermano. ¿Cómo vas a... amamantarlo?".

Dudó de mi cordura, incluso sugirió que necesitaba ver a un psicólogo para superar el "trauma" del parto. Insistieron en darle fórmula a Ricardo, pero el destino tenía otros planes. Resultó que el niño era terriblemente alérgico. Cada vez que probaba la leche en polvo, su pequeño cuerpo se llenaba de ronchas rojas y su llanto era insoportable.

Después de dos días de sufrimiento para el bebé, mi suegra, con los ojos hinchados de llorar y la cara llena de derrota, tuvo que aceptar mi oferta. No tuvo más remedio.

Desde ese día, Ricardo quedó bajo mi cuidado día y noche. Lo crié como si fuera mío. Le di lo mejor en ropa, la mejor comida, la mejor educación. Mientras tanto, mi propio hijo, Jorge, comía las sobras, vestía ropa vieja que le regalaban y, con el tiempo, abandonó la secundaria para irse a trabajar a una maquiladora de electrónica por un sueldo miserable de 3,000 pesos al mes.

Dieciocho años después, había llegado el día que tanto había esperado. Para el cumpleaños número dieciocho de Ricardo, le organicé una gran fiesta y le revelé que había ahorrado un millón de pesos para su fondo universitario.

Fue en esa fiesta donde todo mi plan finalmente explotó.

Jorge, mi hijo, se derrumbó. No pudo soportarlo más. Interrumpió la celebración, con el teléfono en la mano, transmitiendo en vivo por redes sociales para exponer a la "madre monstruosa" que yo era.

Mi suegra, que me odiaba en silencio todos estos años, convencida de que yo le había robado el cariño de su hijo, aprovechó el momento para animar a Carlos a divorciarse de mí.

Pero yo solo sonreí.

No sabían que había estado esperando este día durante dieciocho largos años para revelar la verdad. El día de mi venganza había llegado.

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