
Amor Prohibido: Mi Tío Secreto
Capítulo 3
La agitación emocional de las últimas veinticuatro horas me pasó factura.
A la mañana siguiente, me desperté con un nudo en el estómago y una sensación de mareo que me obligó a correr al baño.
Vomité hasta que solo salieron arcadas secas y dolorosas.
Cuando salí, pálida y temblorosa, me encontré a Alejandro en el pasillo, ya vestido con uno de sus trajes impecables.
Su rostro mostró una fracción de segundo de genuina preocupación.
"¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?", preguntó, acercándose y poniendo una mano en mi frente.
Su tacto, que antes me habría hecho suspirar, ahora me provocaba náuseas.
Me aparté bruscamente.
"Estoy bien", dije con frialdad. "Solo algo que comí."
Su preocupación se desvaneció tan rápido como había aparecido, reemplazada por una impaciencia apenas disimulada.
"Bueno, arréglate rápido", ordenó, su tono volviendo a ser el de siempre, autoritario y distante. "Tengo que pedirte algo."
Más tarde, en el desayuno, dejó caer la bomba.
"Isabella vendrá a quedarse por un tiempo", anunció, sin mirarme a los ojos, concentrado en su café. "Necesito que desocupes tu habitación y te pases a la de huéspedes del fondo, la suya es más grande y tiene mejor vista."
La habitación de huéspedes del fondo era pequeña, apenas un cuarto de servicio glorificado.
Mi habitación, la que había sido mía desde que llegué a esa casa, era mi único espacio personal, mi refugio.
Quitarme eso era como borrarme del mapa de la casa, reducirme a una simple invitada temporal.
"¿Por qué?", pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
"Porque yo lo digo, Sofía", respondió, su voz con un filo de advertencia. "No empieces con tus dramas."
Los días siguientes fueron una tortura.
Alejandro se transformó en un adolescente enamorado.
La casa se llenó de ramos de rosas, sus favoritas.
Lo escuchaba hablar por teléfono con ella durante horas, su voz llena de una ternura que nunca había usado conmigo.
Planeaba cenas, reservaba viajes, todo giraba en torno a la inminente llegada de la reina Isabella.
Yo, mientras tanto, era un fantasma que empacaba sus cosas en cajas de cartón.
Cada objeto que guardaba era un recuerdo, una prueba más de mi estupidez.
La noche antes de que ella llegara, Alejandro y yo estábamos cenando en un silencio tenso.
"Isabella estará aquí mañana para el almuerzo", dijo, como si fuera la noticia más emocionante del mundo.
"Qué bien por ti, Alejandro", respondí, usando su nombre de pila a propósito.
Desde la noche de la humillación, había dejado de llamarlo por cualquier apodo cariñoso.
Él frunció el ceño, notando el cambio.
"¿Qué te pasa últimamente? Tienes una actitud..."
"¿Qué actitud, Alejandro?", lo interrumpí, mirándolo directamente a los ojos. "Estoy perfectamente."
Al día siguiente, Isabella llegó.
Era exactamente como la había imaginado: alta, delgada, con un aire de elegancia y arrogancia que llenaba la habitación.
Vestía ropa de diseñador y miraba todo con un ligero desdén, incluyéndome a mí.
"Así que esta es la pequeña Sofía", dijo, su voz melosa pero con un trasfondo de burla. "Alejandro me ha hablado de ti."
"Un placer", mentí.
Alejandro intentó crear una atmósfera de familia feliz, pero yo no estaba dispuesta a jugar su juego.
Durante el almuerzo, respondí con monosílabos, mantuve mi mirada en el plato y dejé que el silencio incómodo se instalara cada vez que él intentaba incluirme en la conversación.
La tensión era palpable.
"Me duele un poco la cabeza con el viaje", se quejó Isabella de repente, tocándose la sien con sus dedos perfectamente cuidados. "¿No tendrás una aspirina, cariño?"
"Claro que sí, mi amor", respondió Alejandro al instante, levantándose de la silla. "Pero mejor vamos a la farmacia, quizás necesites algo más fuerte, no quiero que te sientas mal."
Se giró hacia mí.
"Termina de comer, Sofía. Volvemos en un rato."
Y así, sin más, se fue con ella, dejándome sola en la mesa con los restos de la comida y la evidencia aplastante de mi insignificancia.
La forma en que corrió a satisfacer el más mínimo capricho de ella, mientras a mí me había ignorado y utilizado, fue la última gota.
La tristeza que había sentido se transformó en una rabia fría y dura.
Me levanté de la mesa, no para limpiar los platos, sino para ir a mi nueva y pequeña habitación.
El plan de escape ya no era una idea vaga.
Se estaba convirtiendo en una necesidad urgente.
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