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Portada de la novela Amor prohibido

Amor prohibido

Felipe Zabet, integrante de los famosos quintillizos dorados y heredero de una inmensa fortuna, desafía las normas sociales, religiosas y culturales que intentan controlar sus sentimientos. Como hijo de Candy Ángel y Amir Zabet, el joven millonario reclama su derecho a elegir a quién entregar su corazón. Sin embargo, la incertidumbre lo acecha: ¿poseerá el hombre que ama la valentía necesaria para estar con él o su relación quedará marcada como algo prohibido?
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Capítulo 8

Dos semanas fueron necesarias para que pudiera recuperarse, por lo menos de las heridas de su rostro, dos semanas en la que no abrió su puerta, y solo dijo que tenía una gripe demasiado fuerte y contagiosa, tanto como para ordenar a los custodios que solo permanezcan en su entrada, no se arriesgaría a enviarlos al hotel donde se hospedaban los hombres, sabía que si Ming quería irrumpiría en su hogar para atacarlo, también contaba con que no supiera que eran hombres de los Bach, ya lo había amenazado esa noche de pesadilla, con atacar a Neri y eso que eran aliados, o por lo menos hacían negocios juntos, Felipe se preguntó ¿qué pasaría si el dragón rojo fuera enemigo de la familia Bach? Quizás Ming lo tomara de rehén, para obligar a Kimberly Bach, actual cabeza de la familia y madre de Lucero, a hacer algo que no beneficiaria a nadie solo al oriental.

— ¿Se encuentra Bien señor? — la pregunta del custodio lo trajo al presente, su maldito presente.

— Sí, solo… me caí en la ducha y creo que lastime mi cintura. — respondió, aunque le gustaría decirle que era su trasero el que dolía y como el infierno al caminar, no había dado ninguna explicación en la universidad por su ausencia, era la primera vez en dos semanas que saldría de su departamento y solo era para tomar un poco de aire, algo que desestimo en el momento que vio fuera del edificio a hombres de Ming.

— Regresemos. — dijo al tiempo que se detenía en la puerta del lugar.

— ¿Esta seguro? Debería tomar un poco de sol, esta pálido…

— Estoy bien, regresemos.

Y así paso el tiempo, un mes, al fin podía moverse con normalidad, aunque las pesadillas lo mantenían despierto hasta tarde, Jerry, uno de los custodios con el que mejor se llevaba y el único que soportaba las constantes bromas del joven, que como si fuerana una especia de escudo había vuelto a usar, era quien se quedaba con él la mayor parte del tiempo, era su compañía de charlas, o compañero de juegos en línea, aunque era un hombre mayor, trataba al joven Felipe, como lo llamaba, como si fuese su hijo.

— En verdad, te llevarías muy bien con mi Zack, aunque tiene 22 años, es igual a ti, un bromista y despreocupado muchacho. — Felipe veía como Jerry hablaba con cariño de su hijo, y se preguntaba si Amir lucia igual cuando hablaba de ellos.

— Lo extraña. — afirmo aquello y Jerry solo sonrió, aunque luego de unos segundos agrego.

— Debo acostumbrarme, al fin de cuentas se ira, probará vivir solo, sé que le ira bien, trabaja en una compañía de modas, el pago es bueno y se propuso mudarse a Malba, pero aún no lo puede conseguir un contrato, ya sabes es una sección del barrio de Whitestone, una de las comunidades más ricas y exclusivas de Queens. Las mansiones, aunque son pequeñas deben seguir ciertos lineamientos y las familias que quieren mudarse al área deben solicitar un permiso a la asociación de vecinos. Algo que Zack aun no consigue, no les hace gracia que tres jóvenes sin relación familiar se muden allí.

— ¿Tres?

— Zack y sus amigos, Tom y Reicher. — Felipe dejo de prestar atención al juego de carreras y ocupo sus pensamientos en lo que Jerry le había contado, seria genial mudarse con un grupo de personas que según Jerry eran muy parecidos a él.

— Te gane, no lo puedo creer. — dijo con euforia el mayor y Felipe comenzó a reír, incluso mientras caminaba a la puerta que había sido tocada segundos antes, el joven Zabet no borraba su sonrisa.

— ¿Sí? — dijo al abrir y se arrepintió de inmediato, la mirada fría de Ming lo congelo, y solo cuando Jerry aparecía a su lado se atrevió a pestañar.

— ¿Quién es joven? — pregunto Jerry adquiriendo su estado de custodio.

— Hola, mi nombre es Han Shun Ming, soy uno de los profesores de Felipe, quería saber porque ha estado faltando a clases, tus compañeros y profesores nos preocupamos por ti, pero veo que estas bien. — Felipe podía ver como la mirada de Ming se oscurecía con cada palabra que no era más que un reproche.

— El joven ha estado enfermo, incluso estuvo dos semanas en cama. — se apresuró a explicar el mayor como si realmente fuera su padre.

— ¿Y usted es? — Felipe descubrió que no podía hablar, al ver a Ming solo podía sentir el dolor en su cuerpo, que parecía recordar cada atrocidad que le hizo.

— Soy Jerry, custodio personal de Felipe Zabet.

— ¿Custodio? ¿Tu familia cree que algo puede pasarte aquí? — Jerry al fin noto la palidez de Felipe, algo no estaba bien y el mayor lo sabía.

— ¿Qué materia dijo que imparte?

— No lo dije, espero verte el lunes Felipe… aunque pensándolo mejor… pasare por ti, ya sabes, me queda de camino. — mentía Felipe lo sabía, su casa no quedaba de camino, por lo que eso solo era una amenaza, Ming se lo había dejado claro, era suyo, su joya exótica.

— Felipe, soy tu custodio, pero también tu amigo, puedes confiar en mi muchacho.

Solo en ese momento Felipe se dio cuenta que sus mejillas estaban empapadas, estaba llorando y del mismo miedo no lo había notado, Jerry se movió rápido, sacando su arma de la funda y viendo por la ventana, pero Ming solo salió, a paso lento, sin levantar sospecha alguna.

El teléfono de Felipe sonó y al verlo leyó MAMÁ, solo entonces pudo respirar con normalidad, y sus lágrimas dejaron de caer, él tenía a sus padres, él tenía hermanos, él tenía familia, no estaba solo, quizás podía ponerle fin a su pesadilla.

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