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Portada de la novela Una esposa para mi hermano

Una esposa para mi hermano

Daniel es un CEO viudo de 40 años que vive para sus hijos y su empresa, tras haber cerrado su corazón al amor. Su vida cambia cuando Harry, su hermano, convence a Deanna, una joven soprano de 25 años, para fingir un compromiso y evadir una norma familiar. Aunque el trato es una farsa temporal, la química entre ambos surge de forma inevitable. Pese a la diferencia de edad y los secretos que los rodean, este engaño inicial se transforma en una pasión real que los obligará a luchar contra sus miedos y enemigos.
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Capítulo 3

—Ja, ja, ja. ¿Quién creería que usted y yo somos amantes? —cuestiona con incredulidad el hombre—. Ni en sueños podría fijarme en alguien como usted, es tan ordinaria que me duelen los ojos de solo mirarla, ¿además cómo podría confiar en la mujer que está detrás de cada caída mía?

—¡¡Nathan!! —grita su chófer.

—Nada de Nathan, tan solo mírala. Se ve tan desalineada y poca cosa que es increíble que sea esposa del bastardo de Lefebvre. Ahora entiendo por qué tiene tantos años engañándola.

—Y-yo sé que mi apariencia no es la mejor, pero es lo único que se me ocurre para humillar a Oliver —murmuro, soportando sus insultos—. ¿Y a qué se refiere en que yo estoy detrás de sus desgracias?

—Su laboratorio siempre es una competencia bastante fuerte para nosotros, así como robar nuestros productos, eso se les da de maravilla.

—¿Mi laboratorio?

—Sí, su laboratorio. Todos saben que el laboratorio ParfumLab le pertenece y que es la única dueña.

—E-eso no es verdad, el laboratorio de mis padres se fue a la quiebra.

—¿Cree que con su miserable llanto podrá convencerme de lo contrario? Es bien sabido por todos que la esposa de Lefebvre es la dueña de ese laboratorio, el cual es el más codiciado del mercado por tener las mejores fórmulas.

—Eso no es verdad, mi laboratorio se fue a la quiebra hace más de seis años —insisto, negando sus palabras—. Oliver me dijo… Él no… él no pudo mentirme —sollozo, cubriendo mi boca con mi mano al darme cuenta de que él en realidad sí me mintió.

El laboratorio que tanto apreciaban mis padres en realidad nunca se fue a la quiebra y, por el contrario, Oliver me engañó y me lo arrebató.

—Aquí está la prueba señora, de que mi jefe no miente y ese laboratorio es bastante famoso —musita el chófer estirando su mano y mostrándome en su móvil las noticias más recientes.

Con un ligero temblor lo tomo y cuando la realidad me azota, vuelvo a llorar. ¿Cómo fui tan estúpida de creer ciegamente en todo lo que me decía Oliver? Ahora, gracias a ello, no tengo nada, lo he perdido todo.

—Hace un rato, usted mencionó que mi esposo me engaña desde hace varios años. ¿Cómo es posible que usted sepa eso? —inquiero aun sin desear saber la respuesta. Sé que en cuanto me diga la verdad será algo que me destruirá por completo.

El hombre me mira con desagrado y después de lanzar un suspiro de fastidio se decide a hablar.

—Porque no es un secreto para nadie que Oliver y su asistente son amantes desde hace poco más de nueve años.

Cuando lo escucho decir esto suelto un grito y golpeo mi pierna en un intento por mitigar el dolor que me recorre todo el cuerpo al saber esa verdad.

—No haga eso, señora, se va a lastimar —murmura con delicadeza el chófer—. Tome un poco de agua, le hace falta —me tiende una botellita y cuando estoy un poco más tranquila se la acepto.

—¿C-cómo se enteró de eso?

—¿Cómo no saberlo? ¿Es que acaso no lee las noticias o los chismes en Internet? ¿O ha estado viviendo debajo de una piedra para no enterarse de esto? —me cuestiona con incredulidad.

—Y-yo… no tengo móvil. Desde que me casé con Oliver, él decidió que no era necesario que tuviese algo tan inservible como eso —farfullo apenada.

Una vez que digo esto, ambos hombres casi se ahogan, pero fingen una pequeña tosecilla para no denotar su sorpresa.

—No podía esperar menos del imbécil de Lefebvre —se burla el ojiazul, negando con su cabeza.

Me observa por unos instantes y debido a la intensidad con que me mira, bajo mi rostro, demasiado avergonzada frente a este extraño que me ha dicho más verdades que las que mi esposo fue incapaz de contarme en estos ocho años de matrimonio.

—Me dijo que si la ayudaba a separarse de su marido me daría el nombre del traidor y fórmulas para nuevos perfumes…

—He decidido cambiar mis condiciones. Le daré lo mismo que prometí, pero a cambio deseo otra cosa.

—¡¡Con un demonio!! Estoy harto de sus malditos juegos baratos —sisea, enredando sus manos en mis brazos y zarandeándome de tal forma que su rostro queda a escasos centímetros del mío.

—Le aseguro que le conviene, los dos saldremos ganando.

—¡¡Nathan!! —interviene su chófer cuando se da cuenta de que su jefe no piensa soltarme.

—¿Qué es lo que quiere? —me increpa, apretándome un poco más fuerte que hace un rato y gracias a lo cual suelto un quejido de dolor.

—¿Acaso fuiste criado por monos de la selva? ¡¡Suéltala!!

Gracias a que el chófer, aprieta su mano, el tal Nathan me suelta y solo puedo sobar mi brazo, mientras pienso cuidadosamente lo que estoy por pedirle.

—Sigo deseando que se haga pasar por mi amante. No importa el tiempo que usted diga que nos conocemos y también quiero que me ayude con mi divorcio, pero además quiero proponerle que nos casemos por uno o dos años…

—¿Acaso escuchar sobre la infidelidad de su marido le provocó un infarto fulminante en todas las neuronas como para pedirme algo semejante? —grita el hombre, apretando su mano en un puño y mirándome con odio.

—Hace un instante recordé que en televisión vi una nota sobre usted. Se decía que su madre…

—Madrastra —gruñe, acercándose una vez más a mí, pero gracias a que el otro hombre interpone su brazo entre nosotros no me vuelve a zarandear como si fuese una muñeca de trapo.

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