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Portada de la novela Una esposa para mi hermano

Una esposa para mi hermano

Daniel es un CEO viudo de 40 años que vive para sus hijos y su empresa, tras haber cerrado su corazón al amor. Su vida cambia cuando Harry, su hermano, convence a Deanna, una joven soprano de 25 años, para fingir un compromiso y evadir una norma familiar. Aunque el trato es una farsa temporal, la química entre ambos surge de forma inevitable. Pese a la diferencia de edad y los secretos que los rodean, este engaño inicial se transforma en una pasión real que los obligará a luchar contra sus miedos y enemigos.
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Capítulo 2

Poco a poco las horas pasan y cuando el cielo comienza a oscurecerse me levanto de mi lugar para regresar a casa, aquel lugar donde nadie me echa de menos o tal vez la única que nota mi ausencia es mi suegra, pero solo para humillarme como desde hace algunos años.

Cuando el cielo está completamente cubierto de estrellas, llego a la mansión de los Lefebvre, pago el taxi y observando con cierto recelo la camioneta último modelo que se encuentra en la entrada principal, subo la escalinata de mármol y alcanzo a escuchar los gritos que resuenan por todo el lugar.

—Quién debería de estar preocupado eres tú, sé que robaste la nueva fórmula del perfume que estábamos por lanzar y te juro que esta vez no lo dejaré pasar.

—No sé de qué hablas Dubois, solo es una coincidencia el que hayamos pensado en algo similar —se burla Oliver—, o puede que otra vez solo quieras robar mis ideas como últimamente haces y crear copias baratas de mis productos.

»Recuerda que algunas veces nos toca perder y muchas otras ganar, es algo que sucede a menudo en los negocios, sobre todo para aquellos que sabemos mover bien nuestras piezas.

Me quedo en lugar sopesando sus palabras, esta tarde había dicho que lo presentaría en el aniversario de la empresa, pero conociéndolo seguramente filtró la noticia de que su empresa tendría un nuevo producto en los siguientes días, no hay otra forma de que ese hombre Dubois sepa que Oliver tiene la fórmula de su nuevo producto.

—No es la primera vez que me haces algo semejante, las otras veces estoy seguro de que solo modificaste un poco mi fórmula y presentaste como tuyos esos perfumes —gruñe el hombre y debido a sus palabras cierro los ojos, definitivamente él tiene razón, aunque no estoy segura es posible que Oliver haya robado sus fórmulas desde hace mucho tiempo y por eso siempre dicen que Dubois nos copia, cuando es todo lo contrario.

—No tengo la culpa de que seas un imbécil para hacer negocios. Te aseguro que muy pronto acabaré por completo contigo —escupe Oliver y casi al instante se escuchan algunos golpes, seguido de unas cuantas maldiciones.

—¡¡Deje a mi hijo!! —escucho el grito de mi suegra.

»¡Maldito, infeliz! —grazna Oliver—. Esto no se quedará así, te demandaré por invadir propiedad privada y ustedes que esperan sáquenlo de aquí.

Oliver y el otro hombre intercambian unas cuantas palabras más, pero dado que mis suegros comienzan a gritar que llamen a la policía, no puedo escuchar lo que se dicen, por lo que continúo escondiéndome entre una maceta y la pared para no ser descubierta.

Después de algunos segundos observo salir a dos hombres, mientras varios guardias se mueven por todo el lugar para ver que sucedió con mi marido. Muerdo mis labios, debatiéndome en mi interior si debo entrar a mi casa o seguir a ese tal Dubois y dado que no tengo otra opción corro detrás de él y me subo a su camioneta antes de que cierre la puerta.

—¿Quién diablos es usted? —me exige el hombre, lanzándome una gélida mirada que contrasta con esos ojos azules que parecen echar chispas.

—Salgamos de aquí y le contaré todo —balbuceo con un ligero temblor en mi voz.

—¡Baje de mi camioneta!

—Arranque, le aseguro que no se arrepentirá —insisto, mirando fuera de la camioneta, esperando que nadie me haya visto subir—. Por favor —le suplico.

El hombre lanza un bufido y con un ligero movimiento de su cabeza le indica a su chófer que nos saque de aquí.

Después de algunos minutos la camioneta detiene su marcha y nos aparcamos en un lugar un tanto oscuro.

—¿Quién es usted y por qué subió así a mi camioneta?

—Y-yo soy Giselle Lefebvre, esposa de Oliver…

Sin darme oportunidad de explicarme, el hombre me toma con rudeza del brazo e intenta abrir la puerta para bajarme.

—Largo de aquí no quiero hablar con alguien tan despreciable como la esposa de ese infeliz.

—P-por favor espere. Yo sé quién le vendió la fórmula del nuevo producto a mi marido, se lo diré a cambio de algo —farfullo, intentando zafarme de su agarre.

—Más le vale que se deje de este estúpido juego y que me diga de una vez quién es el maldito infeliz que me traicionó. Odio cuando alguien me quiere chantajear y más cuando procede de alguien tan despreciable como los Lefebvre —replica, tomando con fuerza mi barbilla y ejerciendo tal presión que mis ojos se vuelven a llenar de lágrimas.

—¿Acaso estás loco Nathan? ¡¡Suéltala!! La estás lastimando —interviene su chófer, apretando la mano de su jefe y logrando con ello que el hombre me suelte.

—Yo tengo una oferta que hacerle —murmuro, sobando un poco mi barbilla e ignorando el repudio con el que me mira el tal Nathan—. Aunque me siga mirando así no me hará sentir peor, créame que estoy acostumbrada a este tipo de humillaciones.

—¿Qué clase de oferta? —me cuestiona sin perder el tiempo.

—Si me ayuda a fingir ser mi amante y a divorciarme de Oliver, yo le diré quién es el traidor de su empresa, además de que le podría entregar algunas fórmulas para nuevos perfumes…

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