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Portada de la novela ¿Amor? No. ¿Sexo? ¡Sí!

¿Amor? No. ¿Sexo? ¡Sí!

Tras vivir un matrimonio sin pasión, descubro que la supuesta impotencia de mi marido era una mentira: me engañaba con mi propia madre. Al borde del abismo, un misterioso hombre evita mi suicidio y terminamos compartiendo una noche de entrega absoluta. Convencida de que jamás volvería a cruzarme con él, el destino me reserva un giro perverso: el extraño que me devolvió el deseo es el prometido de mi tía y se convertirá en mi nuevo tío político.
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Capítulo 3

De repente, un chotacabras revoloteó por el río y el rostro de papá desapareció entre las olas.

Apenas parpadeé y él ya se había ido.

Sin embargo, creí saber a lo que se refería.

Claro que todavía tenía algo pendiente por hacer.

¡Debía averiguar cómo murió papá!

De hecho, iba a hablar con mamá sobre ese asunto, ya que tenía muchas preguntas.

Mas, parecía que ella ya había dejado de lado ese tema.

Por lo tanto, me sequé las lágrimas, pensando en que papá tenía razón.

No podía ser una cobarde y saltar.

¡De ninguna manera!

No hasta que descubriera las verdaderas circunstancias en las que él murió.

En ese momento, respiré hondo y miré una última vez hacia las oscuras aguas del río.

Cuarenta metros parecían ahora una altura realmente aterradora.

Desde la cornisa, ¡eran casi dieciséis pisos!

"Y bien, ¿quieres hablar al respecto?", dijo alguien de pronto.

Cuando lo escuché, pensé que estaba alucinando de nuevo, pero la voz no sonaba como la de papá.

Entonces, giré a mi izquierda y vi a un hombre sentado a mi lado.

Él iba vestido con una gorra, una chaqueta, un pantalón y unos zapatos de cuero.

No obstante, lo curioso es que todas sus prendas eran totalmente negras.

Era como si tuviera a un extra del set de 'Men In Black' a mi costado.

Aún así, entre todo lo negro, resaltaba la punta brillante de un cigarrillo que él sostenía entre sus dedos.

Todavía dudando de si ese sujeto era real, quise extender mi mano para empujarlo.

Pero el olor a nicotina fue suficiente para caer en cuenta de que todo era cierto.

Aunque no logré entender cómo es que se había acercado y sentado a mi lado sin que yo lo notara.

"Toma, quizá lo necesites", me dijo en tanto me acercaba el cigarrillo.

"No, yo no fumo", le contesté seriamente.

"¿Por qué? ¿Porque fumar mata? Dime una cosa, ¿no vas a morir de todos modos? ¿Por qué no darle una oportunidad a esto?", respondió.

Sin duda, esa voz no era la de mi padre.

El tono de papá era bajo, lento y mesurado, así que, yo siempre decía que su voz era como la de un profesor.

Este hombre tenía el tono igual de bajo, pero resaltaba una especie de cadencia musical, diferente a lo didáctico que sonaba mi padre.

Es decir, era dulce y suave, como un vino añejo.

Al fijarme mejor en él, noté que la gorra ocultaba la mayor parte de su rostro.

Aunque podía ver su mentón y sus finos labios, lo cuales estaban curvados en una ligera sonrisa.

A decir verdad, me recordaron un poco a los labios del famoso Adam Levine.

En ese instante, reflexioné sobre lo que él dijo y concluí que tenía razón.

A fin de cuentas, no tenía nada que perder, ¿verdad?

Por consiguiente, cogí el cigarrillo con dos de mis dedos, tal como había visto que lo hacían en las películas.

Luego, metí el filtro entre mis labios y aspiré ligeramente.

De manera inesperada, tosí en cuanto tuve el humo en mi boca.

Siendo sincera, el olor a nicotina me había resultado agradable cuando estaba a distancia.

Mas, el químico resultó ser agresivo conmigo.

Este atravesó mi boca, bajó por mi garganta y atacó mis pulmones en un segundo.

Ante esto, mis ojos se humedecieron.

Además, tosí tan fuerte que todo mi cuerpo tembló.

"Tranquila, no te inclines hacia adelante".

Él agarró mi muñeca con una de sus manos y me acarició la espalda con la otra.

Cuando por fin logré dejar de toser y pude volver a respirar, el hombre retiró su mano de mí para tomar su cigarrillo de vuelta.

A continuación, inspeccionó el filtro y se rio.

"Te dije que fumaras, no que escupieras. Mira, dejaste la punta mojada", dijo con un tono de reproche.

Sin embargo, le dio una calada al cigarrillo de todos modos.

Y continuó así hasta que se lo terminó.

Luego, arrojó la colilla al río y me preguntó: "Bueno, dime, ¿quieres hablar al respecto ahora?".

"¿Hablar? ¿Sobre qué querría hablar contigo?", contesté.

Asimismo, me cuestioné si el monstruo del río se decepcionaría cuando viera que lo único que tenía para cenar era una simple colilla.

"Sobre por qué quieres saltar del puente y convertirte en otra est*pida estadística en los datos de mortalidad de este año".

Antes de contestar, me distraje siguiendo la trayectoria del pequeño punto rojo de la colilla hasta que cayó en el agua.

Por supuesto, este no causó ningún impacto en el río, pues era demasiado pequeño.

Aunque, si yo me sumergiera, apuesto a que lograría un gran chapoteo.

"¡Oye!".

El hombre chasqueó los dedos para llamar mi atención.

"Te estoy hablando".

Al escucharlo, giré la cabeza para mirar su rostro.

"Mi esposo no puede hacerlo, ¿sabes?".

"¿Hacerlo? ¿Hacer qué?".

Creí detectar un atisbo de sonrisa en su voz, pero tal vez lo oí mal.

Al fin y al cabo, no hubo nada gracioso en lo que dije.

"Bueno, ya sabes. Lo que se hace en un dormitorio con tu pareja".

"Ah, te refieres a eso".

Esta vez, el hombre se rio fuertemente sin detenerse.

Hasta echó la cabeza hacia atrás para soltar sus carcajadas.

Si hubiera más espacio en la cornisa, no tuve ninguna duda de que estaría rodando por el suelo.

Su risa era tan melodiosa como su voz, pero eso no hizo que no me enojara.

¿Cómo es posible que se divirtiera con mi dolor?

Finalmente, él se calmó un minuto completo después.

No obstante, ya había dejado de mirarlo hace un momento.

En su lugar, centré mi atención una mancha negra indistina que se balanceaba de arriba abajo en el río.

Podría ser hierba de cinta, restos flotantes o basura, pero al menos no se estaba burlando de mí.

Como era de esperarse, el tipo suspiró profundamente, tal como lo haría cualquiera después de una fuerte carcajada.

"¿O sea que todo esto es porque no te satisfacen sexu*lmente?".

Al hablar de nuevo, el hombre volvió a mostrar esa burla en su voz.

"¿En serio? ¿Vas a tirarte al río porque tu esposo no puede tener s*xo contigo?".

De pronto, él hizo una pequeña pausa para sacudir la cabeza.

"Esta tiene que ser la razón de suicidio más patética que he oído hasta ahora", agregó.

Al parecer, este sujeto parecía tener experiencia en el tema.

¿Acaso había oído antes muchas razones de suicidio?

No obstante, aunque así fuera, ¿quién era él para juzgar?

Su burla me irritó, así que decidí contarle lo que en verdad había sucedido.

"Tienes razón, esa no es una razón suficiente para el suicidio. ¿Qué tal esto? Él me fue infiel...".

Hice una pequeña pausa para lograr un efecto dramático y luego continué.

"¿Sabes con quién? Con mi propia madre", concluí.

Si esto lo dejaba con la boca abierta, se lo merecía.

No tenía derecho a burlarse de las desgracias de los demás.

Lógicamente, obtuve lo que quería, pues él dejó de reírse.

Bajo esa gorra, no podía verle los ojos, pero sabía que me estaba observando.

Su mirada era muy intensa, así que era imposible de ignorar.

"Vaya... Tengo que decir que esa es... una buena razón para saltar al río", contestó.

A decir verdad, esperaba una respuesta más profunda.

Después de todo, se quedó callado durante mucho tiempo y pudo pensar algo mejor.

Aún así, siendo mi vida un drama totalmente cursi, era mi turno de reír.

El hombre se puso de pie repentinamente, pasó por encima de la barandilla, trepó y saltó al otro lado.

Acto seguido, extendió su brazo hacia mí y dijo: "Ven conmigo. Vamos".

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