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Portada de la novela Amor entretejido en falsas ilusiones

Amor entretejido en falsas ilusiones

Alfonso vive atrapado en una red de engaños sentimentales que lo aleja de sus seres queridos. Tras priorizar a Ceilán y sufrir una dura tragedia, el protagonista ve en el fatal destino de la mujer un acto de justicia necesaria. Mientras tanto, el capitán Lázaro lidera una investigación que saca a la luz oscuros secretos y conflictos éticos. Esta historia narra una búsqueda de redención donde las decisiones impulsivas conllevan consecuencias definitivas.
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Capítulo 3

Ceilán abrió la puerta.

—Amor, ya estoy en casa —habló, con voz ebria. Caminó con pasos lentos para no perder la estabilidad, entró a la habitación. Separó de su cuerpo el sobretodo, luego se quitó el vestido y quedó en blúmer exhibiendo lo que tanto le llamaba la atención a los hombres, sin límite de edad; su bello cuerpo. Prevenida miró hacia la puerta, ahí estaba Alfonso mirándola con obstinación. Fue hacia su marido con el cuerpo

inestable, al detenerse frente a él recibió una mirada con los ojos entreabiertos.

—¡Por Dios…! —exclamó—. ¡Estás ebria…! Ingeriste demasiada bebida. ¿Qué hora es, Ceilán?

Ceilán caminó sin perder el compás de los pies hasta sentarse en la cama.

—¡No me digas, estás celoso! Todavía hay estrellas en el cielo.

Alfonso se sentó a su lado, ella lo besó, acarició sus cabellos canosos, le tomó una mano.

—¡No estoy celoso! Entiende, esta no es hora para que una mujer casada entre a la casa. Y menos en estado ebrio. Sé que estabas en una fiesta, no debiste ponerte en esas condiciones.

—¿Tú estás celoso, amor? ¿Verdad? —soltó su mano, volvió acariciarle sus cabellos canosos.

Alfonso movió varias veces la cabeza en desacuerdo.

—¡Ya te dije que no estoy celoso! Es mejor que te acueste a dormir. En esas condiciones no voy a seguir hablando contigo.

—Bueno, concédeme esas cosas bonitas que tú siempre me dices.

—Está bien. Pon atención. El amor es delirio astronómico, que anda de un lado a otro con el corazón pulsando. Mente fresca cubre tu cuerpo para que ese fuego que te motiva sea un sosiego. Si dices que me amas, o dejaste de amarme, no sufras duda. El dilema no será enamorarte, es olvidarme. Es un decoro si te alejas del amor cuando está prisionero en tu corazón. Lo romántico se fundirá para que sea feliz de verdad. Calentura que la palabra no reanimará, el roce da apetito a las ansias, que accederás con el placer sin la arrogancia.

—Sigue, sigue, no te detengas…

—Es un placer acariciar tu bello rostro con la mirada, porque eres rosa que se dispersa para encantar la vida.

Después de escuchar las palabras de Alfonso que no dejaban de descartar sus sentimientos. Con un ligero movimiento Ceilán quedó presta para entrar en un profundo sueño. Él la miró dueño de sí. Con la vista expectante acarició las erectas tetas con sus pezones endurecidos, su esbelto cuerpo, agrandadas sus nalgas, su embellecido rostro, sus ojos cerrados por su hondo dormir lo seducían, echó un suspiro de placer.

—Es mejor que duermas, Ceilán. No puedo hacer otra cosa que dejarte tranquila. De mí hacia ti hay mucho amor. Y de ti hacia mí hay falta de entendimiento.

Al otro día, temprano en la mañana.

—Estoy seguro que pasaste un día de muchos placeres y felicidad. —manifestó él con la mirada entontecida—. ¿Sabes lo que pienso?

Ceilán le echó una mirada con gestos de rechazos.

—¿Qué tienes tú en esa cabeza, Alfonso? Acaba de una vez con esas insinuaciones.

—No tuviste ningún control en la bebida. Para mí no es agradable que mi mujer se embriaguez, y llegue a la casa con... —Alfonso desistió de continuar.

Ceilán vivazmente le respondió.

—Tú sabes como es eso, cariño. Era la fiesta de fin de año, donde no faltaba la alegría, toma de mi copa, y tampoco faltaron las palabras que inspiraba a olvidarse del tiempo.

—A propósito —cambió la mirada entontecida por una más despertada—, tengo una duda y necesito que me la aclares. Anoche no hice ningún análisis por el estado en que te encontrabas. Creo que este es el… interrumpió Ceilán.

—Es curioso que sea la primera fiesta en que tomo parte, y tú tengas duda. En verdad, yo soy quien está confundida —fijó la mirada en el rostro descompuesto de Alfonso—. Por mucho que disimules veo claramente, que no confías en mí, que sientes celos.

—Atiende: la duda que tengo no tiene que ver en nada con la fiesta, sino con un joven que estuvo aquí buscándote… volvió a interrumpir Ceilán. Mostró un semblante de asombro.

—¿Qué joven es ese, Alfonso?

—Se trata de un joven que no perdió tiempo para mostrar el interés hacia ti. Me dijo con suficiente ironía que traía un recado para la señora Ceilán Oliveira, y se negó rotundamente de decirme de qué se trataba —hizo un gesto cansado, al decir—. ¡Quién hubiera sabido que quería hablar contigo!

—¿Por qué lo dices con ese tono tan amargado?

—Porque lo vi en sus ojos, y en la manera de expresarse —refirió, con la voz pausada—. ¡Ese joven está enamorado de ti! —hizo un gesto de protesta y añadió—. Es algo que no pudo ocultar; pero a mi edad, no soy fácil de engañar. ¡Tengo muchas canas en…!

Ella abrió sus ojos achinados.

—Bien sabes que me repugnan los celos. Siempre he oído decir que celar no es querer —hizo una pausa reflexiva—. A veces siento miedo que tú me abraces.

—Ese es mi punto de vista —replicó Alfonso—. No tengo otra cosa que decirte.

—¡No me hables de esa manera! —le pugnó bastante conmovida—. Te he dicho más de una vez que no pierdas tu tiempo en reclamarme cosas de las que no tienes como confirmarlas. Debes razonar, no me estás estimando como tu mujer, eres un mal hombre…

Fernando razonó.

—¡No seas tonta! —fingió—. ¿Eso es lo que se te ocurre decirme?

—Voy aclararte la duda. El recado que traía el joven, que su nombre es José, era sobre las compras de unos collares fabricados con perlas —se esclareció la garganta—. Collares por los cuales estoy interesada.

Alfonso le lanzó una sonrisa de afecto, de ruego amoroso.

—Debiste habérmelo dicho, Ceilán. Te voy a entregar el dinero para que compres esos collares. Eres una serpiente seductora, tu veneno me tiene ciego de amor —hizo una leve pausa—. No quise ultrajarte, eres… —se escuchó unos toques pausados en la puerta—. ¿En qué momento? —suspiró torpemente, se dirigió hasta la puerta embargado por un sinfín de contrariedades. Ceilán se mostraba atenta y encantadora. Le importaban muy poco los refunfuños de Alfonso. “Siempre estaba muy bien sobre aviso para llevarle la contraria”. Las aparentes contradicciones de estos dos pensamientos la hizo sonreír. La alegría silenciosa y completa que había recibido de Fernando, devolvía a su edad la paz y su juventud, ambas cosas en riesgos. Era domingo, día de su descanso laboral, y de mucho que hacer en la casa. Su pañuelo torcido, dejaba al descubierto las orejas rosadas y delicadas, ocultas por el pelo durante el día, así como unos claros de piel blanca en los senos, que solo veían la luz a la hora del baño. Su boca púrpura entreabierta reveló una lámina de dientes blancos y brillosos; sus pupilas, negruzcas, se velaron de pestañas negras. Mientras, Alfonso atendía el forastero, que estaba detenido en la puerta.

—¡Ah, eres tú…adelante… adelante… Daniel Luis —le dijo Alfonso de una manera impecable, con una especie de gracia cruzada con la necedad.

—No es necesario, me quedo aquí en la puerta. Quiero hablar contigo sobre un negocio que te puede interesar.

Alfonso lo observó con autoridad.

—¿Sobre qué trata ese negocio, jovencito? Soy todo oído.

Los ojos de Daniel Luis brillaron por haberlo llamado jovencito con tanta insolencia.

—Tengo necesidad de vender el automóvil que era de mi difunto padre. Estoy siendo seducido por una hermosa mujer, y no tengo dinero para darle los placeres que ella se merece. No quiero que se aleje de mí. Es una de esas mujeres que con la mirada te conquista, y te lleva a... —se interrumpió al fijar la mirada para donde se había sentado Ceilán. Que sorpresa, los latidos de su corazón alcanzaron la máxima velocidad, sus piernas temblaron, sus ojos se movieron imponentes, su rostro se convulsionó. Se pasó la mano por sus labios. No esperaba encontrarse con Ceilán en la casa de Alfonso, y con voz temblorosa preguntó—. ¿Es…, es su hija?

Ceilán lo escuchó, lanzó una mirada femenina a Daniel Luis y endureció su semblante. Alfonso volteó la cabeza para donde estaba ella.

—¡No…! —le contestó con brusquedad—. Ceilán es mi mujer.

Daniel Luis irradiaba intolerancia, y una especie de impotencia incondicional copó su conducta espiritual.

—¡No, no, no puede ser que ella sea su mujer…! Alfonso se volvió con violencia hacia Daniel Luis.

—¡Pues, si puede ser…! ¡Ella es mi mujer!

Daniel Luis hizo un visaje y se pasó la mano por su frente sudorosa.

—¡Es mejor que me vaya! No quiero cometer un disparate para que no caiga sobre mí el desaire, el desprecio.

Alfonso lo miró ceñudo.

—No entiendo esa decisión que has tomado tan repentinamente. No hemos quedado en nada sobre la venta del automóvil.

Daniel Luis hizo un intento de fuga repentina, aunque no logró alcanzar los motivos.

—Luego hablaremos sobre ese asunto —dijo entre labios mientras se marchaba—. No, no, eso no puede ser. No se lo voy a perdonar a Ceilán por haberme mentido.

Alfonso Aliaga quedó bajo la negra mirada de Ceilán, ella apareció joven e incierta. Movió las mandíbulas como si mascara caramelo de falsedad. Pensó en lo inmenso que estaba siendo el amor con su vida. El ardor que excitaba su sangre al circular por sus venas. Instintivamente Ceilán habló.

—Amor, ¿no me has dicho si quieres tomar café? Después de bandear la cabeza, caminó hasta acercarse a ella.

—El tiempo pasa y no viene mal una tasita de café —hizo una pequeña pausa—. Los hombres cambian de la noche a la mañana… interrumpió Ceilán.

—¿Qué te preocupa? Dale de lado a esa clase de gente. Las cosas se transforman, y las personas también. Ahora quiero decirte algo, Daniel Luis no habló nada contigo. ¿A qué se debe esa valoración tuya?

—Vamos a dejarlo ahí, no tiene sentido entrar en un dime que te diré —tomó el café, la lengua limpió sus labios, mientras esto sucedía, los ojos negruzcos vacilaron un momento, pero enseguida volvieron a mirar fijamente a Ceilán. —No me has dicho si te gustó el café.

—Como siempre —sonrió—. No pierdes el punto. Cada día que pasa te convierte más en el ángel, que Dios me envió para que no me falte la felicidad, y tenga quien me auxilie en mi vejez.

Ceilán se levantó de la butaca donde estaba sentada, y fue para la cocina, se sentía apocada a pesar de añorar a sus amantes, de recibir de ellos un río de ternuras, se volvió para mirar a Alfonso con malos ojos, era una roca alojada en su alma, filtrando orgullo fracasado.

—¡Ceilán, estoy hablando contigo! —en su voz había escasez de buenos sentimientos.

Ella no respondió. Su mente estaba enganchada con José, Fernando y Daniel Luis. No cabía otro pensamiento que le estropeara su sentir. Alfonso, con quien erróneamente estaba conllevando una unión matrimonial sin estar bullendo esa excitación que, punza el corazón y el amor no es verdadero, solo por la codicia de sus fortunas. Todo había sido un fracaso. Alfonso se sintió de pronto fatigado, decaído y débil, paralizado por una de esas crisis de contrasentido en las que suelen caer los añosos delante de una mujer con grandes diferencias de edad, donde la impotencia se iba por encima del interés de aprestar a Ceilán Oliveira contra su cuerpo, de llevarla a la cama para dentro de lo que pudiera ser, ofrecerle todo el amor que sentía por ella.

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