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Portada de la novela Amor entretejido en falsas ilusiones

Amor entretejido en falsas ilusiones

Alfonso vive atrapado en una red de engaños sentimentales que lo aleja de sus seres queridos. Tras priorizar a Ceilán y sufrir una dura tragedia, el protagonista ve en el fatal destino de la mujer un acto de justicia necesaria. Mientras tanto, el capitán Lázaro lidera una investigación que saca a la luz oscuros secretos y conflictos éticos. Esta historia narra una búsqueda de redención donde las decisiones impulsivas conllevan consecuencias definitivas.
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Capítulo 1

El verdadero amor es cuando hay cariños, respeto, sinceridad, fidelidad, entendimiento, intimidad, encarnación de ese amor en el alma. Cuando se ama no es suficiente el entretejido del corazón y el alma. Hay que soñar para expresar los sentimientos. No basta con palabras. El amor es un conglomerado de efectos enraizados en la vida. Leer es afirmar conocimientos. No hay razón para que no se despierte del sueño de la lectura. Es la propia vida quien exige de la lectura para salir de la ignorancia.

Mañana invernal, Alfonso Aliaga de fortunas resaltadas; pero maltratado por los años, dificultándosele complacer sexualmente a la joven Ceilán Oliveira, quien el fuego romántico lo saciaba con diferentes hombres, se levantó de la cama y miró su reloj. Eran las siete. En su rostro estaban visibles las arrugas, que para bien o para mal entendedor, estaba en los setenta años de edad. Hizo algunos ejercicios con sus brazos y piernas; después un prolongado bostezo, fue para el baño hacer su aseo.

Ceilán Oliveira, irrumpió en la habitación. Se observó nuevamente en el espejo, pasó sus delicadas manos por su vestido estampado, ajustado a su elegante cuerpo, de solo diecisiete años de edad, quien el interés sobrepasó los sentimientos amorosos, uniéndose matrimonialmente con Alfonso Aliaga, giró sobre los finos tacones de sus zapatos, muy en boga. Caminó hasta llegar al comedor, después de sentarse bien encimada en la ya servida mesa.

—Mi amor. Estoy lista para comenzar el desayuno.

—Voy enseguida, encantadora flor —contestó Alfonso, luego en tono abierto dijo—. He visto volando en el jardín de mi alma mi mariposita bicolor, no es que estoy soñando, aleteando en cada flor. La he tomado con muchos celos, como una estrella en el cielo, para que no sea dañada por las perversas miradas. Ella está dentro de mi corazón, tomando el néctar del amor, para que se cautive con quien le da su atención. He visto volando a mi mariposita en cada flor, será siempre amada y estará eternamente auxiliada, para que no sufra de dolor. La vida me dará la oportunidad de decirles frases amorosas en las noches, tan naturales. Ella vuela sin alianza de recuerdos a los chocantes. Con muchas ansias, no importa que lo prohíba la ignorancia, la abrazaré y besaré con cadencias.

Sus palabras habían quedado en el vacío. Y sin esperar por Alfonso, comenzó el desayuno. Él se apresuró en llegar.

—¿No estás esperándome? ¡Qué extraño!

Ceilán respondió con una sonrisa y, continuó el desayuno con toda la calma del mundo. Cuando terminó.

—Es que estoy atrasada —volvió a sonreír—. Mi amor, se va a celebrar la fiesta de fin de año en la fábrica, regresaré fuera de horario; no vayas a preocuparte.

Alfonso la miró ceñudo.

—Tienes derecho a disfrutar la vida —apuntó—, eres joven. Es de esperar mi aceptación. Para una muchacha que entrega su juventud al trabajo, se les debe dar ciertas libertades, para que disfrute de la suerte que le brinda la vida. Te deseo un bendito día. ¡Vayas con Dios…!

Ceilán continuaba sonriendo. Después de besarlo en la frente salió de la casa.

Él terminó el desayuno, se sentó muy próximo al portón que da al patio, encendió un cigarrillo, tomó una larga bocanada de humo, lo expulsó por la boca con un estéreo escape desparramado por sus narices. Era cierta la estructura poética que floreció en su mente. “Son mis años, mis fieles amigos. Ellos andan conmigo para alejarme del daño. Son mis años, quienes me dan voluntad para sentirme animado. Son mis años, quienes me asisten para no sufrir desamparo ni abandono en el amor. Son mis años, que no me dejan solo un segundo para evitar ser un penado. Son mis años, mi añoranza, me dan esperanza, en la vida más confianza. Somos amigos para el bien y no pensar en el mal, es todo lo espiritual. Son mis años a quien no traicionaré…”

Se interrumpió al sonar el timbre de la puerta, se levantó y fue hasta la puerta.

—¡Buenos días! —dijo portentosamente—. ¿Qué se te ofrece?

—¡Hola! —respondió la voz fastuosa de un joven —.Tengo necesidad de hablar con la señora Ceilán Oliveira.

Alfonso lo observó con cierto dar que pensar.

—Ceilán no está en casa —dijo con sequedad.

El joven lo miró de arriba hacia abajo, murmuró.

—¡Caramba que mala suerte!

—¿Qué dices tú, jovencito?

El joven centró la mirada en un tragaluz que había en lo alto de una ventana. Contestó con artificio.

—Perdone. Es un recado especial para la señora Ceilán Oliveira. Usted no debe preocuparse. No tiene nada de interés.

Alfonso hizo un gesto cansado.

—¿Por qué no me atiendes, malvado?

—Con muchas penas, pero no puedo atenderlo —sonrió—. Le reitero que para usted, no tiene nada de utilidad.

—Todo lo que se trate de Ceilán es de mi atribución. Aunque sea personal.

—Pues mire. Es algo muy personal. Y no comentaré nada con usted.

—Te diré que Ceilán es mi pareja, no creo que no puedas decírmelo.

El rostro del joven endureció.

—No es posible. Usted no puede ser el marido de Ceilán. No me estás mintiendo, ¿verdad?

Con los ojos enloquecidos miró de una y otra forma la cara del joven.

—Pues sí. Soy el marido de Ceilán. No tengo porque mentirte. ¿Eso te preocupa?

—Es que parece el abuelo de la señora. Nunca llegué a imaginarme que su pareja fuera un tipo tan viejo. Sabe usted una cosa. Estoy muy confundido.

—Es aconsejable… —hizo una pausa para pensar. “Aconsejable…, no prudente, porque la prudencia es otra cosa”.

Cambió la táctica para preguntar.

—¿Es linda, verdad?

—¿A qué viene eso? —señaló, el joven, ahora en tono moderado—. Deje de ser…

—¡Oye! ¡No te equivoques conmigo, muchacho! Yo no soy ese estúpido que te imaginas —refutó Alfonso.

—En fin, solo quiero decirle que se quite el vendaje que tiene en los ojos, para que no sufra un resbalón.

—¡Oiga jovencito! —exclamó—. ¡No trates de burlarte!

El joven entornó los párpados, como si rehuyera ver el cuerpo tembloroso de Alfonso.

—Disculpe. Mejor me marcho.

—Es mejor que lo hagas. Así me vas ahorrar…

El joven lo interrumpió.

—¡Me marchó…, me marchó…! Espero no haberlo molestado.

El joven no perdió tiempo en salir caminando. Alfonso regresó al portón, encendió un nuevo cigarrillo, habló en voz tenue. “Que no sería honesto dejar de preocuparse, de sentir celos”. Por tal motivo, y con franqueza, nunca había sentido los efectos de la corriente eléctrica, capaz de causar un tambaleo en su cuerpo, de sentirse tan abatido por la presencia de un hombre buscando a Ceilán. Cogió una bocanada de humo y observó como se esparcía. Seguía con la mirada los movimientos ondulados del humo, conmovido por la resignación ante la tenacidad del joven.

Le molestó sentir esos celos, pero lo reverenció a primera vista. Le pareció entender que el camino se le perdía en su mente. Jamás había interpretado ninguno de esos síntomas que, según algunos sufridos, suelen manifestarse cuando se quiere de veras. Recordó que sus mórbidos brazos se manifestaban implacables como verdaderas serpientes y estaban domesticado, a los efectos de permitir que sus labios ávidos y absorbentes de ella, y en especial en noche de luna, se produjeran besos indefinidos. Determinó que era justo consignarlo, de bastante agradable sabor.

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